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En Kirguistán

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  • Datos del viaje

    • octubre - 2007
    • Países: Kirguistán
    • Ciudades: Osh
    • Tipo de viaje: Aventuras
    • Tipo de viajero: Independiente
  • 656 lecturas
  • Sin comentarios
  • Enviado por Siriana Avatar de Siriana
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Mercado de Osh, Kirguistán

Osh es la segunda ciudad más grande de Kirguistán. Con una antigüedad de más de 2.500 años, sus habitantes presumen de que es más antigua que Roma y varias leyendas atribuyen su fundación a Alejandro Magno o a Salomón. Sea como sea, Osh está estratégicamente situada en un cruce de caminos en medio de antiguas rutas comerciales, que han garantizado su existencia a lo largo de los siglos.

Uno de sus principales atractivos es el mercado, que se alarga casi un kilómetro junto al río. Y lo más fascinante, es que huele a leyenda: se halla en el mismo lugar en el que, hace más de dos mil años, los mercaderes que recorrían la Ruta de la Seda intercambiaban seda, jade, especias... También por estos caminos circuló cultura, religión e ideas, y fue así como el cristianismo llegó a Asia, el budismo se extendió de la India a China y el Islam hacia Asia Central.

El mercado se organiza de forma gremial, siguiendo las antiguas estructuras. Es un placer pasear por él, escudriñando los productos locales, algunos tan extraños como el kumys, leche fermentada de yegua, que dicen que es tan mala que hasta  Alejandro el Grande gritó al beberla: "Esto es lo peor que he probado en mi vida".

En el recinto interior hay decenas y decenas de puestos de verdura, que exhiben las sandías y los melones mas grandes que jamás haya visto. Más adelante se encuentran las paradas de ropa y calzado, plásticos y ollas, toda clase de cacharrería y esos deliciosos panes planos tan típicos de Asia Central -naan- escondidos bajo telas para conservarlos mejor. Se vende también comida preparada en forma de vinagretas, huevos, frutas secas y mucha uva: es la temporada.

¿Lo más divertido? La gente. Nos miran con extrañeza y luego sonríen. Se nota que por aquí no pasan muchos turistas. Se dejan hacer fotos, posan orgullosos detrás de sus frutas y ríen a carcajadas cuando se ven en la pantallita de la cámara.

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