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Chichicastenango

[ropavieja]

ropavieja

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Datos del viaje

Iba dormitando durante todo el trayecto hacia Chichicastenango (Guatemala), cuando el pequeño autobús que iba totalmente lleno de viajeros, con sus bultos y animales, frenó bruscamente, me incorporé muy rápido de la caída. Mis ojos, todavía cerrados no alcanzaban a ver todo lo que tenía ante mí. Poco a poco fui recuperando mis sentidos. La primera impresión fue del todo sorprendente. Se produjo en mi interior una sensación agradable, eufórica, algo lejana. Aquella atmósfera compuesta por una mezcla de infinitos colores, paisajes..., aquello me absorbía, se producía una auténtica fusión, desordenada, siguiendo una lógica difícilmente comprensible para un extranjero. Un mundo aparte, compuesto por un sinfín de mercancías y personas que junto a la red de entoldados componían el mercado; uno de los más famosos y bulliciosos del mundo. Telas de vivos colores, especias, figuras artesanales fabricadas en todos los materiales posibles, instrumentos musicales, frutos, bebidas, brebajes... Compradores regateando o simplemente curioseando; los pasillos, repletos de ciudadanos venidos desde todos los rincones, recorrían de forma pausada aquel laberinto de frágiles callejuelas que conformaban un improvisada y destartalada ciudad donde todo se vende y se compra. Por momentos el lugar se convertía en un enjambre, en un avispero. Algunos indígenas, dominados por una euforia artificial producida por variadas sustancias tóxicas que habían ido ingiriendo a lo largo de la mañana, te acosaban con el fin de venderte su mercancía al precio que fuera.
Aunque pueda parecer algo imposible, debido sobretodo al intenso bullicio que me envolvía, conseguía abandonarme en las profundidades de mis pensamientos que por momentos asaltaban mi cabeza. En el centro de todo aquel mundo, emergían dominantes unas escalinatas atiborradas de gentes que se dirigían hacia un templo religioso donde el sincretismo lo empañaba todo. El catolicismo al fusionarse con otras religiones indígenas formaban una sola doctrina. En la puerta de la iglesia y repartidos por las escaleras que la rodeaban, unos indios balanceaban sus sahumerios, añadiendo olores muy penetrantes a una atmósfera de por sí ya muy cargada; otros se dirigían hacia el retablo para ofrendar sus flores. Uno de ellos portaba un tarro de mermelada con un ramo de plástico en su interior, otro, iba con su hijo para iniciarlo en los rituales; varios más se persignaban ante Máximon, a la vez que le ofrecían tabaco y alcohol, el santo, algo vicioso, pero muy querido por los nativos, es la consecuencia final de la fusión de varias religiones.
Algunos indios ebrios, ateridos de frío, dormían en las escaleras, junto a cocinillas en las que calentaban algunos alimentos que luego mezclaban con otras sustancias difíciles de clasificar. Seguí a uno de ellos de nariz aguileña y zarcillos en las orejas hacia el interior del templo, caminaba lánguidamente portando una corona de color rojo sangre. En el interior reinaba una idílica quietud, se producía un fuerte contraste de luces y sombras, los muros lucían glifos mayas. Un anciano increpaba a unos niños que molestaban a un indio que dormía la borrachera en un sucio rincón. Me pareció que la muerte ya le asomaba al rostro, todo ello alumbrado por las innumerables velas que se repartían por toda la estancia. Con cierta congoja abandono aquel colorido lugar, que desprendía pundonor, mansedumbre. Una camioneta destartalada me esperaba para trasladarme a Quezatltenango, otro lugar místico, indígena, único.

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