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© Juan José Maicas
FIN DE AÑO EN EL FIN DEL MUNDO-PATAGONIA Y TIERRA DE FUEGO
En un principio se cumplía lo previsto, embarqué en su hora después de cenar un bocadillo de tortilla de patatas, bombones y turrón. Ésta era mi “Noche Buena”, de una Navidad más. Con el aeropuerto bajo mínimos, y casi todo cerrado, vamos, ni agua se podía comprar.
El avión comienza a rodar pausadamente en busca de la pista de despegue, remolcado por un camión-tractor, cuando el citado vehículo hace una extraña maniobra y revienta una rueda, luego resulta que, son las dos ruedas del morro del avión, justo a las doce de la noche, buena la hemos hecho en esta maldita “noche buena”. Nuestro gozo en un pozo. Objetivo principal y único: buscar dos ruedas iguales y cambiarlas, algo casi imposible en una noche tan “señalada”. ¡Y sin abandonar la aeronave!, más difícil todavía. Por fin las cambian. Se las quitan al avión que se encontraba aparcado al lado, en la operación utilizan tres horas y media.
En la cabina los ánimos se alteran entre los pasajeros y el comandante tiene que intervenir un par de veces por megafonía para calmar al pasaje. Aunque dispongo de siete horas de diferencia hasta la salida del otro vuelo hacia Ushuaia en el aeropuerto doméstico de Buenos Aires, pienso que no me dará tiempo, ya que la otra terminal se encuentra a una hora en coche, y el tráfico de esta capital... bueno, mejor no hablar de él.
Más datos: la compañía se llama Air Madrid, ¡cómo no!, menudo currículo tiene. Habrá que exigir daños y perjuicios, aunque no sirve de mucho si hemos de ser sinceros.
Aterrizo en Argentina y enseguida inicio una carrera contrarreloj, con el objetivo de tomar el avión que me ha de llevar hasta Ushuaia, el tiempo que me queda no es mucho. Facturo mi equipaje el último, y me dan el peor asiento, atrás del todo y con el aparato del aire acondicionado pegado a mi oreja, el ruido es infernal. ¡Ah!, se me olvidaba, el WC se encuentra justo a mi lado. Y sin ventanillas. Así hasta Puerto Gallegos, la primera escala, y luego Ushuaia.
Se cumplen treinta horas de viaje sin interrupción. El fin del mundo, Ushuaia, el lugar habitado más austral del mundo. Me alojo en un albergue en las afueras de la pequeña ciudad, con unas vistas de postal. Me llama la atención las montañas nevadas al borde mismo del mar. Las edificaciones me parecen algo frágiles para resistir la nieve y el frío. Ahora es verano, y estaremos sobre los 8º sobre cero. Oscurece muy tarde, sobre las doce de la noche, y a las tres y media de la madrugada amanece. Casi siempre es de día. Unos anteojos para dormir van a ser el objeto más valioso que he traído a este viaje. A las ocho de la mañana ya estoy desayunando: voy a visitar el Parque Nacional de Ushuaia.
Realizo una marcha de unos siete kilómetros por la senda que rodea la costa del canal de Beagle, atravieso un espeso bosque compuesto principalmente de árboles muy parecidos a las hayas. No había conocido semejantes parajes en ningún otro lugar, el mar, las montañas, la selva, el bosque, todo junto, muy cercano. El silencio es total. Observo varios tipos de aves, cormoranes sobre todo. Me hablan de una flor llamada lupino, es muy linda y la voy a ver por muchos lugares, incluso en los jardines de la ciudad, tiene muchas variedades de distintos colores. En el trekking me acompaña una guía, gran conocedora de la zona, la flora es su gran pasión.
Después de comer organizamos una travesía con canoas por distintos brazos del canal de Beagle, Las aguas están muy tranquilas. Toda una experiencia. He podido transportarme por la lámina de agua junto a los cormoranes y otras aves, el sentimiento de libertad ha sido infinito.
Desembarcamos justo donde acaba la ruta 3 y la carretera más famosa del mundo, la Panamericana, que atraviesa el continente de norte a sur. Parte del trayecto lo realizamos bajo una suave cortina de agua. Ushuaia, el “último confín”.
Comienza un nuevo día. Pregunto la dirección del puerto a unos lugareños, voy a embarcar en una ferry que realiza un recorrido por el canal de Beagle, visitando varias islas donde habitan leones marinos, cormoranes, por cierto, en gran número según me comentan. No debo dejar de visitar la que fue antigua prisión de Ushuaia, hoy convertida en un museo, muy variopinto y original. Está dedicado a mostrar como era la vida de los desahuciados que habitaban este penal, desde luego muy dura y heladora a juzgar por lo que puedo ver. En él cohabitaban los presos comunes con los políticos.
Los precios de la ropa, la comida...; sólo son un poco más bajos que en España, sin embargo otras cosas como el transporte, los hoteles o los albergues... son mucho más baratos. La primera comida del día la suelo preparar yo, luego en la cena busco algún restaurante. Como no podía ser de otra manera, ya he probado la famosa carne argentina en un restaurante, ya lo he dicho alguna vez, no soy un gran admirador de este alimento, pero, bueno, estaba muy sabrosa, repetiré, seguro. Además es que no voy a tener muchas más alternativas.
Aquí el tiempo es muy cambiante, aunque por ahora estoy teniendo suerte; hoy por ejemplo ha hecho un día espléndido. Estaba en un error al pensar que habría más viajeros, más turistas, durante estos días de Navidad. Pero no está siendo así, los argentinos, me dicen, no viajan mucho en estas fechas. Mucho mejor, así no encontrare aglomeraciones.
Los antiguos habitantes de estas tierras fueron los yámanas, que a principios de siglo fueron totalmente exterminados, sobre todo por las enfermedades introducidas por los europeos. Uno de los principales alimentos de esta tribu eran los mejillones, podían comer varios cientos al día. Estoy observando que el árbol más característico, el que más abunda en los bosques que me rodean es la lenga.
Hoy al mediodía tomo un vuelo hacia El Calafate; mi segunda etapa. Antes de salir hacia el aeropuerto subo al Glaciar Martial en un telesilla; un tramo lo hago andando. Resulta cómodo y no es necesario disponer de mucho tiempo, todo esto se encuentra a un tiro de piedra del mar. Me sobra todavía una hora y la terminal aérea está cerca, así que la bajada la realizo caminando. El monte Olivia, el más alto de la zona, lo domina todo, omnipresente.
El vuelo hasta El Calafate resulta rápido y sin problemas. Me cobran un impuesto cada vez que piso un aeropuerto distinto. El despegue lo realiza sobre lagos y montañas con sus espléndidos glaciares, deslumbrándome. Al aterrizar en El Calafate se puede ver un enorme río, con sus aguas de color azul turquesa, no consigo recordar su nombre, esta tonalidad de las aguas se debe a que provienen del deshielo de los glaciares y arrastran muchos minerales. El río desemboca en el lago Argentino, el tercero más grande de Latinoamérica.
Busco mi albergue y comienzo a organizar las distintas expediciones que me he propuesto realizar: las Torres del Paine, El Chaltén, el Cerro Torre, el Fit Roy y el Perito Moreno. El Calafate va a ser durante unos días mi campamento base. Hay muchos visitantes extranjeros, sobre todo montañeros, y algunos mochileros; pero también se ven autobuses de jubilados pululando por los hoteles de cuatro estrellas, los llevan y los traen como corderitos. De todo tiene que haber. El albergue es muy acogedor, está construido en madera; y el ambiente parece agradable. A la tarde visito el lago Nimez, muy cerca de la población, en él habitan diversas especies de aves, sobretodo pelícanos.
En las entradas a las ciudades, en la superficie de la carretera existen unos pequeños obstáculos para que el automovilista disminuya la velocidad, aquí los llaman, “lomos de burro”, en España badenes, pero he conocido varios nombres más, por ejemplo en Guatemala, se llaman “vibradores” y en México “policías acostados”. Muy curioso
Nada más terminar el desayuno partimos hacia el Chaltén en un pequeño autobús. Algunos kilómetros son por carretera, otros, los más, por pista de ripio, excelente para los riñones.
El paisaje es monótono, muy seco, desértico, cubierto de matorrales similares a los que podemos ver en nuestros “Monegros”. En el horizonte, de momento, montañas suaves, lomas, sería mejor decir. Enseguida aparece la cadena montañesa de los Andes, algunos tramos vamos paralelos al río Leona, el mismo que veía de color azul turquesa desde el avión. Ya salió el nombre.
Una vez en el Chaltén, inicio con un grupo una marcha de unas dos horas para poder avistar el Cerro Torre. No conseguimos ver la mítica y enorme aguja a consecuencia de las nubes que lo acompañan casi siempre. La mayor parte del año se muestra invisible a sus visitantes. Si que podemos admirar a sus vecinos menos importantes, como el Cerro Solo. En el camino de vuelta a El Calafate, si podemos observar en toda su plenitud al Fitz Roy, el sol, ya algo bajo, ha iluminado sus laderas, y se nos muestra esplendoroso. Algunos guanacos salen a recibirnos junto a la carretera por la que transitamos: la ruta 40. A la llegada, harto ya de carne, me propongo cenar pescado. Tarea difícil en un país que come muy poco, y claro, el que existe está por las nubes.
Madrugo, sobre las cinco de la mañana. Me dirijo hacia Puerto Natales en Chile, con el fin de visitar las famosas Torres del Paine. La silueta que forma este macizo montañoso es inconfundible y único. Se encuentran en el parque nacional del mismo nombre.
El presupuesto que había establecido para este viaje se está cumpliendo. Parece que la picaresca y los abusos no se han desarrollado mucho por estos parajes, todavía. Hemos contratado la cena de “noche vieja” en un restaurante argentino, estaré con otros españoles, luego a las doce en vez de comer las tradicionales uvas, saldremos a la calle a tirar cohetes y petardos como hacen por acá. Me integro con facilidad en esta sociedad. El choque cultural no es muy fuerte. Este pueblo es hospitalario y amable. Responden con prontitud a tus requisitos y la simpatía, en la mayoría de los casos los desborda.
Los buses en los que viajamos están bastante destartalados en su mayoría, el trato que reciben por las pistas de tierra es infernal. El polvo se mete por sus rendijas espolvoreándonos como si de polvorones se tratara. Vamos haciendo paradas en (bares-estancias), con nombres curiosos: Luz Divina, La Esperanza, La Leona...
Nos movemos por la región de Magallanes. Por cierto, el vehículo no pasaría la ITV en ningún lugar del mundo, es antiquísimo. El chofer es un argentino con mucha gracia, nos comenta que no estamos en el fin del mundo, sino en las hemorroides.
Hemos tenido suerte, conseguimos ver las Torres del Paine sin nubes, por completo y desde distintas perspectivas. Esto es lago que deseaba con fuerza, después de la desilusión con el Cerro Torre. Al ser zona protegida, los guanacos se mueven a sus anchas, con facilidad, también hemos visto avestruces y flamencos rosas en el lago Sarmiento. Las Torres se reflejan en el lago Dehoe, es el momento de hacer fotografías, pocas veces se puede juntar tanta belleza.
Recorremos toda la zona, los lagos abundan. Fotografío el Paine desde todas sus perspectivas. En el último lago observamos bloques de hielo de un azul intenso desgajados del glaciar. Había visto muchas fotografías de estos lugares pero nada como la realidad. Los ríos bajan rápidos en busca del océano cercano.
Estoy cansado, son muchos los kilómetros, y vamos muy lentos. Existe todo un montaje, además descarado, en la frontera chilena. Te hacen cambiar una determinada cantidad de dinero... pagar un alto precio por la entrada al parque y después de quitarte en la aduana toda la comida que llevas, hasta la fruta, tienes que cambiar otra cantidad de dinero, esta vez en pesos chilenos, además debes comprar en la tienda de comestibles que hay pegada al control fronterizo la comida que necesitas para ese día, por supuesto a precios abusivos, todo un impuesto revolucionario, en toda la regla. No te dejan otra alternativa. Por otra parte, la rivalidad, mejor sería decir las diferencias entre chilenos y argentinos son importantes. Éstas crecieron con la guerra de las Malvinas, ya que el gobierno chileno apoyo logísticamente a los ingleses durante el conflicto.
Está resultando interesante el camino de vuelta hacia El Calafate, por la gran cantidad de animales que estamos viendo corretear por estas tierras patagónicas. También por la animada conversación que llevamos con el conductor de esta antigualla llamada Mercedes-Benz. Nos comenta que el puma abunda en esta zona y que está permitido cazarlo ya que comete verdaderas matanzas entre el ganado. Me cuesta creerlo. Es la misma historia que tenemos en España con el oso y los ganaderos. Los estancieros los cazan con perros entrenados para esta actividad cinegética. Prácticamente toda la Patagonia esta cuadriculada y dividida por alambradas, formando las estancias privadas donde pastoreaban las ovejas. Debido a la sobreexplotación han desaparecido los pastos, el ganado y los estancieros. Hoy son estepas con arbustos espinosos y matorrales como la manzanilla y el calafate.
Hoy no madrugo tanto, nos dirigimos al Perito Moreno, un glaciar con más de cuatro kilómetros de frente. El autobús va bordeando el lago Argentino. Navegar por él resulta peligroso, a consecuencia de sus heladas aguas, y por las olas de varios metros que producen los vientos de hasta cien kilómetros por hora que se dan en la región. Tenemos mucha suerte, desde hace cuatro días los huracanes no hacen acto de presencia y el sol calienta un poquito, algo muy extraño para la época, me comentan.
Sobre el lago, flotan algunos témpanos de hielo. En los bosques que lo rodean habitan mamíferos como el gato montés, el hurón, el zorro y diversas especies de aves. Hoy es 31 de diciembre, el último día del año y hemos organizado una cena, en un restaurante frecuentado por argentinos. Seguiremos comiendo la “sabrosa” carne argentina. Nos informan, que el presidente del país va a pasar la nochevieja en El Calafate, en una casa que posee en la ciudad.
Estamos llegando al Glaciar. Otro de los más importantes es el Upsala, incluso más que el Perito Moreno, lo que sucede es que este último está menos accesible. Detrás se encuentran los hielos continentales que separan Chile de Argentina, junto a los Andes.
Es indescriptible, increíble. Ahí está el Perito Moreno, imponente con sus sesenta metros de altura, cuatro kilómetros de frente, y catorce de largo, más cien metros sumergido bajo el agua. Todo un espectáculo sonoro y visual que estremece. Lo rodeamos por todos sus lados para verlo desde todas las perspectivas. Tenemos algo de suerte y vemos algunos desprendimientos de miles de toneladas de hielo sobre la helada lámina de agua.
No es el glaciar más grande de la zona pero si el más famoso, sobretodo por los desprendimientos que se producen cada unos cuantos años debido a la presión de las aguas; cuando el glaciar corta el paso de éstas, dividiendo el lago en dos. En el año 2004 se produjo éste fenómeno, y murieron más de treinta personas, sobretodo por las astillas de hielo que saltaban en todas las direcciones. El turismo en el lugar es masivo. Llegan autobuses de todos los orígenes. La naturaleza aquí ha sido generosa.
Nos preparamos para la última cena del año “FIN DE AÑO EN EL FIN DEL MUNDO”, cenamos juntos varios españoles. Pero antes tomamos doce pasas de uva, a las ocho de la tarde hora local, que son las doce de la noche en España. Simulamos los toques de las campanadas con dos botellas. En fin, no queda mal del todo, ya sabéis, aquello de la nostalgia, los seres queridos... Después de cenar, los argentinos se lanzan a la calle a tirar cohetes y petardos, la pirotecnia, le dicen.
El día de año nuevo la dedico a descansar, hasta las nueve de la mañana no sale el avión que me ha de llevar hasta Península Valdés. Son ya muchas las horas atravesando estepas, cerros, cruzando ríos, lagos y puentes, piedras, pasto, arena y tierra.
He observando que el nivel de seguridad es muy alto. Pregunto y me contestan que no existe la delincuencia; las tiendas no tienen rejas, cualquiera puede dejar la bicicleta en la puerta sin riesgo de que se la cambien de lugar.
Antes de partir hacia el aeropuerto visito las orillas más cercanas del lago Argentino en El Calafate, estos días están a rebosar de aves. A la vuelta, unos gavilanes se lanzan sobre las cabezas de los paseantes, intentando agredirlos con sus afilados picos, deduzco que estamos pasando cerca de sus nidos.
Aterrizamos en Trelew. De forma rápida nos trasladamos a Puerto Madryn (mirar) donde pasaré la noche en un albergue que me han recomendado. De los dos días que iba a estar aquí lo reduzco a uno, sólo quiero visitar la pingüinera más grande de América, cerca de un millón de estos simpáticos animales pueblan las costas de Punta Tombo. El día que he anulado lo iba a dedicar para avistar las ballenas en Península Valdés, pero estos grandiosos animales habían emigrado hacía pocos días a aguas más frías. De esta forma conseguiré más tiempo para recorrer y callejear por Buenos Aires.
En Punta Tombo, me sorprendió que se pudiera fotografiar y caminar entre los pingüinos, sin ningún tipo de restricción. Hasta se atrevieron a picotearme las pantorrillas si osaba acercarme mucho a sus nidos. La pista de tierra hasta allá estaba muy peligrosa, llovía y se había formado un barrillo por el que la furgoneta se deslizaba como una pista de hielo. Algunos coches se salían fuera del camino, volcando en la cuneta. A la vuelta realizamos una parada en Gaiman, un pueblo fundado por los galeses en el siglo XIX, estos ciudadanos intentan mantener sus costumbres, por ejemplo la arquitectura original del País de Gales.
Puerto Madryn no tiene mucho interés, por la noche las calles están vacías y las miradas de los pocos que las transitan no me inspiran mucha confianza. Después de pasear un poco por su costa que mira hacia el océano Atlántico, me introduzco en un autobús hacia Buenos Aires. En veinticuatro horas desembarcaré en la ciudad del Río de la Plata. Dispongo de casi tres días para patearla.
Los argentinos se interesan mucho por el fútbol, eso es sabido, y por la música latina muy comercial, que escuchan en la radio fórmula, pero aunque parezca increíble, llevo doce días en el país y todavía no he escuchado ningún tango argentino.
En este preciso momento en que estoy escribiendo estas líneas, el autobús está dando vueltas y vueltas en una ciudad llamada Bahía. Está claro, se ha perdido y no sabe salir de la pequeña urbe en busca de la ruta 40 hacía Buenos Aires. El chofer debe ser nuevo, le paso antes algo parecido. No he encontrado alojamiento en el albergue que tenía previsto, pero me comentan por teléfono que me buscarán otro cerca. Vamos subiendo hacía el norte y la estepa se va quedando atrás. El paisaje ha cambiado, la tierra recibe más agua y los pastos y cereales abundan, es la pampa, dominio del ganado vacuno.
Otra cosa que he observado de los argentinos es que tienen unas ganas locas de viajar, de salir de su país aunque sólo sea por unos días. Se me está haciendo muy difícil poder comer pescado, además, el que encuentro es caro, este alimento no forma parte de la cultura gastronómica de los argentinos.
Como dispongo de mucho tiempo me dedico a observar en el interior del autobús. Reconozco situaciones que me son algo familiares: un adolescente con tatuajes que le cubren los brazos, otra chica va leyendo revistas del corazón similares a las españolas, si cabe, con títulos aún más horteras, otra joven que va a mi lado lleva horas manipulando su móvil, roles que han calado en todo el mundo.
Deseo como nadie una ducha, un plato de comida caliente, una cama, llevo casi veinticuatro horas en un bus comiendo fast food, durmiendo en una butaca reclinable, y viendo películas norteamericanas que parecen hechas para deficientes mentales, y vamos a dejar aparte el doblaje al castellano, está hecho por actores con acento francés; toda una fusión. Nos cuesta mucho atravesar Buenos Aires, casi una hora y media. Tengo suerte, hay sitio en el albergue, Lo prefiero así porque está muy bien situado.
Inicio una nueva etapa en una de las mayores urbes de Latinoamérica. Tiene las mismas ventajas y desventajas que las demás. Hay multitud de lugares que ver y visitar, más o menos interesantes, y en el lado negativo está lo de siempre, caos circulatorio, polución, aglomeraciones, inseguridad y calor, con un 70% de humedad, no olvidemos que pese a ser enero, acá es verano.
Me percato que los precios son más baratos que en el resto de lugares que llevo visitados en el país. Callejeo sin cesar: por las avenidas 9 de Julio, Corrientes, Plaza de Mayo, Madero, Puerto Plata... una calle, una plaza, una tienda, un bar y una librería. Todo se sucede con cierta velocidad. Estoy empapándome de Buenos Aires como si fuera a desaparecer y nunca más la fuera a ver. Dudo si tomo o no, un barco hasta Montevideo, son tres horas de ida y otras tres de vuelta, por fin decido que no, el cansancio se va acumulando y aunque procuro descansar no consigo relajarme del todo.
Observo con detalle las gigantescas carteleras anunciando los teatros y las librerías en Corrientes, avenida hermana a mi querida Gran Vía madrileña.
Me encuentro en el corazón mismo de esta inmensa nación. Aquí se pueden ver los signos y características de la República Argentina. Uno de ellos me es familiar, las cabinas de teléfono callejeras de la Telefónica española. Otro signo que me suena cercano: una canción de Amaral.
Dedicamos la tarde a hacer compras, sobretodo algunas materas y “bombillas” para practicar en España el ritual, ya sé que puede sonar a tópico, sobretodo para los argentinos. Ceno bueno y barato y tan sólo por unos pocos pesos. Me harto de comer carne y pescado. El viaje ya está dando sus últimos coletazos. Necesitaré tiempo para asimilar todas las experiencias y vivencias acumuladas en este viaje; glaciares milenarios, islas, penínsulas, canales patagónicos, bosques nativos, selvas, aves...
Hoy ha sido un día cultural: He visitado el museo del Cabildo, la Catedral metropolitana y la Casa Rosada, sede del gobierno, situada en la Plaza de Mayo, precisamente hoy es jueves y se concentran a las 15,30 horas, las Madres de la Plaza de Mayo, doy unas vueltas con ellas alrededor de esta mítica plaza, acuden muchos turistas a conocerlas.
Otro lugar importante en Buenos Aires es el típico barrio de La Boca, un barrio irreverente y mundano, con sus casas de vivos colores, sus callejuelas con vendedores ambulantes, todo esto le da un cierto aire caribeño. Hoy es el día con más calor de todos que he vivido en este país. Esto hace que el cansancio se note más. Tomo, que no cojo, un taxi hasta el albergue.
Argentina se ha recuperado un poco desde el corralito financiero, pero la crisis económica sigue estando ahí, acorralando a los argentinos más débiles; la miseria, el chabolismo, el hambre, la explotación infantil, la falta de futuro para los jóvenes son moneda común.
En las conversaciones con los argentinos es muy fácil que salten temas como la dictadura, la guerra de las Malvinas, la corrupción; son plagas que han sufrido muy recientemente. Y no son fáciles de olvidar.
En el albergue me informan que no me puedo ir de este país sin visitar el delta del río Paraná en Buenos Aires, una zona llamada “El tigre” y así lo hago, con un tren que tarda en llegar sobre una hora. Un lugar dedicado al agua. Una maraña de brazos y canales del río forman el delta: la naturaleza desbordada. Por ellos transitan barcos de todo calado, existen instalaciones portuarias, centros náuticos; este un lugar de esparcimiento para los ciudadanos. También cuenta con parques, por cierto, muy cuidados, restaurantes y comercios. Estoy consumiendo las últimas horas en este inmenso y caluroso país. Las materas, el mate, las bombillas me ocupan mucho espacio, no caben en la mochila y tengo que comprar una bolsa para transportar todos estos souvenirs argentinos.
He tenido una noche de terror en el albergue: un par de niñatos ingleses ahogados en alcohol se la han pasado gritando, hablando y haciendo todo tipo de ruidos. Casi no he dormido; y nadie ha hecho nada para evitar semejante atropello, yo, de haber contado con ayuda los hubiera sacado arrastras a la calle. Éste es el otro precio que hay que pagar en los establecimientos hoteleros económicos.
Aunque parezca extraño, no es nada fácil ver bailar tango en algún establecimiento. Cobran precios abusivos, sobretodo en los restaurantes llenos de turistas al uso.
A lo largo del viaje he podido conversar con multitud de españoles de distintas autonomías, ahora residentes en Argentina. Por regla general parece que no les ha ido mal; se alegran al vernos y están deseosos de hablar con compatriotas. Están muy bien informados de la situación actual de España, en lo político y en lo económico.
“Delayed”, terrible palabra, cualquier viajero que visite un aeropuerto de cuando en cuando, conoce su significado, produce angustia e indignación, porque nunca sabes como acabará, cual será el resultado final, y que consecuencias podrá tener en el viaje. Bien, esto es lo primero que advierto al comprobar la salida y puerta de embarque en las pantallas de televisión instaladas en el aeropuerto. “Air Madrid” me la ha vuelto a jugar. Si el comienzo no fue bueno, al viaje de ida me refiero, el regreso comenzaba todavía peor... siete horas de retraso, ahí es nada. Facturo, y devuelven a todo el pasaje a Buenos Aires, a un hotel de cinco estrellas con un bocadillo anoréxico para cenar.
No puedo dejar pasar por alto la pequeña aventura que viví en el viaje de ida al aeropuerto por mi cuenta: el autobús público que nos trasladaba hacia la terminal se le quemo algo del motor, el olor y el humo lo invadió todo, decidimos abandonarlo a toda carrera. Tuve que tomar un taxi porque el tiempo apremiaba y la hora de salida se acercaba inexorablemente. En Madrid me encuentro con una ola de frío polar. No quería una taza, pues toma taza y media.
La última etapa se podría resumir así: tres horas esperando en una fría noche madrileña junto a los depredadores y demás fauna trasnochadora en las puertas de la estación de autobuses. Esperando a que abrieran y poder continuar nuestro viaje hasta Zaragoza.
juan j.maicas