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Iras y no volveras

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Datos del viaje

En una región muy remota de China existe un desierto que se llama el Taklamakán, cuyo nombre significa “irás y no volverás”. Pues bien, yo sin ningún reparo aplicaría esta definición a la ciudad de Bruselas.
Se marchitaba la tarde y comenzaba a encenderse las primeras luces. Sentía un gusto agrio en la boca, acompañado de cierta irritabilidad; me decidí a comprar en un puesto callejero un cucurucho de patatas fritas con mayonesa, para intentar saciar el hambre; no hacia ni quince minutos que había salido de un céntrico restaurante donde me sirvieron un plato de agua caliente al que le habían llamado sopa de pescado y tres diminutas gambas huérfanas para segundo. Todo lo pagué a precio de oro, no sin antes montar una descomunal bronca. Me sentí estafado y apaleado.
Estuve todo el día “admirando” esta “monumental”, burocrática, gris y aburrida ciudad que es Bruselas. ¡Ah! Y muy cara. Me desplazaba en el metro y observé que casi nadie pagaba el ticket, se limitaban a saltar una pequeña valla, así que no podía hacer otra cosa que imitar a estos “incívicos” ciudadanos para no pasar por un estúpido.
El intrépido Tintín, un héroe nacional, se me aparecía por todas partes; resultaba agobiante tropezarte una y otra vez con este fantasma reaccionario. Algunos afirman que Bruselas es una caja de sorpresas, puede ser, según como interpretemos esta afirmación. Después de visitar el Atomiúm y el Manneken Pis, me dirigí a la cercana Grand Place a dar buena cuenta de unas cuantas jarras de cerveza, la bebida nacional por excelencia. La silla de anea donde me encontraba sentado era un envidiable punto de observación. Justo enfrente se ubicaba el edificio donde Carlos Marx y F. Engels escribieron el famoso “Manifiesto Comunista”. Decenas de personas paseaban o charlaban sentadas en el suelo.
Conforme avanzaba la noche el ambiente aumentaba y se distendía; unos jóvenes se daban unos largos y apasionados besos, otros hacían sonar diversos instrumentos y muchos más bebían cerveza como si fueran auténticas esponjas, su sed era insaciable.
No sé si tengo que decir que esta ciudad aparte de lo que ya he descrito es también la sede de la OTAN y de la UE; que la habitan los flamencos y los francófonos. Dos culturas enfrentadas que practican eso de la coexistencia pacífica. No volveré. Creo.

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