Viajero ocasional
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Hay muchas formas de viajar. Hay quien prefiere hacer de las noches su principal motivo viajero saliendo todos los días de copas, o bien intercalar con algo de cultura mañanera con buena resaca si hemos apretado, o también quien se dedica a patear ciudades para acabar rendido en un hotel. Esta vez os quiero acompañar a Midi-Pyrénées para realizar un viaje gastronómico a nuestro país vecino. Quiero descubrir con vosotros las bondades de una cocina basada en la tradición y en el "savoir faire".
Comenzamos nuestro viaje en Toulouse, capital de esta región. Ésta es una metrópolis con mentalidad de pueblo que ejerce una seducción hecha de belleza, de efervescencia y de tranquilidad. Pero nuestro paladar nos empuja ha descubrir las sensaciones que provocan los vinos de Gaillac, así que abandonamos Toulouse para dedicarle, en otra ocasión, el tiempo que se merece. En esta región, la vid se cultiva, desde el Neolítico, en estado salvaje a orillas del Tarn.
Los emperadores romanos - el poeta Ausone es categórico - tomaban vino de Gaillac. Los alfareros de Montans fabricaban las ánforas para el transporte del licor de Baco al que se añadían plantas aromáticas. En el año 972, los frailes de Candeil se establecen en St Michel y elaboran los primeros espumosos, mucho antes que Dom Perignon (los habitantes de Gaillac no dejan de recordar este hecho). Siguiendo el curso del río comienza a exportarse y es Enrique VIII de Inglaterra el más firme prescriptor de estos vinos, al igual que Francisco I y Enrique IV.
En su regreso del cautiverio al que fue sometido después de Pavía, Francisco I acude incluso a tomarlos in situ. En muchos restaurantes de esta región podéis tomar ese aromático licor de trufas mezclado con un buen vino espumoso Gaillac y en nuestra boca surgirá una combinación dulce y refrescante. Como vinos aconsejo el "fraîchaeur perlée" y el "Gaillac blanc sec". Sencillamente delicioso y muy sugerentes los aromas de frutas y de flores.
Continuamos nuestro paseo "palatino" visitando la lechería Fabre en el verde valle de Gijou. Da gusto ver como la tradición de hacer buenos quesos va pasando de padres a hijos. Allí nos contaron como por cada 10 litros de leche hacemos un kilo de queso totalmente natural, sin ningún aditivo. Y se notaba muchísimo la diferencia. Probad si tenéis oportunidad el "Tomme des Gavachs" o "Raclette des Monts de Lacaune" con color naranja y apreciareis una sutil diferencia con los quesos españoles.
Prefacio de un viaje a los orígenes de la tierra y la tradición culinaria de esta región, este es un buen punto de partida de los productos con sabor y sinceridad. Nos dirigimos pues hacia Lacaune les Bains, donde existe la concentración de charcuteros más grande de toda Francia. Eso es debido a que el viento que sopla en estos montes ayuda y mucho al acabado final del embutido. Después de un apetecible almuerzo en el hotel Relais de Fusies nos trasladamos a visitar varias fábricas para que nos enseñaran todo el proceso de fabricación.