El Rif, el Atlas. Tierra de bereberes - Marruecos - Viamedius - Una comunidad para viajeros como tú.

El Rif, el Atlas. Tierra de bereberes

[ropavieja]

ropavieja

[*][*] Fundador - Viajero habitual

  • Aportaciones: 32
  • En viamedius desde: 18/10/2006
  • Último login: 04/07/2008
  • Ha escrito sobre 29 pais(es)
  • más sobre ropavieja
[Publicidad]

Resultado sobre 1 votación: [1][2][3][4][5]


Datos del viaje

© Juan José Maicas

Mi relación con este país siempre ha sido contradictoria, de amor y odio. Por motivos muy diferentes entre sí. He vivido largas temporadas pegado a sus límites fronterizos, esto me permitía visitarlo a menudo. Respecto a lo que afirmo más arriba, debo explicar que es una nación que despierta en mí cierto interés, sobretodo su población y la zona rural en la que habitan, pueblos de barro agonizantes que no tienen nada que ver con el resto del país: son dos mundos separados que recorren caminos distintos. El Rif era el lugar de mis correrías. Mis visitas solían ser fugaces: Nador, Ketama, Alhucemas... Practicaba el trueque, pasaba tardes enteras en los baños públicos. Me ensimismaba con su orografía, me hartaba de cuscús o me bañaba desnudo en sus solitarias y salvajes playas ante un ondulante mar. Por aquella época había adquirido algunos conocimientos sobre pesca submarina, así que ciertos acantilados y zonas rocosas no tenían secretos para mí. Nunca pude haber imaginado que podría ensartar en mi arpón un mero o un congrio; fue una auténtica experiencia que jamás he vuelto a experimentar.
Esta región es la más contestataria de Marruecos, quizás por eso también la más castigada y olvidada por la monarquía absolutista. Aquí se fabrican y se llenan de inmigrantes las pateras con dirección a la “tierra prometida”. Mientras, en las humildes casas de adobe sólo quedan los viejos. Ver a una familia marroquí donde el hombre va montado en la burra y detrás, caminando, la esposa cargada con un fajo de leña en la espalda es algo muy común.
Desde las tierras altas de Ketama, entre las plantaciones de cánnabis se adivina la costa española, y si miras un poquito a la derecha en un día claro se observa un punto blanco, es el Mulhacen nevado. Un viaje en barco desde la frontera melillense hasta la ceutí, recortando la costa marroquí, dejando atrás el peñón de Alhucemas, (allí viví durante un año), Vélez, Perejil... va dejando imágenes y paisajes fuertemente grabados en la memoria. Cuando lo realicé por primera vez, debido a las circunstancias del momento, fue algo muy emotivo y trascendental para mí.
Al viajar por lugares míseros ves que no hace falta casi nada para vivir y te acostumbras fácilmente a esa forma de vida. Reverte lo afirma así en uno de sus libros: “cuando viajas a lugares lejanos, recónditos, de mucha escasez, caes en la cuenta de que pocas son las cosas para la vida”.

LAZARILLA

Aconteció hace unas noches. De cuando en cuando me visitan unos fantasmas que se sientan a los pies de mi cama y no me dejan dormir. Bueno, ya conocéis mi castigo. Estoy convencido de que Satanás tiene algo que ver con esto. Otra noche de insomnio. ¡Malditos sean! Pero no, esta vez no lo van a conseguir.
Retrocedí con la memoria en busca de algo que me trajera equilibrio, quietud. En definitiva, se trataba de conciliar el sueño. Enseguida recordé algo que me sucedió este verano.
Tomaba un refresco en una plaza soleada de una ciudad árabe: Tanger; descansaba después de haber realizado un viaje por todo el país, cuando se acercó un ciego guiado por una lazarilla, una niña de unos diez años, muy hermosa. Ofrecía jazmines a cambio de algunas monedas. Era fácil deducir que las carencias, la falta de casi todo dominaban su vida, aún así, se le notaba feliz, alegre. Tuvimos una pequeña conversación. Sus dulces palabras en acento árabe delataban su procedencia. Se cubría con un colorido vestido que le alcanzaba hasta sus pequeños pies. Sus rasgos faciales eran casi perfectos, de piel suave y aceitunada, su pelo caracoleado y algo claro, le llegaba hasta los hombros, sus ojos negros, achinados, tenían una mirada limpia. Su sonrisa te atrapaba. Volví a verla otras dos veces esa misma tarde, vendiendo con desparpajo y soltura sus flores, dejando un intenso aroma a jazmín por donde pasaba, mientras conducía de la mano a su padre. Difícilmente abandonará mi memoria. Me cautivó.
La llamada del muecín desde el minarete me devolvía a la realidad. A mi insomnio. A mis fantasmas. Como duele a veces estar vivo.

Vota este relato:

¿Has estado en este lugar y quieres publicar un relato?