El mayor encanto de Damasco es su “parte vieja”, dividida en barrio árabe, cristiano y judío, y circundado por una muralla romana. En la parte árabe se encuentra el principal bazar o zoco, que está cubierto en su parte central y con numerosos agujeros en su tejabana, recuerdo de las balas de la aviación francesa allá por 1924, creo. Pero más allá del zoco, callejear por sus estrechas calles y tomar un té o comer en una de sus antiguas casas es una auténtica delicia, de estilo netamente mediterráneo, con patios con fuentes y árboles frutales, protegidos del fuerte sol por una lona que lo cubre.
Bazar por excelencia, se compra de todo y lo que es importante, los damascenos compran en él. Evidentemente para los turistas es imprescindible el regateo acompañado de una taza de té y con calma. Si no compras nada tampoco pasa nada. La Heladería Bakdash está dentro a la derecha y tiene varias callejuelas perpendiculares en las que uno puede perderse y no encontrar tanta gente, hay aguadores que venden zumos de frutas, café y agua. Se vende de todo y finaliza en las columnas del Templo de Júpiter frente a la Mezquita de los Omeyas.
población que se acoda en un valle entre las montañas tiene a mucha honra ser uno de los últimos reductos del arameo, la lengua milenaria que hablaban en tiempos de Cristo por esos lares. La panorámica del valle y las casas apoyadas en sucesivas terrazas es bonita, así como el camino que conduce a su “gruta-capilla” turística, en donde se produjo un milagro tiempo atrás; es un camino natural abierto entre2 grandes paredes, que vendría a recordar (en chiquito) a la entrada a Petra.