Viajero ocasional
Resultado sobre 124 votaciones:
Había llegado hasta el oeste del ombligo del mundo volando en trenes con vagones cama desde Beijing. Era la mejor manera de conocer el paisaje humano, de estar cerca y tener tiempo para comprobar si el lenguaje de signos, el que intentamos cuando no entendemos una palabra de lo que nos dicen, funcionaba en el interior de esa gigantesca tarta de etnias enclavada en el centro de Asia.
Atrás quedaban Xi’an y sus ejércitos de terracota esperando la última batalla, Xining con sus mercados callejeros cubiertos de humo espeso y Golmud, realismo cruel y vacío, cero en historia y romanticismo, una patada al hígado, fin de trayecto. ¡Todo el mundo abajo! pero dicho rápido y en mandarín, algo que recién comprendes cuando, en un país de más de mil doscientos millones de habitantes, te encuentras solo en el vagón del tren.
Las vías habían llegado en la década de 1950 cuando China, recién conquistada por la ola comunista de Mao, desarrolló una carrera monumental para conectar, conquistar y retener las regiones más alejadas del país. Pero el camino de hierro terminaba abruptamente allí, antes de entrar en las tierras de los Uigur hacia el oeste y del Tibet hacia el sur.
Estaba en Golmud, estabas en Golmud, en la Provincia de Qinghai o Tsinghai o Ch’ing-hai o como sea, da igual, suena casi tan lejos como la luna. Otro fin del mundo. La única manera de llegar a Lhasa, a más de dos mil kilómetros de Himalayas y después de conseguir el permiso oficial de la policía, era en un viejo autobús. O caminando.
La belleza es un añadido innecesario en la vida cotidiana de la mayoría de los chinos del siglo veintiuno. Si no es útil, si no es sencillo, si no es rápido, no sirve. Golmud es la confirmación. Un pueblo grande sin alma, con un mercado de cemento atiborrado de manjares sospechosos y calles comerciales con puestos improvisados sobre el asfalto.
Las construcciones son todas cuadradas, como si un terremoto nunca registrado por los sismógrafos y los historiadores hubiera borrado con el codo todo rastro de emoción. Sobre el asfalto se cruzan chinos, mongoles, tibetanos, kazajos y hui musulmanes que intercambian saludos cortos y amables. Todo parece tan innecesariamente práctico que asusta.
Trago saliva, esto no es el torbellino de las zonas económicas especiales del este, donde el dinero se multiplica como en un milagro bíblico. Esto es el interior, al otro lado del país, donde la gente sobrevive del pequeño comercio local y desarrollo es una palabra excéntrica del diccionario. Pero, estés donde estés, siempre aparece una sorpresa estallando frente a tus ojos.
Entonces la humanidad sale del armario y una puerta se abre violentamente: una mujer vestida de novia, con un traje lleno de volados color rojo sangre, rojo comunista, sale a la calle riendo y destroza la normalidad de otro edificio gris. Occidente, oriente, norte, sur, la alegría es la misma. Aquí faltan los colores.
Una oleada de calor y optimismo invade la acera y su onda expansiva me contagia. Piso una tapa de cloacas mal cerrada y mi pierna se hunde en el vacío hasta la rodilla abriendo una herida en el pantalón, pero no importa. Hay esperanza. Entonces decido entrar en una barbería para que me afeiten. El autobús a Lhasa parte al mediodía, también hay tiempo.
La experiencia del afeitado en China sólo es comparable a caminar descalzo sobre brasas encendidas o permitir que Jack el Destripador te haga un chequeo médico. Yo sólo quiero afeitarme, no hice nada malo, los pelos duros de mi cara son culpa de mis genes, soy inocente. Los chinos son lampiños y debo ser el primer conejillo de indias, el primer inconsciente en solicitar algo tan excéntrico. Prometo no volver a hacerlo.
- ¿Para qué tener barba? –se debe preguntar el peluquero mientras pasa por mi mejilla la cuchilla mellada que probablemente ha utilizado al mediodía para quitar la carne de un hueso de búfalo.
Algo está mal, porque el hombre se pone nervioso, se detiene para afilar la cuchilla con un cuero inútil y suda como si yo fuera la cabeza del Partido Comunista Chino. Los cuatro pelos delgados que le crecen desordenadamente bajo la nariz se llenan de rocío y veinte minutos más tarde abandono el local con tres heridas en el cuello. No ha conseguido degollarme. En algún lugar deben vender maquinillas desechables.
Miro la hora, es mediodía, un escalofrío de alivio me recorre el cuerpo: ya es hora de partir.
En la estación de autobuses un maestro del Tetris encaramado al techo recibe mi mochila y la encaja entre varios paquetes de distintas formas cuadradas mientras alguien le lanza un nuevo bulto. Creo haber entendido que el viaje dura unas treinta horas, que el camino cruza pasos altos, muy altos, y que este es el autobús que me deja en Lhasa. Creo, espero, creo, no sé. Espero. Después de un mes de clases de chino básico sólo aprendí a contracturar mi lengua en el fondo de la garganta y a decir buenos días, gracias y hambre, han xuan, xiexie y ji’e.
Mientras el motor se calienta ensombreciendo el paisaje con humos grises y negros, aparecen tres mujeres. No venden dulces, agua o sándwiches, venden tubos de oxígeno comprimido.
- Very gut. Very gut very gut –hablan tanto inglés como yo mandarín.
Compro uno, subo al autobús y comienzo a jugar. Instalo uno de los extremos del pequeño tubo de plástico transparente en la boquilla del aerosol y el otro en mi nariz. Sin apretar nada, recibo un chute de oxígeno puro y frío que excita y devuelve a la vida las estructuras más pequeñas y olvidadas de mis pulmones. Me pregunto si esto será legal. Vuelvo a meterme el tubito en la nariz, sin duda es adictivo.
Cuando abro la ventana para comprar dos tubos más el autobús arranca expulsando un tapón de cenizas. El anciano que está a mi lado me observa sin disimulo, la pareja que se sienta al otro lado del pasillo comenta algo: debo parecer el líder de un grupo de música heavy punk after dark, algo así como un Marilyn Manson confuso y perdido en China.
La ruta sale decidida hacia el sur. Abandona la cuenca Qaidam, cementerio de ríos de verano, y sube por un valle hacia los Montes Kunlun. El autobús avanza lleno y traqueteando, golpeándose contra el camino de tierra afirmada como si estuviera pagando una culpa. Entre las cabezas que se mueven a destiempo puedo ver la ruta tortuosa y los tres conductores que bromean y ríen estrepitosamente. El chiste debió ser bueno.
A los quince minutos comienzo a envidiar al anciano sentado a mi lado. Ha conseguido adaptar su cuerpo a la forma del asiento y respira profundamente, está dormido. Cada vez que expira emite un silbido aguado. Intento acomodarme pero los rollos de goma espuma escapan hacia los lados. Es imposible saber lo que debe haber sufrido el asiento número dieciocho.
Mientras me acaricio las heridas de la garganta cruzamos el primer poblado en la estepa vacía, Qagan Tohoi. Dadas las circunstancias traduzco el nombre como Cagan Todos, chinos, tibetanos y extranjeros, una buena premonición para un largo viaje en autobús por el techo del mundo.
A medida que avanzamos los pueblos parecen más precarios. Pequeños grupos de cimas nevadas se asoman en el horizonte. El frío comienza a colarse por las juntas agrietadas del autobús mientras cruzamos ríos vertiginosos, cataratas horizontales que no consiguen arrastrarnos de vuelta a Golmud.
Antes del primer atardecer nos detenemos en una parada en medio de la nada. Los pasajeros se reparten en los puestos cerrados para comer sopas espesas y pedazos de carne imposibles de identificar. Es carne y toda la carne es comestible. El viento que persigue las puestas de sol llena los vacíos con prisa y media hora más tarde desaparece. La noche se condensa, tinta negra derramada sobre la tierra marrón, el espacio desciende, todo desaparece.
Cuando se encienden las luces del autobús, todos corremos hacia él. Preferimos ser abducidos por esa máquina enclenque y peligrosa a quedar varados en el desierto de la noche. Cambiamos de conductor, pero no de tic: las sombras oscuras de decenas de cabezas se sacuden de manera alienante y repetitiva. El aire se vuelve más delgado, el oxígeno desaparece poco a poco, cierro los ojos.
Sueño con aviones, con globos que estallan. De repente comienzo a toser y una bocanada de aire vacío entra violentamente por la boca doblando las costillas como el suspiro desesperado de un ahogado, como la cuchillada traicionera que nos atraviesa la espalda. Aire, aire, la asfixia. A la altura del mar los pulmones funcionan solos, a cuatro mil quinientos metros necesitan ayuda para volver a expandirse.
El autobús continúa ascendiendo por una ruta invisible, en cualquier momento llegaremos a la cima del Everest. Busco el aerosol de oxígeno y me clavo el tubo de plástico en la nariz. Duele, pero la taquicardia desaparece y vuelvo a quedarme dormido.
Al amanecer me despierta una especie de música chillona que escapa del radiocasete del conductor. Por favor, que se repita lo que me pasó la última vez que compré una radio china, que se estropee rápido. Algo me tira la cabeza hacia abajo, tengo el aerosol de oxígeno colgando de la nariz. Está vacío. Afuera el paisaje es espectacular.
Los primeros rayos de sol iluminan un mundo desértico habitado por piedras. Instintivamente me llevo las manos a la cabeza y aprieto. El dolor es tan brutal que temo perder los ojos. Bienvenidos al interior del Tibet una de las regiones más aisladas del planeta.
La pareja que viaja al otro lado del pasillo continúa durmiendo, aunque ella tiene un chorrillo de sangre que le cae por la nariz. Aturdido y con los huesos descolocados observo como su compañero se despierta asfixiado. Sus ojos, redondos de miedo, se posan en el rostro lívido de su mujer. Y comienza a sacudirla.
- Ni hao ma? Ni hao ma? Ni hao ma?Ella, que en realidad sólo duerme, despierta sobresaltada y ve a su esposo con los ojos redondos. No entiendo nada de lo que dicen, pero pronto comienzan a lanzarse palabras como recriminaciones. Entonces ella se toca la nariz y siente la sangre. El sonríe y le ofrece un trozo de tela arrugada.
Durante el día intento volver a dormir, pero es imposible. Sólo consigo sumirme en un sopor incómodo, en los ciento diez grados de inclinación del asiento desvencijado. Quiero escapar, quedarme en cualquiera de los poblados en donde los hombres cruzan la ruta a caballo y observan sin emoción un monasterio budista destruido. Quiero vivir unos días en una casa y caminar sin aliento hasta el glaciar más cercano, escapar del autobús hasta acostumbrarme a la comida grasosa y la mantequilla de yak. Pero mi permiso dice que debo viajar hasta Lhasa y pedir allí los permisos necesarios para visitar el resto del Tibet.
Cuando vuelve a oscurecer vuelvo a maldormir. Cuando vuelvo a despertar vuelvo a observar el reloj, hace treinta y seis horas que salimos de Golmud. Detrás de las ventanillas el paisaje permanece inmóvil: el autobús está detenido en un arcén inexistente acunando a cincuenta pasajeros incómodos y tres conductores que, en lugar de turnarse para conducir, duermen como bebés.
No hay nada tan sorprendente como viajar por el filo del mundo. A veces no sirve lo que nos hayan contado, hay que salir, llegar mas lejos, seguir los impulsos de abrir una puerta nueva y entrar sin pedir permiso. Después de 44 horas de autobús y más de dos mil kilómetros que valen como cincuenta millones, mi bolsa de huesos desencajados llegó a la capital del Tibet.
Hace pocos años se terminó de construir la línea de ferrocarril más alta del mundo, entre Golmud y Lhasa. Desde entonces, la vieja línea de autobuses quedó como una reliquia para viajeros conscientes que, para llegar hasta el fin del mundo, solo hay que tomar el camino más difícil.
Esa mole blanca debe ser el Potala.