Viajero ocasional
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Al fin iniciamos la odisea versión siglo XXI. Estos caminos , tal vez por ser tan conocidos para nosotros, significan poco en lo particular. La significación se las otorga el hecho de que representan la fase primera del recorrido. Nos detenemos un momento en Hermosillo para deshacernos de algo de equipaje innecesario, y enfilamos hacia San Carlos: el primer alto de la ruta continental.
Lo que resta de Sonora ofrece escasos relieves a la vista. Pequeños poblados muy parecidos entre sí, ciudades muy bien trazadas y la cuatro carriles… la cuatro carriles como siempre, ustedes ya lo saben.
En Sinaloa el verde ha secuestrado el paisaje. Espaldas de mujeres bonitas aderezan aquí y allá la carretera que, dicho sea de paso, se encuentra en excelentes condiciones “la libre”. El inevitable pago de las inevitables casetas empieza a mermar el presupuesto. Por lo mismo, hemos cambiado de gasolina: desde ahora, durante el resto de México, utilizaremos MagnaSin, litros de a litro, si podemos encontrarlos.
El clima es perfecto en esta época del año. Es como un agradable preámbulo del calor insoportable del verano, que en estas tierras empieza en marzo. Mazatlán nos recibe con atmósfera de carnaval anticipado, aunque las Pulmonías son tristes los domingos en invierno. Un pollo y medio en el malecón, junto a la playa, es el modelo xamérica de una opípara comida dominical.
Acampamos y dormimos sin ninguna novedad. Por la mañana partimos en silencio, en el anonimato proporcionado por una intensa y pertinaz neblina.