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Los inventores de la corbata

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Datos del viaje

Nuestro río, el querido Ebro desbordado, es lo primero que avistamos al levantar el vuelo sobre Zaragoza. Mañana se espera el punto más álgido de la crecida; justo en ese momento miles de cofrades tocarán sus tambores mientras desfilan, también desbordados por las aún mojadas calles de la ciudad.
Dubrovnik, ciudad croata, antes, también yugoeslava, me espera. Dispongo de cinco días para entregarme a ésta ciudad amurallada, a orillas del Adriático, entre otros lugares que también tengo previsto visitar.
Desde el principio me seduce la idea de viajar hasta Mostar en Bosnia. Un símbolo, un icono de la pasada guerra de los Balcanes. Un enfrentamiento civil europeo. Una sucia guerra; como todas las guerras, llena de intereses geopolíticos. España participó en esta localidad con ayuda humanitaria.
Llueve copiosamente sobre Dubrovnik. La accidentada orografía hace que las calles se conviertan en pequeños ríos. A la llegada a mi hotel advierto que he perdido una pequeña bolsa de mano con la documentación y la cámara de fotos; me enfado mucho conmigo mismo, ha sido un grave despiste, una negligencia que altera mi sistema nervioso.
El día aparece soleado y con una grata noticia, un responsable del autobús que me trajo hasta el hotel, trae en su mano mi bolsa perdida, intacta. Casi lo beso.
La vieja ciudad, rodeada de una infranqueable muralla, no me decepciona. Museos, monasterios, una sinagoga y decenas de callejuelas sinuosas compuestas a la vez por centenares de escaleras. Estos lugares albergan pequeños hoteles, tiendas... locales dedicados al creciente turismo en la Perla del Adriático, así la llaman los naturales.
El calor del mediodía va eliminando toda la humedad de mi cuerpo. Este mar me cautiva. Justo enfrente donde me encuentro ahora, existe una pequeña isla declarada reserva natural; en toda la zona hay diseminadas pequeñas islas, algunas se pueden visitar con barcos que se alquilan en el viejo puerto.
Cincuenta mil habitantes pueblan esta antigua ciudad romana, y poco más de cuatro millones habitan en el país. Es una nación nueva, joven y despoblada. Se palpa todavía la reciente guerra. Visito un museo dedicado a los mártires que defendieron Dubrovnik durante los intensos bombardeos a la que fue sometida.
Voy a una tierra diferente, independiente: Bosnia, uno de los seis países, ahora separados y que antes conformaban la antigua Yugoslavia. Una cruenta guerra los segregó. Las señales del conflicto son evidentes: numerosos edificios destruidos por los bombardeos, y que todavía no han sido reconstruidos. Muchas fachadas conservan aún las huellas de la metralla y los obuses. Los bosnios evitan hablar de la contienda bélica, quieren olvidar, algo legítimo.
Ya en Mostar, inicio mis primeros pasos hacia el puente, el mítico puente sobre el río Neretva. Muchas veces destruido, otras tantas, levantado. Esta ciudad sufrió mucho durante la guerra, casi toda ella está en proceso de reconstrucción. Las tropas españolas todavía permanecen aquí, pienso que tendrían que volver ya y dejarse de injerencias.
Mostar se ha volcado hacia el turismo, estos días festivos son cientos los visitantes que la transitan. Tengo la oportunidad de conocer otras dos localidades bosnias más. La cultura musulmana se deja notar, con sus mezquitas diseminadas por toda la urbe.
El cocimiento de razas y culturas ha sido extraordinario en toda la región. Bosnia cuenta tan sólo con tres millones y medio de habitantes. Observo que los precios son más bajos que en Croacia, en ésta última están al mismo nivel que en España.
Abandono el país a través del delta que forma el río Neretva, un valle de gran importancia agrícola.
El litoral croata alberga casi dos mil islas e islotes. Hoy me he propuesto visitar tres de ellas, llamadas Elaphite. Eso me llevará toda la jornada. El velero navega lentamente por un mar en calma. Desembarcamos en pequeños puertos marineros; después de recorrer lo más esencial de las mismas, partimos hacia la siguiente. El sol calienta, la tranquilidad reina, tan sólo es alterada por una machacona y repetitiva melodía italiana. La comida se realiza a bordo, compuesta de pescado servido en platos de plástico. Este alimento abunda en el país, por lo que es barato. Los vinos y aguardientes gozan de cierta fama y los ofrecen a cada momento.
El agua todavía está fría, aún no me he decidido a bañarme, quizá lo haga mañana, no tendré más oportunidades. En los primeros días descubrí en la Ciudad Vieja de Dubrovnik un lugar para nudistas junto al mar. Apenas existen playas de arena, se componen de rocas y cantos rodados. Sobre las 18 horas el velero me devuelve a tierra firme en un embarcadero cerca de la ciudad.
Quiero apuntar dos curiosidades alusivas a Croacia, la primera es que son los inventores de la corbata, de ahí viene la similitud de las dos palabras, y la segunda es que Dubrovnik está situada en una región llamada Dalmacia, cuna de los perros dálmatas, sí, esos de las manchitas.
En las conversaciones con los nativos se desprende bastante animadversión hacia los serbios, etnia mayoritaria en la antigua Yugoslavia; la inmensa mayoría considera que fueron oprimidos por estos. “En tierra no se pelean”, este comentario lo escucho en la calle cuando visito el cementerio con vistas al mar, donde están enterrados juntos, católicos, musulmanes, ortodoxos y hebreos. Es Domingo de Pascua para los cristianos, las y los ciudadanos croatas se han vestido con las mejores galas, de riguroso traje oscuro con chaleco y corbata. Superamos los 30 grados de calor, no alcanzo a explicarme como lo resisten.
Es mi último día aquí y como dije antes me dirijo hacia la pequeña playa naturista: traspaso la muralla por un oscuro callejón que se dirige hacia el mar, justo detrás queda la catedral, repleta de fieles ensimismados con sus oraciones, mientras repican las campanas, Se forma una situación algo extraña. Un mar entre verdoso y azulado aparece ante mis ojos. El “Templo Nudista” está prácticamente vacío, me desnudo, mi cuerpo recoge los primeros rayos solares en toda la superficie de mí aún blanquecino cuerpo; una sensación de bienestar me invade. Hago un intento frustrado de zambullirme en las limpias aguas, pero desisto, están muy frías. De esta forma apuro mis últimas horas en Dubrovnik. Al atardecer sale mi vuelo hacia mi origen.

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