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El Mundo Dado La Vuelta XIII: Fiji y el Arbol de los Sueños

[YoLuiso]

YoLuiso

[*][*] Viajero habitual

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Datos del viaje

Reporte.23  
Como soy muy cabezota, además de dar de sí el sombrero me empeñé en vivir mi experiencia fijiana lejos del mundanal mundo de los resort.  Isra, sin embargo, es más de la opinión de intentar evitar en lo posible escaseces y  precariedades, si será el tío raro, por lo que cargué mi mochila y quedamos en vernos allí en un par de días. Johnny, a quien por fin había encontrado intentando seducir a una sueca, me dijo que Lotuma era efectivamente su pueblo, que caminara por la playa hasta encontrar un árbol inmenso, que preguntara por un tal Sami que me daría alojamiento y que debía partir cuanto antes, en primer lugar porque el sol aún no calentaba mucho y en segundo, y no menos importante, porque con tanta cháchara se le iba a escapar viva la sueca. 

Caminé maravillándome a cada paso de poder disfrutar en soledad tan hermoso decorado hasta que al fin vi a lo lejos, en un saliente de la costa, un enorme árbol que, no sabría decir porqué, me pareció diferente al resto, influido quizás por el hecho de que fuese el único en kilómetros que no era una palmera. A él me dirigía cuando me percaté de que un individuo semidesnudo caminaba hacia mí portando un machete de tres palmos en una de sus manos. Confiando en que viniese de abrir cocos, esperé a que se aproximase. -        

Disculpa, ¿es esto Lotuma?-        
Si.-         ¿Tú eres Sami?-        
Si.-        ¿Dais aquí alojamiento?-        
No. 

Maravilloso. Me había despedido del hostal y había cruzado toda la isla para encontrarme con el infausto dilema de volver al barracón con el rabo entre las piernas, que otra ubicación no concibo, o dormir aquella noche encaramado a un cocotero. Me senté a la sombra del gigantesco árbol acompañado del joven Tarzán de pelo afro y comencé a responder sus preguntas sobre de donde venía y si me gustaba Fiji. Pero tan apasionante conversación dio repentinamente un giro inesperado cuando se interesó por el precio que me cobraban en el hostal. Muy cuco, respondí con la mitad del importe real y él se levantó y sin decir nada se fue dejando a mis pies el enorme machete clavado en la tierra. Mis iniciales pensamientos sobre lo propicio de la ocasión para la poda de uñas que mis pies venían demandando pronto se desvanecieron ante la visión que desde el árbol se contemplaba. Un estrecho entre dos islas donde las olas venían a romper formando un cuadro de belleza inigualable. Pero de mis ensoñaciones me rescató Sami que venía acompañado de un hombre que me presentó como su tío Walter y que me ofreció alojamiento en su casa por una tercera parte del precio que yo le había dicho a su sobrino. Era tan barato que me daba hasta vergüenza, pero me la guardé para mí y acepte la oferta a regañadientes. Con un apretón de manos cerramos la transacción y nos sentamos los tres a contemplar el paso de las horas bajo la sombra del vetusto árbol. 

Walter me presentó a su esposa Olandi, entrañable anciana que me explicó que me encontraba bajo el Árbol de los Sueños, que había incluso una canción local sobre él y que allí se reunía su familia desde hacía generaciones para contemplar las mejores puestas de sol del mundo. Me enseñó la casa y se disculpó porque no estaban acostumbrados a acoger gente y mi comida sería su comida y mi cama estaba en la misma estancia en que dormía el venerable matrimonio, algo en lo que no encontré yo inconveniente alguno. Para almorzar me ofreció unas enormes bolas hechas de miga de pan y coco y yo me serví una por aquello del qué dirán, si bien Olandi me arrebató el plato y lo llenó hasta arriba mientras me dijo algo que yo no entendí pero que poseía sin duda el familiar tono de ‘comételo todo que estás dando el estirón’. 

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