Viajero ocasional
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La razón de viajar a Heidelberg partía de un impulso originado a raiz de trabajar como retratista callejero en "La Rambla" de Barcelona. Ocho años trabajando con turistas cara a cara me habían incentivado la curiosidad por conocer el origen de los rasgos tan plácidos que que veía en los originarios de los paises del norte de europa. Mi situación como artista de La Rambla me condenaba a una bohemia impuesta por la normativa del ayuntamiento, en la cual al retratista se le considera vendedor ambulante y como tal, su permiso de trabajo tan solo le garantiza el puesto por un año. Tan solo la suerte de superar anualmente el sorteo de las plazas disponibles le permite a uno albergar la idea de que con esa profesión se consigue vivir. La duda de poder quedar un año sin licencia me obliga a buscar siempre que tengo ocasión otros lugares para desarrollar mi profesión, y Alemania se presentaba, a pesar de su larga temporada fría, como un destino interesante a juzgar por la saneada economía que a mí me parecía ostentaba el país.
La oportunidad de alojarme en una vivienda compartida fué algo que en principio facilitó muchísimo las cosas, ya que encontrar alojamiento en Heidelberg es algo que incluso para los propios alemanes les resulta complicado debido a la condición de ciudad tradicionalmente universitaria que ostenta. Por si fallaba mi contacto, había previsto un par de alternativas localizadas a través de una guía de viajes consistentes en unas cabañas ofrecidas en un cámping cercano al módico precio de 17€/noche o la posibilidad de conseguir una habitación en un albergue juvenil a 22€/noche.
La ciudad se ofrecía con expléndidas posibilidades: Una gran calle peatonal de más de 1'5 kms. vertebraba la oferta de ocio y compras a lo largo del casco antiguo hasta el pié de la colina donde un agradable paseo lleva al turista a conocer el onmnipresente castillo. La tradición de ciudad respetada por su belleza de los bombardeos americanos durante la guerra, y la larga lista de razones que llevaron a inspirarse en ella a filósofos, pintores románticos o incluso escritores como Charles Dickens. Montones de turistas principalmente americanos o asiáticos en grupos tele-dirigidos a través de audífonos por guías silenciosos levantando el paraguas, pero también españoles y latinoamericanos. Todo indicaba que la temporada podía resultar provechosa teniendo en cuenta también la presencia de algunos retratistas más, caricaturistas, pintores y algún hombre estatua esporádico.
Registrarse como residente era importante si uno iba a estar expuesto a las preguntas de los servicios del orden, y en Heidelberg tramitar todos esos documentos fué cosa de una mañana. En el ayuntamiento mismo me indicaron que podía desarrollar mi trabajo libremente en cualquier espacio peatonal del casco antiguo. Los cursos para aprender alemán también resultaban interesantes, y muy asequibles tramitando algún documento más para acogerse a las ayudas para la integración. Básicamente la inmigración que observé en el curso, provenía de los países balcánicos y europa del este, aunque la muestra abarcaba a inmigrantes de los cinco continentes.
Mi estancia en Heidelber se prolongó a lo largo del mes de Mayo y principios de junio. La temporada buena supongo que no había llegado todavía a juzgar por lo difícil que resultaba convencer a la gente para que se sentara. Comparado con Barcelona, Heidelberg es una ciudad pequeña, y la gente parecía tener miedo de exponerse a las miradas de sus convecinos. Era usual coincidir en otras ocasiones con la gente que conocía un día. Había muchísimos estudiantes por todas partes ya que la ciudad tiene edificios universitarios repartidos por todo el centro. Salir por la noche era encontrarse casi con el doble de personas que de día, todos buscando ocio y diversión.