Viajero ocasional
Resultado sobre 2 votaciones: ![[1]](/img/star.png)
![[2]](/img/star.png)
![[3]](/img/star.png)
![[3'5]](/img/star-medio.png)
Diario de viaje por las siguientes ciudades y pueblos colombianos: Bogotá, Medellín, Retiro, Santa Fe de Antioquia, Cartagena, Barranquilla, Mompox y Villa de Leyva, en la conmemoración del año nuevo 2005.
La geografía continental que se extiende desde Tijuana en México hasta Cabo de Hornos en Chile representa la extensión más grande del Planeta Tierra —en distancia y número de países— que comparte la misma lengua: el español. Viajar por miles y miles de kilómetros y poder seguir hablando el mismo idioma es algo fascinante. El concepto no es fácil de entender ni sus virtudes fáciles de encontrar hasta que uno comienza a viajar por Sudamérica; se abre entonces ante nosotros un escenario social nunca antes imaginado, lleno de voluntades y promesas.
Colombia fue el sexto país que visité en América del Sur (el primero fue Argentina, cuatro años antes), pero fue hasta este viaje —desde la primera noche en Bogotá—, que me quedó clara la noción de una identidad latinoamericana, que me quedó claro el motivo implícito por el cual he estado haciendo estos viajes, por qué —a veces inexplicablemente— me gustan tanto, y por qué nadie que no los ha hecho los puede entender o siquiera anhelar como se anhela en México un viaje al viejo continente. La idea de unión entre nuestros países me hace ahora todo el sentido del mundo: aprovechar esta gran coincidencia histórica, social y política que nadie más tiene. La hermandad natural y geográfica es inminente.
Los países latinos son únicos. Hay algo que nos une que se va descubriendo poco a poco con ternura y claridad: existe entre los latinoamericanos una confidencialidad que no se logra en ninguna otra región del planeta, que no sucede con otro grupo de países como con los nuestros, que, al compartirlo todo: raza, lengua, historia, edad, problemas, ideales, educación y costumbres, nos hace hermanos. Eso es lo que descubrí al estar viviendo la primera noche del viaje: convivencia y confidencia natural con los colombianos. La inmediatez y la elocuencia con que se lograron estas reflexiones fue posible sólo ahí, en ese momento y en esa fecha. Cuando se revela un momento como ése, que te cambia la visión que tienes de la vida y del mundo, la recompensa es invaluable. Un pensamiento había hecho valer ya todo el viaje, cambió positivamente todo lo que habría de venir.
Los colombianos demostraron esa noche, comparado con circunstancias similares en otros países latinos, una inocencia muy grande. Vi en ellos alegría, paz, desinterés, sencillez y apertura (claro, todo esto visto desde mis ojos recién llegados de la feroz Ciudad de México). Sus ojos fueron tiernos y más nuevos que los nuestros, observaron con respeto y cariño, sin ganas de hacer daño. Sin saberlo, nos dieron una bienvenida perfecta.