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Sed de selva en el Chapare

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[*][*] Viajero habitual

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Datos del viaje

Teníamos sed de selva y cuando apenas el sol había hecho acto de aparición bajamos a la carretera para tomar un taxi compartido hasta El Castillo, a unos dos kilómetros de Villa Tunari, donde se desvía la carretera hacia el interior del Chapare. Un nuevo control antinarcotráfico, de esos que están para disuadir, pero que no vigilan nada, nos retuvo unos instantes. “¿Qué llevan en esa bolsa?”. “Relojes”. Esa respuesta de uno de los viajeros de la furgoneta no hizo ni siquiera que el policía se inmutara. Simplemente ordenó que prosiguiéramos. ¿Es así como controlan que no salga del Chapare ni un gramo de coca? Controles de cara a la galería. La falsa doble moral.

Una carretera empedrada en perfecto estado, al más puro estilo de calzada romana, nos condujo hasta el Chipiri. Escolares de todas las edades se afanaban por entrar en la furgoneta destartalada, pese a que el cartel de completo debía haberse colgado ya desde el inicio del viaje. En el espacio en el que apenas hay cabida para 12 personas contabilicé en un momento 22. Son expertos en hacer que la superficie se multiplique. De ello depende que lleguen a clase. Y nadie parece inmutarse por las estreches. Es simplemente su rutina. Las niñas llevan una faldita azul y una ‘polera’ blanca de manga corta; los niños, camisa clara y pantalón azul. Inmaculados. No importa en qué escuela del Chapare estudien; en todas se emplea el mismo color de uniforme. Un leve susurro y el ‘minibus’ se detuvo frente a una de esas unidades educativas ‘modelo’ del trópico de Cochabamba que se han edificado con el apoyo económico del Gobierno de Venezuela desde que Evo Morales llegó al poder.

Un poco más allá, la misma historia. Resulta todo un espectáculo ver la agilidad con la que descienden de la furgoneta todas esas personas. Saltan unos sobre otros, sortean bultos, encogen sus mochilas… Ningún obstáculo les parece grande. Hemos llegado a la popular Villa 14 de Septiembre, la cuna del dirigente cocalero y hoy presidente de la República. Paz, simplemente tranquilidad, se respiraba en esa localidad. Esa misma que no debió ser tal en las décadas de los 80 y de los 90, cuando la zona se vio atosigada por las balas de uniformados y la represión gubernamental para erradicar los cocales. Con Evo la situación es hoy distinta, ha permitido ampliar de 12.000 a 20.000 hectáreas el cultivo nacional de coca. Cada habitante del Chapare tiene por tanto más superficie en su chaco para cultivar esa planta milenaria. Aunque para entender el problema cocalero se necesita un tratado. Hay disparidad de opiniones en la zona. Unos ven excesiva permisibilidad, otros en cambio se aprovechan para ampliar su cato y, por lógica, sus ingresos.

Otra movilidad no llevaría hasta Puerto San Francisco. Esta vez, gracias a que el número de viajeros era más reducido, pudimos contemplar la exuberante vegetación a un lado y al otro. Aún desconocíamos la forma de la planta de la coca, por lo que nos fue imposible reconocerla. Más baches, y más, más pasajeros, y más. Una nevera cargada de pescado recién extraído de los vivos ríos de la zona ocupaba la única parte libre de la furgoneta. Milimétricamente encajada. Eso obligaba al resto de pasajeros a sortearla a duras penas al subir o descender del vehículo. Una furgoneta ‘tuneada’, como otras muchas en Bolivia. Quizá por el precio, muchos bolivianos adquieren en la aduana coches importados de Japón, a los que cambian el volante y los pedales de lado. El resto, lo dejan en su lugar. Por lo que es frecuente encontrarse que el cuentakilómetros, situado a la derecha, no funciona, tampoco el indicador del combustible. La puerta de acceso a la parte interior está, por tanto, en el lado izquierdo. Es ilegal pero…

Y de repente la furgoneta se detuvo. Habíamos llegado a Puerto San Francisco y, más concretamente al restaurante la Jatata, donde Delfín Rosado, su propietario, nos recibió con su loro Eva en el hombro. Su barco estaba reparándose, así que fue Ángel el que nos ofreció, por 150 bolivianos, un paseo por el angosto río Chipiri. Los martines pescadores muy pronto vinieron a nuestro encuentro. De todos los colores, de todos los tamaños. Las tortugas, mientras, se esforzaban por no caer al agua, subidas a cualquier resquicio. Los palos de santo, esos árboles que acogen hormigas muy peligrosas al tacto, eran los únicos, por su blancura, que sobresalían sobre el verdor. Pero ni un mono, ni una capibara, tan sólo sus huellas.

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