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Viajero habitual
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Días de pedaleo: julio 8 - julio 23, 1200 kilómetros.
De capital en capital voy rodando por Brasil. Recuerdo el día que entrara a la pequeña biblioteca de un pueblito en la amazonia y me diera cuenta de las distancias que tendría que surcar en este gigante, la mas aterradora es la que acabo de efectuar días atrás, Salvador - Vitória tiene 1200 kilómetros de recorrido que podrían asustar a cualquiera y así lo fue en un primer momento, pero ahora las cosas cambian y los trayectos se toman de otra manera.
Salí de Salvador con toda la intensidad de aquella ciudad, ya bien se sabe por escritos anteriores, salí de la manera como me recibió Salvador, revolcado, zarandeado y hasta vomitando. Yo, simple viajero de tierra definitivamente no estoy acostumbrado a la mar y para salir de allí y ahorrar un trayecto largo de carretera debía tomar una balsa para cruzar la bahía de todos los santos, ese día baje a puerto y después de pagar los pasajes indicados monte con la dama aquel barquito que por espacio de 40 minutos nos empezó a mecer con mayor intensidad cada vez. Pendiente de mis cosas y de la dama mi estomago se mecía con las olas y lo poco que había comido se vino afuera, bueno, no fui el único, a los locales también les hace de las suyas el mar, tiene todo el poderío por siempre.En tierra y en dos ruedas ya voy siendo soberano de nuevo y con mapa en mano para salir de este enmarañado lugar, pues arribo a una especia de isla, tomo camino y siento el placer de ir con el viento en la cara y el sol en lo alto, me dirijo a la ciudad de Nazaré.
La constante para mi grata sorpresa en estos parajes son las montañas que aparecen, las montañas que recuerdan a las tierras colombianas. Nazaré como muchos de los pueblos, ciudades que encontraría más adelante son pequeños, históricos, acogedores, pintorescos. Allí por ejemplo, aquel hombre que me acogiera me va llevando por callecitas mostrándome cada particularidad del lugar, que si un teatro, que la prefeitura, el río y así, cada quien muestra su mejor cara. En unos lugares las cosas funcionan mejor que en otros. En Camamu, como en otros lugares procure albergue con la policía pero en un primer momento no fui bien recibido, cosa extraña pues ha sido una constante el buen comportamiento de estos seres, pero la suerte que no me abandona quiere dejar todo lo bueno para lo último, cuando las esperanzas se creen perdidas. Allí un hombre me acoge, me da posada, mi buen amigo Claudio Dantas, que me haría tantos favores a futuro, con el que seguía debatiendo sobre el gran Brasil y sus querellas entre norte y sur que por supuesto persisten, el país de los muchos países y sus variadas regiones, debatir con alguien que esta adentro y de otra voz que viene de afuera y se pasea por todos los lugares posibles, yo. Después de un día de calma, otro agitado, mirar el mapa y ver 44 kilómetros que no pueden significar mucho sobre la bicicleta, pero cuando tienes que sortear múltiples subidas y una constante lluvia que no deja andar la situación se vuelve angustiosa de sobre manera, pero ahora que gano tranquilidad y confianza como remonto kilómetros puedo ir con paso más seguro y aunque aquella jornada haya sido dura supe llevarla como se debía, despacio. Hasta había tiempo de comer y leer mientras la lluvia hacia lo suyo.
De nuevo las posadas de paso, las pagas y por invitación, en las que acontecen las vivencias de otros, allí encuentro los rastros de muchas. Luego viene una ciudad que solo era un punto en el mapa inicialmente, pero esa solidaridad que no deja de dar la mano abre otra puerta y soy parte de otra familia, sigo diciendo que no conozco lugares si no más bien a la gente que los habita, ellos me hablan de la realidad que quiero ver y se me hace mas interesante que la calle principal o la atracción de turno. En Itabuna hay comidas caseras, hay risas en la sala, hay partidas de dominó que este extranjero gana, hay dulces gustosos como el brigadeiro y platos como el acaraje tan típico de bahía, también y como siempre lo más duro, la partida que aporrea cuando se ha vivido con fraternidad un lugar. Sigo la ruta, haciendo asombrosas pedaleadas de 110 y 120 kilómetros cambiando las palmeras por los árboles de eucalipto que pululan en la región dándole ese toque verde al paisaje, un paisaje donde se combinan las subidas, con las extensas bajadas y por fin llegan de nuevo las rectas y esos camiones que te quieren llevar por delante pasando cerquita de vos, zumbandote en le oído como una mosca gigante, yo me mantengo firme y los escucho a lo lejos, los presiento.