Es quizás uno de los eventos más emotivos a los que tuve la suerte de asistir. Se trata en realidad de un ofrecimiento a las estrellas de Vega y Altair donde los niños escriben sus deseos en coloridas tiras de papel que se atan a unas diminutas construcciones de bambú.
Según la tradición Budista los muertos aprovechan esta ocasión para visitarnos a los que todavía estamos por estos mundos físicos. Da un poco de escalofríos pero la verdad que los festejos budistas están siempre impregnados de una espiritualidad especial. Nosotros estábamos en Tokio pero se celebra en todo Japón.
El festival rinde homenaje a “Nichirin”, un gran líder budista del siglo XVIII y los fieles ascienden al templo de Hommonji con grandes linternas decoradas con papel.
Curiosa celebración que explica muy bien el respeto que en general en las culturas asiáticas se otorga a los mayores. En esta festividad los niños (en teoría sólo los que tienen siete, cinco y tres años) se visten y acuden a las capillas a dar las gracias por su buena salud y como ofrenda para su futuro.
Se celebra en todo Japón y es esencial para las amantes de las muñecas. Mi mujer no se lo podía perder con lo que tuvimos que suspender una escapada a Hong Kong. En realidad se representa la vida de la corte en una especie de mural en miniatura donde aparecen los emperadores y otros personajes.