Es un sitio genial. Un trozo conservado de selva donde se asientan tres pequeños templos, rodeados de densa vegetación y empapados de humedad que te hace sentir como un auténtico Indiana Jones. Lo mejor es acudir poco después del amanecer pues así podrás en primer lugar librarte de pagar la entrada y en segundo huir de las hordas de turistas que a partir de las nueve inundan el lugar. No lleves comida a la vista, ni tan siquiera cualquier cosa que sobresalga de las mochilas sino quieres que los monos se te abalancen literalmente sobre tí y te roben la mochila. Parecen más simpáticos de lejos que de cerca.