Viajero ocasional
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Una de las ventajas que tiene el hecho de estar de vacaciones, a diferencia de estar jubilado, es que tienes tiempo libre para hacer cosas. Así, aprovechando que este verano me ha tocado estar en Dublín con mi amada esposa, mitigo dicho mal (el de estar en Dublín) con escapadas turísticas de fin de semana (con mi esposa) o entre semana (con mi cámara). Hoy jueves hacía buen tiempo, pues ni tronaba, ni había maremotos ni diluvio universal, así que he aprovechado para darme un paseito por Dalkey.
Esta pequeña villa (una calle y un monte al lado junto al mar) está pegada a Dun Laoghaire (pronúnciese Danleri), donde disfruto de la estancia dublinesa. Antaño pequeño puerto de pescadores y posteriormente refugio veraniego de la burguesía dublinesa hoy tiene el encanto de esas poblaciones con cierto aire de decadencia bien mantenida.
Tras pagar 1,5 euros la hora por aparcar el coche en una calle residencial donde no hay el mínimo problema de aparcamiento, enfilo con mi mochila la calle principal. Lo primero que me encuentro es el castillo de Dalkey (una torrecita) y enfrente otra torrecita que acoge al Ayuntamiento. No queda más del castillo original, parece que a este pueblo le dieron caña los clanes de los Wicklow y los O'Tooles entre otros. Castle street, la calle principal está plagada de restaurantes y pubs. Bajando Coliemore Road llegamos al puerto, donde caben cuatro barquitas pero tiene mucho encanto. Allí me quedo un buen rato respirando el fresco aroma salado del mar. Está dentro de una pequeñísima cala y justo enfrente (a 200 metros) tiene la isla de Dalkey, una roca alargada, verde y que alberga una ermita del siglo X y una torre defensiva que se montó por si venían los barcos de Napoleón a molestar.
Decido continuar y rodeo la península en la que está Dalkey para tener unas impresionantes vistas de la bahía de Killiney. Hay quienes la comparan con la de Nápoles, en cierto modo también por la configuración urbana y tipología de estos barrios, que con los pinos y estas casas enormes cuyas terrazas y piscinas vuelan sobre los acantilados junto al mar recuerdan a aquella urbe italiana.
A partir de aquí y tras pasar por delante de una impresionante casa que debe costar tres o cuatro millones de euros y que sostiene la bandera de la República de Sudáfrica (¿?) vuelvo hacia Dalkey atravesando la antigua cantera de granito. Según los historiadores, irlandeses, estas canteras ayudaron a construir la canalización del Támesis, el Menai Bridge de Gales, el puerto de Dun Laoghaire entre otras grandes construcciones mundiales. Para atravesar la cantera, tienes que subir una escalera de 233 peldaños que me recordaron que llevaba una botella de agua de litro y un par de sandwiches en la mochila. Así que, al llegar arriba procedí a trasladar los correspondientes pesos desde la mochila a mi estómago. Tal operación fue amenizada con la visión de una bonita casa enfrente que resultó ser la casa donde vivió el dramaturgo, premio Nobel y socialista ilustre George Bernard Shaw durante varios años de su infancia y que se llama Torca Cottage.