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Viajero habitual
Viajar, viajar y viajar
Pasear por Tiahuanaco es como hacerlo por un templo vivo, por la capital de una civilización perdida. Aunque todavía está en gran parte bajo tierra, sus dimensiones evocan recuerdos de aquellos tiwanakus que formaron un imperio anterior a los incas. Y a partir de ahí todo son conjeturas, misterios aún sin resolver que hacen del recinto un lugar más mágico y sagrado si cabe.
Bienvenido a un desierto de estalagmitas. La fuerte erosión ha provocado a lo largo de los siglos un conjunto de asombrosas formaciones pétreas, que convierten al lugar en un aparente paisaje lunar. Subir y bajar por las escaleras, colocadas para preservar un lugar de arcilla, es como hacerlo por un decorado de afiladas puntas y profundas depresiones.
Si hay algún lugar en La Paz donde se respire más cultura esa es la calle Jaen. Sus adoquines y sus fachadas recuerdan su pasado colonial como si la historia del país se hubiera congelado en piedra.
Sus casas, hoy rehabilitadas, dan cobijo a la mayor concentración de museos por “metro cuadrado” en la ciudad.
Ahí está el Museo Costumbrista y el Museo de Metales Preciosos. También el Museo Litoral Boliviano, que recuerda que Bolivia tuvo algún día salida al mar y narra cómo lo perdió. La casa de Pedro Domingo Murillo, quien proclamara la independencia del país, o el museo privado de los instrumentos musicales de Bolivia y de todo el mundo.
Y si lo que se quiere es disfrutar de la vida bohemia de los bolivianos, está el pequeño restaurante “Soho”.
¿Brujas en la Paz? Haberlas haílas, como dirían los gallegos. Entre las calles Sagárnaga, Linares e Illampu gira la vida de cualquier viajero que llegue a la Paz. Pintoresco y colorido como ningún otro lugar, allí se podrá adquirir todo tipo de artesanía, ropa, recuerdos... Y todo a un precio muy reducido, al menos para el bolsillo de un europeo.
Un primer puesto con fetos disecados de llama da respuesta a la pregunta inicial. Las mujeres aimaras enseñan al visitante cómo hacer una petición a la Pachamama, la Madre Tierra. Verlo para creerlo.
Allí también está el Museo de la Coca, modesto pero instructivo. Nada se les escapa para rendir un homenaje a esa hoja milenaria y para recordar que fueron los blancos quienes hicieron de la coca una droga.
Recorrer el salar de Uyuni es como navegar por un mar de sal. Majestuoso, misterioso... fantasmagórico. Imposible quedarse impasible ante tanta sorpresa. ¿Sal? Allá donde mires, el blanco festona toda la vista. Parece nieve, pero no lo es. Se trata del salar más grande del mundo, con sus 10.000 kilómetros cuadrados de extensión. En un atardecer en medio del salar se dibuja toda una paleta de colores en el cielo tan intensa que parece imposible. Y dormir en un hotel de sal es todo un privilegio.
Impresionantes cascadas petrificadas, (carbonato de calcio). El agua desciende por agrestes acantilados de más de 50 metros hasta unas pozas donde, a mode de balneario natural, darse un baño reparador observando la naturaleza en estado puro.