Palmira. Si bien muchas de las estructuras, columnas y decoraciones están rotas tras más de 1500 años, el muro exterior, las columnas aún en pie, ciertos dinteles en el suelo y la estructura central del templo permiten hacerse una idea de la importancia que debió tener Palmira en tiempos romanos. El contraste del color arena de la piedra, con el oasis que crece tras sus muros y el desierto al fondo conforman una bonita estampa.
Frente al templo de Bel se hallan los restos de lo que en su día fue el centro de la ciudad de Palmira. La entrada a los recintos públicos estaba formada por un piso de adoquines bordeado de hileras de columnas de gran altura. Desde ahí se accede a la plaza pública, antiguos baños y otros espacios con restos diseminados, así como a un pequeño teatro convenientemente restaurado. Desde ese teatro es muy bonita la panorámica que hay de toda la plaza y del castillo árabe dominando la ciudad desde lo alto de la montaña.
El castillo en sí mismo no debe tener interés arquitectónico, y de hecho no está abierto para el visitante, pero puede subirse hasta el pie de sus murallas para observar la panorámica que ofrece de Palmira. De ese modo veremos la ciudad nueva, el oasis, las ruinas de la ciudad antigua y el desierto que se extiende a su alrededor.
Ubicadas en dirección hacia el castillo árabe se encuentran las tumbas romanas, que son unos mausoleos de grandes dimensiones (20 metros de altura el más grande) diseminados en el valle. Al asomarse a su puerta pueden verse distintas inscripciones en las lápidas del interior.