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La Paz en la alturas

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[*][*] Viajero habitual

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Datos del viaje

Alto! Una cebra obstaculiza la calzada. Parece cómoda, como en su medio. Y otra, y una más allí. Nadie parece inmutarse. La circulación se detiene mientras un burro muy burlón irrumpe en la escena y se carcajea lanzando sarcásticos besos. Los peatones sortean a los animales absortos en sus pensamientos, sin percatarse de sus tenaces gestos a izquierda y a derecha. No hay manera. “Yo cruzo donde no debo”. Y eso es lo que ocurre. La medida, impuesta por el Ayuntamiento de la Paz, no da el resultado esperado.

Son cebras de carne y hueso pisando pasos de peatones, o de cebra, como se prefiera. Es la manera de concienciar a unos viandantes y a unos conductores de que ambos están condenados a convivir. La misión de cebras y burros se antoja complicada. Sus sonidos, por momento, humanos no logran convencer a un paceño de que debe esperar a que un policía de tráfico le dé paso para alcanzar la otra acera. Tampoco a un taxista que conduce su obsoleto ‘transformer’; un vehículo importado de Japón al que en la propia aduana le ‘tunean’ para trasladar el volante de derecha a izquierda, dejando al descubierto agujeros con cables interminables.

Conviven con ‘trufis’, taxis que siguen una ruta establecida, y con esos autobuses, micros o furgonetas que inundan las calles y que se llenan al doble de su capacidad. De eso se encarga el cobrador que, colgado literalmente sobre la puerta del vehículo y con medio cuerpo fuera, grita sin parar y de forma casi indescifrable una retahíla de destinos para intentar captar clientes a la desesperada. Del volumen de pasajeros que sea capaz de introducir en el bus dependerán sus emolumentos finales. No hay paradas fijas, así que sólo con levantar la mano, el conductor es capaz de hacer un quiebro en la circulación hasta detenerse a los pies del viajero.

La estela de humo negro que desprenden a su paso, entre sonidos chirriantes y frenos desgastados, deja entrever esa locura en las alturas que es la Paz; una ciudad que rezuma actividad, caos, ruido, prisas y suspiros entrecortados. Pero ¿por qué lo llaman la Paz? Quizá, porque está muy cerca del cielo. A sus más de 3.650 metros de altitud es la tercera ciudad del mundo más alta, por detrás de Potosí y Lhaasa, en el Tibet. Pero, eso sí, puede presumir de ser la capital más elevada.

La ciudad se encuentra escondida en un hermoso y profundo valle, en una olla perfecta sin respiraderos, donde la vista se pierde en el infinito entre las casas colgadas materialmente de las laderas. De noche, la estampa asemeja a un gigantesco belén navideño por la multitud de pequeñas luces amarillas que salpican los altos cerros. Es como una pirámide invertida, donde los ricos han elegido la parte inferior para asentar sus mansiones, dejando a los pobres, a los indígenas, a los campesinos llegados a la ciudad en busca de un futuro mejor, esas callejuelas sinuosas y retorcidas, en demasiadas ocasiones sin asfaltar, que dibujan de forma escalonada los suburbios de la Paz, allá en la cima, abrazando la metrópoli modelada sobre el capricho de la naturaleza.

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