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La otra Habana

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Datos del viaje

El traqueteo de la guagua me va descalabrando los pocos huesos que me quedan sanos después de diez horas de vuelo sobre el océano Atlántico. El golpe de aire húmedo que recibí al salir a la escalerilla del avión todavía me tiene impresionado. Acaba de caer una tormenta tropical, pero el calor es intenso a pesar de ser ya las diez de la noche de un día de mediados de octubre. Estamos atravesando Rancho Bolleros, un barrio periférico cercano al aeropuerto José Martí. La guagua se dispone a repartir turistas por los diversos hoteles de Centro Habana y Habana Vieja, como el Meliá, Capri, Nacional, Plaza, etc. Yo solamente viajo con un pasaje de avión de ida y vuelta. En España me habían informado de un lugar donde podría alquilar una habitación frente al Malecón y en la misma esquina con La Rampa, una de las calles más animadas de la capital. Esta practica va siendo algo ya muy común entre los visitantes que llegan a este país. La señora, una cubana blanca ya de edad me dio algunas instrucciones y me dispuse para irme a dormir, llevaba muchas horas levantado.
Eran las siete de la mañana y el sol que atravesaba la ventana inundaba la habitación, rápidamente me eché a la calle. Tenía por delante muchas horas y un montón de sensaciones por vivir. Enfile la línea del Malecón, a esas horas vacío, sólo se veía a algún pescador en la lejanía. Me encaminé hacía el distrito de Habana Vieja a la vez que iba observando los deteriorados edificios coloniales en proceso de restauración. Un paseo de media hora con la intención de visitar el centro histórico y algún museo de los muchos que existen por la zona. Atravesé la calle Obispo y algunas librerías como La Moderna que tienen su sede allí. Me dirigí hacia la plaza de Armas y después de una rápida visita al palacio de los Capitanes Generales y el Templete, me introduje en una librería-museo al reclamo de un habanero enjuto y de piel seca (el clima tropical hace estragos por estas latitudes), estuvimos hablando de Cervantes y su Quijote, de García Márquez y Hemingway. Me aconsejo que visitara el hotel Ambos Mundos, donde residió un tiempo, así como la habitación que todavía conservan, tal cual la dejo, y en la que escribió “Por quién doblan las campanas”.
Después de callejear bastante por esta zona de estrechas calles declaradas Patrimonio de la Humanidad, decidí alquilar un carro por unos pocos dólares para desplazarme hasta las Playas del Este, a unos veinte kilómetros de la capital y donde se bañan los habaneros, no sin antes visitar Cojímar y la casa frente al Caribe donde vivió el personaje en el que se inspiró Hemingway para escribir “El Viejo y el mar”. Las playas de arena fina y muy blanca, y el agua del mar algo templada, hacen honor a su fama internacional.
Se acerca la hora de comer, y voy a hacer caso del consejo que muchos cubanos me han dado y es que lo haga en un “paladar” de los muchos que existen en La Habana, nacidos al calor de las reformas económicas que está realizando el gobierno últimamente. Es una forma de vida para muchos cubanos junto a otras actividades relacionadas con el turismo. Por poco dinero me he hartado de camarones y langosta. A los postres entablo una agradable conversación con un grupo de habaneros que hacen gala de su extroversión y de su facilidad para comunicarse con los demás. Me preguntan por mi país y de su situación actual en el terreno político y económico. Hablamos de los problemas que sufren debido al desabastecimiento provocado por el bloqueo que les hace su gran vecino. Conversamos durante mucho tiempo de la situación de otros países de la región, donde existen varios partidos legalizados y elecciones democráticas y sin embargo están en una situación mucho peor que ellos en lo que respecta a sanidad, educación, seguridad, etc.
Una ligera brisa, hace que se embravezca el mar y casi salten las olas por encima del Malecón. Esto me decide a seguir caminando en dirección al Vedado. La universidad de La Habana compuesta de un magno edificio hace que me detenga durante un buen rato ante él, es una de las pocas universidades de los países subdesarrollados que admite en su seno a estudiantes extranjeros becados por el gobierno cubano. Uno de los motivos de mi viaje es hacer una visita al Palacio de los Pioneros, donde hace unos meses un grupo de cooperantes aragoneses construyo una ludoteca para los niños cubanos. Una vez cumplido con ésto sigo callejeando. Ante mí aparece el gran edificio que alberga el hotel Habana Libre, símbolo de la capital y antiguo casino de juego en los tiempos de Batista y hoy orgullo de los cubanos. Algunas “jineteras” pululan por sus alrededores en busca de turistas faltos de cariño, son chicas que solo buscan un rato de diversión en alguna de las discotecas de la zona, algo que nunca hay que confundir con la prostitución. Estoy cansado de caminar y me dirijo a la heladería Coppelia muy cerca de donde me encuentro, con el propósito de tomar uno de sus famosos helados; en cuya terraza se filmó una famosa escena de la película Fresa y Chocolate.
Esperando una guagua a la sombra de una ceiba, árbol muy abundante en todo el país y cuya característica principal es que sus raíces asoman a ras de tierra, se me acerca un joven muy chévere, un mulato chino, raza muy extendida en La Habana (en toda Cuba el mestizaje a sido espectacular, de ahí la gran variedad de razas y rasgos), platicamos largo y tendido, como diría un lugareño. El tiempo de espera para cualquier medio de transporte puede llegar a ser interminable. Hablamos de los “pepes”, así llaman a los españoles, de “Fifo” (Fidel Castro), y de la Ujotacé (colectivo juvenil del PCC) donde milita. La guagua se acerca a la parada, el autobús puede ser de cualquier parte del mundo: alemán, español, holandés... La solidaridad con este país es muy importante. El proyecto cubano no puede fracasar totalmente, porque todos de alguna manera saldríamos derrotados. Es casi imposible moverse dentro del “bus”, va atestado. Llego a mi destino, es un barrio periférico, su nombre es Regla, que junto a Guanabacoa, otro barrio, es donde más se practica la Santería, una religión de origen afrocubano. Muchas de estas barriadas, antiguamente eran pueblos de pescadores que han sido absorbidos por la gran urbe, convirtiéndose en zonas muy populares. En cada cuadra se encuentra un CDR (Comités de Defensa de la Revolución). Colectivos que han ido evolucionando hacia lo que nosotros conocemos como asociaciones de vecinos. Me decido a entrar en una taberna, en su interior sólo veo cubanos, hasta aquí no llegan los “yumas”, es como llaman a los extranjeros. Mientras estoy bebiendo una cerveza Hatuey entablo conversación con el camarero, el cual, con mucha parsimonia me va explicando la historia verídica del indio taíno Hatuey que da nombre a la cerveza, me cuenta que cuando lo iban a quemar en la hoguera los españoles de hace quinientos años le propusieron morir en gracia de Dios, a lo que este se negó, no quería volver a encontrarse en el cielo con los españoles; ya había tenido bastante.
Se hace tarde, los rayos oblicuos del sol se reflejan sobre la bahía y unas nubes negras todavía lejanas predicen una posible tormenta. La noche se presenta alegre, estoy dispuesto a emborracharme de salsa, ritmo cubano y de unos cuantos mojitos. Huyo de locales y espectáculos de a treinta dólares el ticket, como pueden ser el Tropicana o La Maisón, llenos de turistas vaciándose los bolsillos de divisas. Decido entrar en el Palacio de la Salsa, allí existe una clientela más variopinta, actúa El Médico, grupo de moda en Cuba y en medio mundo junto con la Charanga Habanera.
Sin quererlo y sin dormir esta amaneciendo en La Habana. Un cielo rojizo es el preámbulo de otro día caluroso y tropical. Hay que seguir acumulando sensaciones y vivencias porque esta ciudad existe para vivirla. Aché.

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Comentarios

  • [per perfil de ines2003]

    ines2003

    09/12/2007

    felicitaciones por el relato, me gusto mucho.