La Ciudad Prohibida, a pesar de todo lo que se ha visto y oído, resulta impresionante. Es difícil describir su grandiosidad: más que belleza, el Palacio Imperial destila personalidad y magnificencia. Y allí descubro también una de las grandes pasiones de los chinos: hacerse fotos unos a otros, buscando a ser posible los lugares más recónditos e inaccesibles.