Escribir sobre mi última visita a Berlín, precisa de una previa y larga reflexión.
Una Ciudad tan compleja con reminiscencias de dos mundos, en un tiempo antagónicos y que en mi caso tuve ocasión de entrever varios años antes del derrumbe del Muro, ocasiona un complejo entrelazado de ideas y vivencias, difíciles de seleccionar. Empezaré por unas imágenes que me esforzaré en que sean lo más acuradas posible, entresacadas de mi deshilachada memoria. Recuerdo el Berlín Occidental al que llegué vía Aérea desde Hannover (o eso creo).
El avión forzado por las autoridades comunistas, volaba a poca altura y restringido al corredor de acceso a Berlín. A esta altura, era posible distinguir detalles, tales como gente trabajando en el campo y al llegar a Berlín sobrevolamos a casi ras de suelo, un buen trecho del Muro antes de tomar tierra.
Contemplaba con gran avidez aquellas imágenes de la serpenteante separación de dos mundos, para grabarlas en mi mente como ocasión única de constatar en vivo un triste episodio de la historia y no hojeado en un libro según la particular interpretación del autor.
Asistía a una Feria Turística y era pleno invierno. La Ciudad había sido cubierta por una intensa nevada en días anteriores y el reluciente sol había empezado a provocar el deshielo, lo que ponía al descubierto mezclados con los restos de nieve, montones de deposiciones de perros. Que recuerdos tan peregrinos, dirán Ustedes, pero para mí resultó insólito constatar que en un País tan limpio y ordenado, sus habitantes hubieran sido tan descuidados en este aspecto.
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