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Viajero habitual
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Reporte.27
Si algo que nos caracteriza a los españoles es que desperdiciamos demasiado tiempo con la lectura en lugar de prestar la debida atención a la televisión y a las noticias deportivas. A pesar de ello, Isra y yo nos habíamos enterado de que jugaban en Los Angeles los Lakers contra los Toronto Raptors, o lo que era lo mismo, Gasol contra Calderón, dos compatriotas que están triunfado en la NBA. La impaciencia limaba nuestras uñas mientras esperábamos a la puerta del Staples Center, un magnífico estadio rodeado de luces, pantallas de televisión y focos iluminando el cielo. Por fin, vimos aparecer a Jaime, el mismo Jaime que habíamos encontrado en Australia y que nos había dicho que conocía a una de las animadoras de los Lakers que podía conseguir entradas. Acompañado de cuatro de estas –de las entradas, me refiero-, y de una guapa rapaz de raíces taiwanesas, se fundió con nosotros en un nuevo abrazo a once mil kilómetros del anterior y entramos juntos al estadio.
El espíritu de la NBA se encuentra tanto en lo que hacen los jugadores con la pelota como en lo que ocurre en el estadio cada vez que se para el partido. Puro espectáculo. Cada uno de los tiempos muertos es amenizado con concursos, música o animadoras cañón. Una enorme pantalla cuelga del techo y en cada descanso todo el mundo baila y saca pancartas para verse en ella. En una de las ocasiones la cámara se detuvo ante Kareem Abdul-Jabbar, un antiguo jugador, que se puso en pie y saludó en medio de una gran ovación. La misma operación se repitió con el actor Jack Nicholson, si bien este miró indiferente la pantalla y siguió su conversación como si nada. Otra distracción es el kiss time, en que la cámara enfoca parejas del público y cuando éstas se ven en la pantalla se besan apasionadamente ante casi veinte mil espectadores. Ya sé que la probabilidad es pequeña, pero yo por si acaso crucé los dedos para que no nos enfocasen a Isra y a mí.
Allí donde fueres haz lo que vieres, de modo que en el descanso seguimos a la muchedumbre hasta un chiscón donde adquirimos unos enormes vasos de refresco, bandejas con nachos, guacamole, jalapeños y fardos de palomitas de maíz en cantidades menos adecuadas para ver un partido que para abastecer una boda. A la salida nos hicimos fotos junto a la estatua de un tal Johnson, al parecer un mago, y divisamos un gran gentío que se apiñaba en silencio contra una pared. Como no estábamos en Jerusalén aquello nos llamó la atención y la curiosidad nos arrastró hasta allí. De repente, la turba comenzó a gritar y agitar mucho las manos contra el muro y al acercarnos descubrimos que no era tal muro sino un cristal tras el cual estaban grabando un programa de televisión. Es pasmosa el ansia de esta gente por salir en las pantallas.
Al despedirnos Amanda, que así se llamaba la amiga entre comillas de Jaime, nos hizo ver que era de noche y no teníamos alojamiento, por lo que se ofreció amablemente a darnos cobijo, si bien bajo la prevención de que contaba tan solo con un sofá y de que carecía de viandas con que agasajarnos. El recuerdo de nuestros muchos hospedajes míseros y la perspectiva de ahorrarnos una noche de alojamiento hizo que antes de que acabase la frase nos hallásemos ya los cuatro camino de su apartamento.