Viajero ocasional
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A pesar a los vientos patagónicos de más de 120 km/h. la nieve, la lluvia, los miles de kilómetros realizados entre piedras y barro, las averías…etc, en algún lugar estaba escrito que Ushuaia 2006 dejaría de ser un llamativo proyecto para convertirse en una realidad. Y ahora Ushuaia ya es para mí otro objetivo, otro mítico lugar en el mapa alcanzado, pero no sólo eso, es también un viaje cargado de buenos momentos, de vivencias plenas de emociones, de conocer paisajes y personas y, desde luego, con algunas situaciones de relativo peligro en las que la subida de adrenalina te hace sentir más vivo que nunca.
Básicamente el proyecto consistía en tomar dos motos Bmw 650 GS en Santiago de Chile, y alternando Chile y Argentina bajar hasta Tierra del Fuego, concretamente hasta la ciudad más al sur del mundo, Ushuaia, y regresar, por otra ruta, a la capital chilena para devolver las motos, cuento corto (como dicen por allá cuando quieren resumir), 7.200 kms previstos, casi 3.000 de ellos por pistas de tierra y piedras, y la duración entre el 1 y el 17 de Marzo de 2006. Los días previos a la partida pasaron rápidamente, el 25 de Enero, en la sede central de CAJA RURAL de Salamanca, mi compañero Juan Recio y yo presentamos nuestro viaje a los medios de comunicación salmantinos. Llevaba desde Octubre con los preparativos referentes al alquiler y la preparación de las motos, rutómetros, reserva de billetes de avión, de la barcaza que nos llevaría a nosotros y las motos desde El Chaitén a Puerto Montt, los patrocinadores, los repuestos…y leyendo todo lo que podía de los lugares por los que íbamos a pasar.
Iván Reyes, de MOTORENT CHILE, tiene las motos tal y como habíamos acordado, con la preparación necesaria, documentación y permisos, para poder sacarlas del país, ya rellenados con nuestros datos, depósitos de combustible llenos…así que una vez finalizados los trámites “burocráticos”, colocamos todo nuestro equipaje y, unas 3 horas después de aterrizar en Santiago, estamos ya en la carretera Panamericana en dirección sur. En un momento olvido el cansancio de las 13 horas de vuelo y el cambio horario, me veo de nuevo rodando en moto por el continente americano y estos primeros kilómetros sirven para adaptarme a la Bmw. “Pórtate bien conmigo que yo haré lo mismo contigo y así no tendremos problemas”, son mis palabras a la moto, y, aunque con algunas “pequeñas discrepancias”, nos llevamos bien durante todo el recorrido. Los primeros kilómetros que realizas en un lejano país son fundamentales para comprender algunas situaciones con las que vas a tener que convivir durante miles de kilómetros. Algunos detalles del tráfico que encuentro en la autopista que nos conduce a nuestro primer destino, a más de 500 kilómetros al sur de la capital chilena, me hacen recordar que debo cambiar mi mentalidad europea y aceptar como “normal” el que aquel coche circule por el arcén en dirección contraria, que la gente atraviese corriendo de una parte a otra de la autopista, que el autobús frene repentinamente para recoger a un viajero… como tantas veces nos dice la D.G.T, tengo que adaptarme a las condiciones del tráfico, sólo es eso.
La primera que vez que cruzamos los Andes, y por lo tanto de Chile a Argentina, lo hacemos por el Paso Cardenal Samoré, que debe éste nombre a los hechos sucedidos a finales de la década de los 70. La tensión por las fronteras entre Chile y Argentina viene de lejos, pero en aquella época había llegado a tal punto, incluida una expeditiva reivindicación por parte argentina de unas islas al sur de Chile, que, milagrosamente en el último momento, ambos gobiernos militares aceptaron la mediación del Vaticano para solucionar el conflicto, el pontífice delegó en uno de sus hombres de confianza, el cardenal Antonio Samoré, y este consiguió aplacar los ánimos y que ambas partes aceptaran y acataran (al menos hasta hoy) sus decisiones respecto a ciertos puntos de la línea fronteriza de los dos países, en su recuerdo (Samoré falleció en 1983) este paso, uno de los más bellos de los Andes, lleva su nombre.
Seguimos rumbo sur, atrás dejamos San Carlos de Bariloche, el paralelo 42, Esquel, Bolsón…, el paisaje va cambiando y se va haciendo más llano, la vegetación va siendo cada vez más seca, escasa y rala, y nos recuerda que estamos al final del verano austral. En el pequeño pueblo de Gobernador Costa pregunto por el estado de la carretera hasta Río Mayo y si (en los 200 kms. que separan ambos pueblos) hay algún lugar donde pasar la noche, la repuesta de la chica de la gasolinera no puede ser más sincera y directa, “no hay nada, sólo unas piedras así de grandes”, me dice, mientras que con una mano abarca una supuesta pelota de tenis, pero nos quedan todavía unas 2 horas de luz y decidimos seguir viaje, “mejor harían con quedarse hoy aquí, más abajo empieza el gran sur, y allí no hay nada, sólo piedras”, es su frase de despedida. Los 200 kilómetros incluyen unos 20 de una pista infernal, con las piedras que nos han advertido, y, bien entrada la noche, conseguimos llegar a Río Mayo.