CATEDRAL METROPOLITANA.
En la intersección de Rivadavia y San Martín se encuentra la Catedral Metropolitana, con su fachada de estilo neoclásico. Fue construida en el año 1827 y en su frente hay doce columnas simbolizando a los apóstoles. El interior está dividido en cinco naves. Sobre la nave derecha se halla el Mausoleo del General José de San Martín, héroe máximo de la Argentina, obra del escultor francés Albert-Carrier Belleuse. Para su construcción se utilizó mármol rosado, cubierto por una lápida de rojo imperial en la cual está ubicado un sarcófago de color negro belga.
Visitas guiadas a la Catedral y el Mausoleo: de lunes a viernes a las 13:30 hs., sábados a las 11:30 y domingos a las 10 Informes: ( 4374-1251) Departamento de Turismo, de 9:30 a 20:30 hs.
la catedral fue declarada monumento histórico el 21 de mayo de 1942. Tine un estilo muy europeo, hay misas en varios horarios y visitas guiadas gratuitas. Muy interesante. Para catolicos y no catolicos.
Esta iglesia italiana que fue concluida en 1870. El 14 de diciembre de 1875 llegan a la República Argentina y a la Iglesia Mater Misericordiae, los diez primeros Salesianos enviados por Don Bosco. Es sencilla y pequeña, pero vale la pena visitarla.
Se fue de Alemania muerto de hambre, con dos cosas: Un título de arquitecto y el recuerdo (eso que es el patrimonio mas luminoso y a la vez más oscuro de todo inmigrante). Bien guardados, los cuentos que su abuela o su madre le habrán contado: La leyenda del monjecito católico de Munich, ese que cuando la horda de protestantes entró al convento, fue sorprendido y no pudo escapar, como todos los demás. ¿Y que adónde está el oro y los cálices de plata? ¿Cómo podía saber eso un monjecito novatón?, El, sólo sabía magia, así que por respuesta, comenzó a hacer aparecer unos nabos de su manga derecha con los que hizo malabares y fue convidando a la horda. Muy rico, pero…luego de un rato de show y mordiscos, de nuevo la pregunta: Monjecito con sentencia de muerte coming soon, ¿Dónde está el j…oro?, hay monjecito, menos mal que tienes dos mangas, porque de la derecha, el monjecito saca unos jarrotes de cerveza al mejor estilo multiplicación de panes y reparte y reparte, y cuando ebrios, sus captores, se caen al suelo, recupera y salva al convento.
La tercera cosa que debe haber traído Andrés Kalnay, debe haber sido, junto con alguna que otra carta de recomendación, fue SUERTE. Porque consiguió edificar, a lo largo de la entonces prestigiosa Costanera Sur de Buenos Aires, una serie de edificios, hoy monumentales, a saber:
La abandonada instalación de la Cruz Roja, deberían verla, abandonada y todo, una joya.
La Confitería Munich (llena, y a eso viene el cuento del monje) de alusiones en estilo medieval a la leyenda en las columnas románicas, en las decenas de esculturas, en los vitrales impresionantes, en las baldosas del suelo, todo ello armonizado con trazos art-decó y algo de kitsch. UN LUGAR IMPERDIBLE, hoy Dirección Nacional de Museos.
La otra confitería, la que está a metros de Las Nereidas, hoy todavía funcionando.
La Munich tuvo su momento de gloria desde 1927 cuando inauguró. Era literalmente un templo del buen vivir. Frisos, bajorrelieves, pinturas, mosaicos, esculturas, todo homenajeaba a la tradición de festejar bebiendo, bailando, comiendo, escuchando música. Contaba con orquesta de señoritas, salones privados, miradores, terrazas, jardines, patios, aguas danzantes y prestigio, mucho prestigio. La crema de la comunidad alemana se reunía ahí.
Desde los 60, alias La Caída de Bruno Ganz, estuvo cedida en concesión a una banda de forajidos, ocupada, inundada, incendiada, invadida, tapiada, restaurada por un escuadrón de simios que quitaron un vitraux de 3 metros para reemplazarlo por una porquería-vitraux que representa un radar, pero a pesar de todo MILAGROSAMENTE preservada. Como si aquel monjecito, tan homenajeado, se hubiera ocupado de distraer con cerveza y nabos, a los concesionarios inescrupulosos, a los ocupantes, a los rapaces, al fuego, al río, al olvido, y a la misma muerte.
En la Costanera Sur, atrás de lo que se supone que es lo más lindo de Buenos Aires, y no lo es, Puerto Madero.
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No quiero imaginarme la cara de los feligreses de Olivos, tan acostumbrados a la madera, a la piedra, a la hiedra, al chalecito, cuando se enteraron acerca de aquel monstruo. Es que al principio, cuando vieron los andamiajes y la altura, quedaron encantados, y cuando empezaron a adivinarse los perfiles góticos de ventanas y vitrales, llorarían de emoción los pobrecitos. Es que la antigua parroquia, consagrada en 1897 estaba siendo reemplazada por una iglesia gótica colosal, que prometía equiparar en altura a los vecinos ricos de San Isidro. Y de pronto, en 1937 se retiran los andamios, se colocan los vitrales y…ahí está, puro ancho, bastante alta, pero digamos, “rechonchita”, y todo, todo ese cemento, ese concreto gris tan…a la vista.
Pero bueno, para eso Dios inventó las enredaderas y para eso los vecinos y el cura párroco (muy apurado, para que no lo linchen) las plantaron a lo largo de todo el edificio y gracias al sol y las plegarias crecieron rápido y taparon toda la parte “ignominiosa” del templo, que resultó una asombrosa cruza de Neogótico y Brutalismo (no ofenderse con lo de Brutalismo que es un movimiento arquitectónico).
Hablando en serio, es un templo muy bello, todo cubierto de hiedra, con una tremenda luz interior, hermosos vitrales, una altura impactante, y lleno de teens haciendo actividades parroquiales, lo cual es bueno, sano y poco frecuente estos días.
Si quieres entrar a rezar ELEVANDO tu pensamiento, en silencio, ya sabés cual es el barrio y cuál es la parroquia, altísima pero sin torres.
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