Ir a LA es siempre un reto para cualquier apasionado del cine. Es una contradicción fascinante entre la fastuosidad y la banalización de la vertiente más comercial de la industria y su parte más mágica. Esa magia que han sabido transmitirnos tantas películas que hacen que pasear por Los Angeles sea como charlar con un viejo amigo. Yo no me puedo por ejemplo resistir a recorrer Mullholand Drive siguiendo los pasos del film de Lynh. Es mi debilidad. Recomiendo este festival y recomiendo LA, incluso los más escépticos verán la luz.