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Viajero habitual
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Reporte.21
De entre todas las islas de la polinesia fuimos a dar con nuestros huesos en Fiji. Llegamos por una vez de día y en el aeropuerto nos recibieron tocando el ukelele. Lucía por fin un sol esplendido.
Fiji es un conjunto de más de trescientas islas del Pacífico entre las que se encuentran las Yasawas, de las que habíamos escuchado que eran un auténtico paraíso, lo cual no debía ser ningún secreto porque el puerto se encontraba repleto de turistas que hacían cola equipaje en mano dispuestos a embarcar en un enorme ferry de color amarillo. Recorrimos la zona preguntando a todo quisque y nos dijeron que aquel ferry era la única manera de llegar a nuestro destino, que iba parando en los distintos resorts y que para alojarse en estos había que comprar previamente un paquete turístico. Ahí nos dimos cuenta Isra y yo que de todos los que llenábamos el puerto, éramos una vez más los únicos que viajaban sin alojamiento contratado, sin reserva de plaza en el barco y sin dos dedos de frente.
Pregunté cuanto costaba el trayecto en ferry y casi me da un soponcio. Pregunté por el alojamiento y me lo dio. Y en esas andaba yo, quejándome mucho de los precios y mesando desesperado mis luengas barbas intentando negociar lo innegociable, cuando una voz a mis espaldas me preguntó en inglés si aquello me parecía caro. "Nos ha jodido mayo", pensé, pero como no lo vi muy susceptible de traducción, le dije que yes, que muy caro. Se trataba de un hombre de unos cincuenta años, de piel curtida, cicatriz en el rostro y brazos tatuados. Uno de esos tipos que te inspiran confianza. "Es que es terriblemente caro", respondió. Me explicó que llevaba dos años viviendo con una familia nativa en una de las islas y que en ese momento se marchaba de viaje, pero que ellos estarían encantados de recibirnos. Me presentó a un hombre de color, concretamente color negro, que dijo llamarse Sam y que podíamos unirnos a él pues regresaba a la isla tras comprar alimentos. Fui a buscar a Isra y le dije que en vez de contratar un paquete de vacaciones íbamos a subir al barco y bajar en alta mar con uno que acababa de conocer porque me lo había dicho el tío de los tatuajes. Y como a él también le pareció lo más sensato, compramos un billete de ida, cargamos con nuestras mochilas y acompañamos a Sam a bordo del flamante ferry amarillo.
El frío chino y la lluvia australiana vinieron a mi memoria mientras sonriente me tostaba en cubierta descubriendo a babor y estribor pequeñas islas de fina arena y transparentes aguas donde poco a poco iban desembarcando los grupos de turistas.
Una pequeña barca a motor salio a nuestro paso y saltamos tras Sam a su interior sin tener la más remota de idea de a donde nos dirigíamos. Dejamos atrás las caras de extrañeza de la tripulación del ferry y a toda velocidad surcamos las aguas más limpias que había visto en mi vida mientras cuidaba de que la calida brisa del pacifico no se llevase mi gorro de vaquero. Llegamos a nuestro destino y tardamos un buen rato en poder cerrar la boca. Nos encontrábamos en una postal de palmeras cayendo sobre la blanca arena rodeada por una inmensidad de agua cristalina hasta donde la vista se perdía. Salió a recibirnos Paul, el semidesnudo patriarca de la familia, quien nos fue introduciendo a toda su prole mientras nos estrechaban la mano y nos decían mucho 'bula', que aquí es la forma de saludar. Desde el primer momento aquella gente nos estaba haciendo sentir como en casa.