En el norte de la ciudad, se puede ir en taxi (a la ida) y volver andando.
La gran pagoda de Shwedagon nos gustó nada más verla. Enseguida quedamos encantados con su esplendor, sus colores, la belleza de los budas y las imágenes pero sobre todo, por el ambiente de paz y devoción que allí se respiraba. Familias enteras hacían ofrendas, rezaban, descansaban o comían, allí mismo. No os la perdáis.
Esta pagoda céntrica es la esencia de la vida diaria de los birmanos. De aquí salían las manifestaciones pacíficas conocidas como “revolución azafrán” que recorrían Yangon. Las calles que rodean la Sule están atestadas de vendedores ambulantes con toda clase de productos: desde relojes hasta piñas, desde samusas hasta billetes de lotería... y algún que otro “McDonald’s” birmano.