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Vietnam: Desde el río Mekong y el Perfume, hacia el río Rojo

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Datos del viaje

© Juan José Maicas

No empezaba bien el viaje, un fundamentalista católico, evangelista..., no lo sé muy bien, nos ofrecía en voz alta una oración antes de partir hacia Madrid, mientras esperábamos el autobús en la inmerecida y tercermundista estación de autobuses de Zaragoza. Habíamos tomado la decisión de no someternos a ningún tipo de vacuna, según nuestras informaciones el riesgo no era muy alto. Pero contra el integrismo religioso no conocíamos ninguna... sino.
Tras cerca de treinta horas de viaje; vía Roma y Bangkok, llegamos a Phom Penh, la capital de Camboya y con un millón de habitantes. Un país todavía no muy turístico. Poco poblado, unos doce millones de seres. Las distintas guerras que ha atravesado le han dejado huellas todavía visibles. Sus ciudadanos son amables, hospitalarios. La ciudad carece de monumentos importantes.
Nada más bajar del avión recibimos la primera bofetada de calor húmedo, el cual nos iba a acompañar durante todo el viaje; a esto debemos añadir que es época de monzones; eso significa que el chubasquero siempre hay que tenerlo muy cerca.
El tráfico es intenso y caótico algo muy propio en este tipo de países. Por sus calles circulan cientos de miles de motos, con dos o más personas montadas en ellas.
En el aeropuerto percibimos que la corrupción alcanza hasta los niveles más pequeños, al abonar el visado nos cobran cinco dólares más de lo estipulado, dinero que se reparten entre los ocho funcionarios que en cadena elaboran el documento. Apenas vemos extranjeros: Si que hay turismo de países cercanos como Tailandia, China, Japón…
Amanece temprano y no tardamos mucho en comenzar nuestro recorrido por la ciudad, visitamos el Palacio Real, el Museo Nacional y el Museo del Genocidio: Fuol Sleng, allí se recuerda a las victimas del régimen de Pol Pot; murieron sobre tres millones de camboyanos. El museo fue durante esa época una prisión con varios miles de prisioneros, los considerados más peligrosos ideológicamente hablando. En este lugar se practicaron todo tipo de torturas. El ánimo se nos desmorona un poco. Este dirigente practicó lo que se llama la “solución aritmética”, la cual se basa en la aniquilación y exterminio de todos los adversarios, para así acabar con el conflicto; en estos días se practica en Chechenia y Palestina. Todavía está todo muy reciente.
Tomamos un primer contacto con la rica comida camboyana. No nos defrauda, además no está muy picante. De postre tomamos unas frutas inidentificables. Después tramitamos los últimos documentos para volar hacía Siem Reap, nuestro principal objetivo en Camboya: los templos de Angkor.
Todos mis billetes de avión vienen con el apellido mal escrito, debido a un error de origen, lo que me está ocasionando algún problema, espero que no vaya a mayores. Con la climatología de momento estamos teniendo suerte; en estos meses de monzones, aunque no de forma frecuente, se forman devastadoras tormentas de agua y viento, lo que hace muy complicado salir a la calle.
Justo al lado de nuestro hotel se encuentra un burdel y al pasar por debajo, desde una ventana nos provocan, hay varias mujeres y niños; supongo que los últimos también forman parte del negocio. Este país junto con Tailandia, se ha especializado en el turismo sexual. Sobretodo es muy visitado por pederastas estadounidenses. Todo ello muy organizado.
En las calles de Phom Penh no es difícil ver camboyanos con los pies o las manos amputadas, a consecuencia de las minas, que por millones se enterraron en las distintas guerras. Exhiben sus desgracias ante los turistas para provocar su caridad. El Estado los tiene abandonados.
Las calles adyacentes y secundarias a las principales están sin asfaltar. Con algunos solares y casas en ruina. Señales de la guerra.
El avión que nos va a trasladar a Siem Reap no nos inspira mucha confianza, se encuentra obsoleto. Sobrevolamos una zona llana que rezuma agua por todos los puntos cardinales. Volamos bajo y puedo distinguir los arrozales y las casas de los campesinos sobre pivotes de madera para evitar que sean inundadas. Un gran lago que se encuentra cerca de los templos de Angkor nos avisa y enseguida aterrizamos. Hace mucho más calor que antes. Para no perder tiempo nos dirigimos hacia las antiguas ruinas; no disponemos de mucho tiempo para visitarlas.
No sé que adjetivo colocar, estamos ante un lugar fantástico en los confines del mundo, una maravilla de la humanidad. Existen sobre cien templos; un lugar comparable a las Pirámides de Egipto o los templos mayas de Guatemala. Visitamos los principales: Angkor Wat, Angkor Tow y la Terraza del Rey Leproso. Se empezaron a construir en el año 802; tres siglos más tarde, la ciudad y los templos fueron abandonados, todavía no se sabe muy bien el por qué. Luego estuvieron olvidados hasta el siglo XIX; la selva prácticamente los cubrió. Las distintas guerras que se sucedieron en el país los respetaron: un paréntesis a la barbarie. Hay un templo que me gustó especialmente, está constantemente acosado por la selva, poco a poco lo va destruyendo, las raíces de los árboles, de una envergadura desconocida revientan los muros, repartiendo las piedras por sus alrededores, luego las numeran para saber dónde se encontraba cada una. Angkor Wat forma un cuadrado de casi tres kilómetros; dentro de él, justo en el centro, existe un templo por el que hay que trepar a través de unas escalinatas casi verticales. La fachada interior que rodea el templo está toda esculpida en bajo relieves, con motivos de las religiones hindú y budista. Un trabajo de varias generaciones. Nos comentan que el principal material de construcción empleado es la piedra arenisca.
La mañana aparece calurosa, muy calurosa. Alquilamos una moto-taxi para dirigirnos hacia el lago Baray en Siem Reap; una vez allí descansamos a la sombra sobre una hamaca tomando una cerveza local, por cierto de buena calidad. En la playita “veranean” algunos camboyanos, se remojan en el lago, algunos de ellos vestidos, las mujeres utilizan trajes de baño muy recatados. Nuestro objetivo era una aldea lacustre sobre el río pero no lo conseguimos, es imposible entendernos con el propietario de la moto-taxi, sólo habla camboyano.
He conseguido comprar en un mercadillo un lingam, que no es otra cosa que un falo, un símbolo hinduista que me va persiguiendo por todas las partes. Hasta en la piscina del hotel hay un monumento del susodicho, junto a otro símbolo que representa el órgano sexual femenino. Todo muy completo.
Hasta el momento no está teniendo consecuencias el error convertido en baile de letras entre mi pasaporte y los pasajes de avión. Ignoro si los responsables de este país son conscientes de que pueden estar matando la gallina de los huevos de oro. No se puede cobrar un impuesto a la entrada y otro a la salida del país, los dos algo elevados; sin contar otros de menor cuantía en los vuelos domésticos. No recuerdo que me haya sucedido en otra ocasión.
Cuando ya le estábamos cogiendo la medida, abandonamos Camboya y penetramos en Vietnam: el dragón rojo. Después de cinco días, consigo adaptar mi cuerpo a los nuevos horarios de comida, sueño… pero con el calor y la humedad no puedo, todavía no.
Aterrizamos en Ho Chi Minh, la antigua Saigón. En ella viven casi diez millones de personas, un millón de ellas son chinos, los cuales se hacinan en condiciones infrahumanas en las orillas de los ríos, comparten el espacio junto a ratas de gran tamaño. Vietnam tiene una población de ochenta millones de habitantes y su extensión es similar a la de España. Saigón es una ciudad bulliciosa y caótica. Existe una gran actividad comercial, los hombres de negocios y el capitalismo neoliberal están entrando por todos sus poros. Existe bastante seguridad ciudadana. Aunque de vez en cuando se producen tirones desde las motos; el parque de estos vehículos es de tres millones. El impacto que recibimos con esta ciudad es muy fuerte, aunque suene a tópico, simplemente es así. Muchos ciudadanos llevan tapadas sus bocas para no envenenarse con los malos humos que despiden los millones de tubos de escape. La mezcla de olores provenientes de todos los rincones es algo indescriptible.
Estamos encontrando vietnamitas que han estudiado sus carreras universitarias en La Habana. Una prueba más de la política de Cuba de becar a estudiantes del mundo subdesarrollado. Algo muy loable; a copiar por otros países del Primer Mundo.
Esta ciudad contiene lugares muy interesantes, sus monumentos no tienen desperdicio: uno de ellos es el Museo de la Reunificación, también el que trata sobre los crímenes de guerra cometidos por los EE UU. Algo muy curioso es visitar la antigua embajada americana, en cuya azotea se produjeron aquellas imágenes que dieron la vuelta al mundo: unos helicópteros se balanceaban mientras batían sus palas despegando con sobrecarga, algunas personas iban colgadas sobre sus patines. El vietkong se encontraba a las puertas de la ciudad y para los que habían colaborado con los americanos representaba un suicidio quedarse. No disponemos de mucho tiempo para recorrer estos lugares ya que nuestra intención es ir al Delta del Mekong (Memoria maldita), un delta verde, con mucha humedad, fértil y muy poblado. La guerra de Vietnam, junto a la deforestación para conseguir más arrozales y así poder alimentar a la población que va creciendo día a día han acabado con importantes masas forestales. En los bosques actuales existe “un silencio imperante” debido a la gran disminución de la fauna: aves, mamíferos… herencia de las dos causas antes citadas.
En el delta es obligatorio comer el pescado “oreja de elefante”, más que por su sabor por como lo presentan y preparan. Lo acompañamos al igual que el resto de las comidas que vamos tomando con sopa, verduras, carne de cerdo… especias, y mil clases de frutas tropicales. Una gastronomía muy rica y completa, así se la reconoce en el mundo.
En Saigón, la voy a llamar así; el río Mekong se divide en nueve brazos. Atravesamos en barca alguno de ellos hasta una isla, My Tho, un autentico vergel, una tierra poderosa bañada por varios canales interiores. Aquí los campesinos cultivan arroz y todo tipo de frutas, algunas desconocidas para nosotros. Recorremos la isla caminando, sobre unas pistas muy definidas, escuchando el susurro del agua; también en una pequeña barca a remo, tripulada por dos mujeres vietnamitas. Menos mal que no hay mosquitos. Es muy extraño que no existan.
Son las cinco de la mañana y vamos camino del aeropuerto; un vuelo interior nos trasladará a Danang, cuarta ciudad de Vietnam, con un millón de habitantes. Dispone de un puerto importante. Esta población fue martirizada en la guerra contra los EE UU. Cerca de aquí, en My Lai se produjo una trágica matanza sobre la población civil que alcanzó mucha notoriedad. A raíz de estos hechos hubo un cambio de opinión sobre la guerra entre la población estadounidense. Aquí se encontraba también la “playa de los americanos”, algo así como “el descanso del guerrero”. Era una zona habilitada para el recreo de los soldados invasores, con mucho sol, chicas y barbacoas.
Son importantes sus montañas de mármol de las que extraen grandes bloques para esculpir todo tipo de figuras y estatuas de este material, que luego exportan a medio mundo. El acoso de niños guías y vendedores de artesanía es más fuerte que en otros lugares. Más tarde nos trasladamos a Hoi An, la “bella durmiente” que ha despertado después de un siglo, una localidad tranquila fundada por los japoneses y totalmente transformada y orientada hacía el creciente turismo.
Hemos conocido a un guía de turismo vietnamita que se licenció en Derecho por la Universidad de La Habana, habla perfectamente castellano, nos contó que ha solicitado una beca en España para doctorarse; una persona inquieta y amante de su país. Nos vamos dando cuenta de que el sentido común de los vietnamitas está muy desarrollado.
Continuamos viaje hacía Hué, la que fuera capital de la dinastía feudal de los Nguyen. Sus habitantes rondan los 700.000. Para ello atravesamos el puerto llamado “el paso de las nubes”, una carretera muy peligrosa. En su punto más alto encontramos varios búnkeres construidos por los americanos, desde allí controlaban la ciudad de Danang, situada en la costa, en las orillas del mar de China. Hué es la ciudad con mayor pasado histórico de Vietnam. La baña el río Perfume. Pernoctamos dos noches a la orilla de este caudaloso río que separa la población en dos partes. Fue prácticamente destruida durante la guerra. Son varios los lugares de interés que queremos visitar: el primero lo alcanzamos después de una travesía río arriba, la Pagoda de Thien Mu. Seguimos una hora más en una pequeña embarcación hasta la tumba de Minh Mang. A la tarde, después de una siesta reparadora y para evitar el calor asesino que cae sobre nosotros sin piedad, visitamos los Mausoleos de Tu Duc y Khai Dihn y dejamos para el final la Ciudadela Imperial, en cuyo interior se encuentra la Ciudad Prohibida; de estilo chino y de la época de los mandarines; fue en gran parte destruida en la guerra contra los EE UU, ahora se reconstruye con ayuda internacional. Observamos más turismo europeo pero sigue dominando el de origen asiático.
En Vietnam existen hasta cincuenta y tres minorías étnicas, algunas son beligerantes en la defensa de sus intereses; defienden con ahínco su independencia y apenas tienen contacto con el resto de la población, viven en zonas rurales del altiplano. También, en estos lugares viven animales salvajes, sobretodo en las zonas selváticas, como el elefante, el tigre y el oso…
Nos comentan que los niños se alegran cuando comienzan a brotar los flamboyanes (una flor roja muy intensa que cuelga de ciertos árboles), el motivo de esta euforia es que las vacaciones escolares están ya muy cerca; durante estos días está sucediendo ese “fenómeno”.
Por ahora estamos teniendo suerte con el clima si dejamos a un lado el calor. Sólo hemos “sufrido” un “bautismo” del Monzón, algunas tardes aparecen las nubes con un poco de viento, pero la cosa no va a más. Los horarios a los que nos hemos acostumbrado serían impensables en España: nos levantamos a las cinco o las seis de la mañana, comemos sobre las doce, los vietnamitas lo hacen a las once y media y cenamos a las ocho de la tarde y sobre las nueve y media nos acostamos. Además, a partir de esta hora no es aconsejable circular por las calles.
Me gustaría comentar algunas costumbres sociales de los vietnamitas: consideran de mala educación que al recibir un regalo, demuestres mucha efusión o alegría; ellos, lo guardan y cuando ya te has marchado lo abren en la intimidad. Cuando les presentan a una persona, enseguida pasan a preguntarle por cuestiones intimas como si está casado, cuanto dinero gana, cuantos hijos tiene… no se les considera por eso curiosos o entrometidos. Le dan mucha importancia a la higiene personal, y son muy cuidadosos con el medio ambiente; reciclan casi toda la basura que producen. Aunque el tráfico es intenso y caótico no se ven muchos accidentes. Cuando conducen, sólo miran al frente, y si cruzas una calle es preferible que las motos te esquiven a ti, no tú a ellas. En algún sitio he escuchado que las mujeres son bellas pero los hombres ya no tanto, dentro de lo subjetivo que puede ser esto, creo que tiene razón quien lo proclama.
Conocemos a Perla, es directora en una editorial; se encarga de traducir libros del castellano al vietnamita. Su castellano es perfecto, con acento cubano. Se licenció en este país caribeño, luego ha viajado varias veces por allá. Hablamos largo y tendido sobre su país. Nos dice que no sienten rencor contra los EE UU, aunque nunca olvidarán su agresión. Mi familia, tuvo suerte, nos comenta; sólo hemos tenido unos pocos heridos durante la guerra; porque la mayoría de las familias cuentan con varios muertos. Al contrario que en Camboya, las victimas que producen accidentalmente las minas antipersonal disponen de indemnizaciones y ayudas estatales. El gobierno de Vietnam está exigiendo a los EE UU que pague sus crímenes de guerra; en definitiva fue una invasión imperialista y del todo ilegal.
Recuerdo ahora un texto de Ho Chi Mhin que leí hace unos días: “Vietnam tiene derecho a ser libre e independiente. El pueblo vietnamita está decidido a movilizar todas sus fuerzas morales y materiales, a sacrificar su vida y sus bienes, para salvaguardar su derecho a la libertad y la independencia”.
Perla nos sigue contando los desastres de la guerra. Ella misma estuvo a punto de morir en Hanoi, cuando los estadounidenses la bombardeaban a diario por el sistema de “alfombra” con los superbombarderos B-52.
Todavía es muy temprano cuando alquilamos unas bicicletas para dar un paseo por Hué. Nos imbuimos en su tráfico, algo más suave que en otras ciudades que hemos ido conociendo, pero como experiencia es más que suficiente. Soy un adicto al chocolate, quiero que se entienda bien, y en este país no consigo encontrarlo por ningún sitio, ¿no cultivan cacao?
Todo se desarrolla muy rápido y en una hora estamos embarcando en un avión de Vietnam Airlines para dirigirnos a Hanoi, la capital del país. En ella viven tres millones de habitantes. La baña el río Rojo (unas siete u ocho veces más ancho que el Ebro). A la tarde asistimos a un espectáculo de “Marionetas sobre el Agua”, algo sorprendente que ha alcanzado fama internacional. Al salir nos introducimos casi sin querer en el Vietnam autentico y profundo; todavía sin contaminar por occidente como ya ha sucedido con Saigón, en el sur del país. Está todo muy oscuro, es ya noche cerrada y hay mucha gente en la calle. No hace tanto calor, los ciudadanos intentan desprenderse de él. Esta todo lleno de tiendecitas, puestos callejeros; algunos clientes se someten a masajes sobre una esterilla en la misma calzada, entre los desperdicios y la basura, y alguna rata muerta. Los jóvenes beben vino hasta emborracharse, lo obtienen del arroz. Somos testigos de algunas peleas pero casi nunca pasan a mayores. Nos reclaman continuamente para vendernos y ofrecernos cualquier cosa. Pide lo que quieras que lo tendrás. Por encima de nosotros pasa un tren, el ruido que se produce es infernal, los transeúntes se tapan los oídos. Estas son algunas cosas que identifican a este país.
La mayoría de los moteros y algunos peatones llevan una mascarilla sobre la boca para no tragar los malos humos; las jovencitas llevan cubiertas las manos y los brazos con unos guantes que les llegan hasta los hombros para no ponerse morenas, pues esto no es un signo de belleza en Vietnam. Las mujeres con un lunar en la cara resultan más bonitas, según sus cánones de belleza; pero los hombres con pelo en el pecho, algo muy difícil entre los varones, son celosos. Sabiduría popular. Los vietnamitas, como otros asiáticos, son barbilampiños.
La arquitectura vietnamita tiene una particularidad: sus edificios son muy estrechos tres o cuatro metros de fachada. Se construye a lo alto, de dos a cuatro plantas, pero sobretodo lo hacen hacia el fondo, esto obedece a cuestiones familiares y de negocios. Vietnam es el segundo país exportador de arroz en el mundo después de la India. Existe un dicho que dice: los cultivadores de arroz venden su espalda al sol y su cara a la tierra. Es un trabajo muy penoso aunque poco a poco va mecanizándose esta importante actividad.
Ya llevamos dos horas en la furgoneta que nos transporta a Halong (dragón descendiente), en el golfo de Tonkin. Su bahía es uno de los lugares más hermosos y turísticos de Vietnam. Realizaremos una navegación por la misma en un junco. Antes haremos una visita a la ciudad de Haiphong, para conocer la pagoda de Du Hong. Una vez en Halong nos instalamos en un hotel frente a la bahía; desde su azotea en la planta catorce, adivinamos sólo una pequeña parte de lo que tenemos delante. Un paraje natural declarado patrimonio de la humanidad. De las tranquilas y templadas aguas surgen centenares de pequeñas montañas de distintos tamaños, hasta dos mil; totalmente cubiertas de vegetación, con una vida en su superficie de lo más variada. Rocas erosionadas y pulidas por la acción de las mareas, las olas y los monzones; en el interior albergan miles de cuevas, algunas de gran tamaño, como la que visitaremos más tarde, espaciosas salas decoradas con estalactitas y estalagmitas. Algunos días después nos enteramos de que estas montañas son objeto de escalada para deportistas de medio mundo.
Por la mañana temprano organizamos un recorrido por este laberinto natural, en un barco, tenemos la suerte de que sólo vamos en él nosotros y la tripulación. Existen algunos pequeños poblados de pescadores que viven en casas flotantes, tan sólo pisan tierra firme para intercambiar sus pescados por arroz y otros enseres de uso cotidiano. En una parada del barco me doy un chapuzón en total soledad, y en medio de este paraíso natural; una sensación así no se repite muchas veces en la vida. La tripulación ha comprado marisco y nos preparan una comida en alta mar. Como decía antes, estos son momentos irrepetibles; un lujo asiático inalcanzable en nuestro país (al menos para nosotros).
Halong, situado a unos cincuenta kilómetros de la frontera con China, es uno de los lugares más característicos de Vietnam y por lo que apreciamos, los ciudadanos de este país lo visitan en masa. Existen hoteles lujosos, pero también los hay muy económicos, casi todos frente al mar.
La noche pasada nos daba la impresión de que se había roto el cielo a juzgar por el agua que caía sin piedad alguna, acompañada por rayos y truenos; cada vez que estallaba alguno se iluminaba la habitación donde dormíamos. Por la mañana ya de vuelta hacía Hanoi, pudimos ver algunas de las consecuencias que este violento aguacero monzónico había producido; casas y campos anegados sobretodo. El río Rojo se había desbordado, amenazando a un barrio vecino en los extrarradios de la capital de Vietnam. En el trayecto hasta Hanoi, de unos ciento cuarenta kilómetros, invertimos tres horas, esto es debido a los estrictos límites de velocidad que imperan en el país; aunque las carreteras son buenas y abundan las autopistas de peaje. Es noche cerrada, callejeamos por la ciudad, haciendo pequeñas compras y degustando cerveza del país, muy buena y barata, aunque algo caliente, no sabemos muy bien el por qué de esto, pues se repetía a menudo.
Al anochecer, sobre las dieciocho treinta horas, los ciudadanos se tiran a la calle para desprenderse del agobiante y viscoso calor que han soportado durante el día. Las puertas de las casas se llenan de sillas y esterillas donde descansan, beben y comen de todo lo imaginable. Esto se desarrolla junto a los cientos de puestos callejeros que ofrecen toda clase de productos. Un paisaje singular, exótico, que le da personalidad y mucho color a la ciudad. Los olores se mezclan con los malos humos de los tubos de escape de las motos, produciéndose una mezcla de algo indefinible.
Ya sólo quedan dos días para regresar a España y es nuestra intención aprovecharlos al máximo. Estoy a punto de cumplir un viejo proyecto. En los años setenta, Vietnam era noticia, aparecía todos los días en los informativos de los distintos medios de comunicación, donde se informaba de la guerra que la atormentaba desde hacia unos cuantos años. En esa época, aparte de mi solidaridad, sentía cierta curiosidad por conocer este bello país.
Me he despertado temprano, el ruido de las motos es el responsable; así que aprovecho para escribir; si no lo haces a diario la memoria te traiciona, quedándose muchas cosas en el tintero. El día amanece lluvioso y tenemos un programa bastante amplio. Es nuestra obligación conocer mejor esta importante ciudad. Hanoi, aunque de menores proporciones que Saigón, no tiene nada que envidiar a ésta, aunque son muy diferentes. Visitamos el Mausoleo de Ho Chi Minh, este alberga su cadáver embalsamado, todo se desenvuelve en un ambiente muy solemne y protocolario. Ésta es la cultura de la muerte, independientemente del sistema político del que hablemos. A continuación nos llevan al Templo de la Literatura, salgo algo defraudado, esperaba otra cosa. Luego vamos al Museo de Etnología, la exposición esta casi por completo dedicada a las etnias más significativas: antes mencionaba que existían cincuenta y tres. Más tarde visitamos un par de centros religiosos más, impregnados de ritos y símbolos. Si en el sur nos perseguía la figura del lingam, en el norte ha sido el de la Longevidad.
Durante gran parte del día hemos estado viviendo dentro de una sorpresa: plazas, parques, ríos, lagos pagodas… y todo envuelto en un sinfín de olores y colores. Sigue lloviendo y a juzgar por las raíces aéreas de un ficus religiosus que han tomado el color blanco va a seguir haciéndolo. Parece ser que este árbol es el mejor “hombre del tiempo” que existe para los vietnamitas.
Callejeamos bajo los paraguas por el barrio antiguo y su multitudinario mercadillo, todo él es una completa demostración gastronómica: carne de perro, rata, serpiente, ancas de rana, mango, guayaba, mamoncetes, frutas con sabor a pera y manzana a la vez, arroces, pescados, frutos secos… gusanos, pajaritos. Todo lo que se mueve es susceptible de comerse.
Ha estado lloviendo toda la noche. Nos levantamos casi al amanecer; queremos hacer un viaje hasta Tam Coc (tres grutas), un paraje natural de extraordinaria belleza, lo iniciamos por la carretera número uno: es una autopista que une Hanoi con Saigón, en el sur del país.
Nos informan de que el río Rojo se ha desbordado y han declarado la alerta máxima. Existen muchas carreteras cortadas por desprendimientos, en uno de ellos se han producido más de treinta muertos. Y nosotros en medio de una de ellas, debajo de un auténtico diluvio. Parece ser que aquel árbol maldito metido a meteorólogo va a tener razón.
Llegamos a Tam Coc, antigua capital del país. Es un día húmedo, vamos rodeados de chubasqueros y paraguas. También de pequeñas montañas rodeadas de vegetación, hermanas a las de Halong. Los escasos rayos de sol provocan bellos reflejos en las mismas. Nos dirigimos a una antiquísima pagoda, nuestro camino lo entorpecen un par de campesinas que nos ofrecen flores de loto. A los lados de la senda se han formado extensas lagunas que amenazan con inundarlo todo. La vegetación es desbordante y entre los nenúfares nadan varios patos. En el interior del templo huele a moho e incienso, la decoración es abundante y colorista. Es muy fácil alcanzar la relajación y recogimiento. Varios lugareños realizan ofrendas a Buda, en ellas abundan los alimentos. Esto último ha sido una constante en nuestro viaje. Atravesamos terrenos extraños, desconocidos. Hermosos parajes. Vírgenes aún para el turismo masivo.
Montamos en una pequeña barca, en la que van remando una pareja vietnamita de mediana edad. Queremos conocer la laguna que rodea estas montañas, donde pescan y cultivan arroz. Observamos pequeños cementerios totalmente anegados. La travesía dura unas dos horas y pasamos por debajo de tres grutas, una de ellas, nos dicen, cuenta con ciento veintisiete metros de longitud, debemos ir esquivando las estalactitas para no estrellarlas contra nuestras cabezas. Una experiencia más para añadir a nuestro viaje. Ya ha parado de llover. Al entrar en Hanoi, se marchitaba la tarde, se encendían las primeras luces a pesar de ser aún las diecinueve horas. El río Rojo ya ha penetrado en algunas zonas de la ciudad.
En el idioma oficial, el más extendido en Vietnam, las vocales tienen hasta seis pronunciaciones diferentes provocadas por los distintos acentos, una misma palabra vocalizada de distinta forma, tiene significados contrarios; por lo que esta lengua se hace harto complicada.
Hay algo sobre lo que me gustaría hablar, ya lo mencione cuando visitamos su mausoleo, se trata de Ho Chi Minh, los vietnamitas lo llaman cariñosamente tío Ho. Está considerado el padre de la Patria, principal artífice de la victoria contra los franceses y los americanos. Héroe de la reunificación y autor de un manual que trata sobre la guerra de guerrillas, utilizado por guerrilleros de medio mundo y con mucho éxito. Estuvo exiliado en Francia, encarcelado en China y declarado enemigo por muchos. Era una persona honrada y honesta. Cuando pudo tenerlo todo renunció a ello. Los últimos años de su vida vivió de forma modesta, casi asceta.
Y paso a otra cosa muy distinta, ahora que se acaba el viaje me hago incesantemente una pregunta, ¿hemos comido perro alguna vez? Desde luego conscientemente no, pero, ¿en esa multitud de pequeños platos que hemos tenido delante durante todos los días con carne, rollitos de primavera rellenos de...? No lo sabemos, ni lo sabremos ya, yo al menos no quiero.
El avión atiborrado de tecnología, comienza a roncar en el aeropuerto de Hanoi, es hora de volver. Haremos una primera escala en Bangkok, el aeropuerto de esta ciudad me trae un par de recuerdos, en él, hace años fue detenido uno de los ladrones más famosos de España, el ex director de la guardia civil Luis Roldán, y la muerte hace tan sólo unos meses del escritor Vázquez Montalbán.
El baile de letras de mi apellido en el billete de avión casi estuvo a punto de tener consecuencias. Cuando lo detectan, paralizan la facturación y llaman por el walkie a un funcionario del aeropuerto; no me entero de nada, hasta que en un momento de la conversación que mantienen escucho la palabra “Macias”, entonces comienzo a sudar de forma irregular. Pero todo se arregla felizmente y consigo subir al avión. Aterrizamos en Madrid veinticuatro horas después. En cuanto puedo acudo a un kiosco de prensa en español (que bien suena esto último), para ponerme al corriente de la situación, informativamente hablando claro: “El ex presidente del gobierno J. M. Aznar se gastó dos millones de dólares de los fondos públicos para promocionarse en EE UU, con el objetivo de conseguir la medalla del Congreso de este país”. Y la segunda noticia: “Encuentran muerta en la bañera de su casa a Carmen Ordóñez”, enseguida me pregunto si antes habrá vendido la exclusiva de su muerte. Este país no cambia.

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