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El Mundo Dado La Vuelta XVI: San Francisco

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Datos del viaje

 
Reporte.26  

Quizás el señor Johnnie Walker esta tomando demasiadas decisiones en este viaje, porque nuestro plan previo era despedirnos de mi prima & Cía en Las Vegas, pero cuando nos quisimos dar cuenta estábamos alquilando un coche para encontrarnos de nuevo con ellas en San Francisco. A pesar de la pinta que teníamos después de toda una noche de parranda, la mujer que nos atendió en vez de llamar a la Policía nos entregó las llaves de un flamante Chrysler y nos informó de que nos esperaban unas doce horitas de viaje si no hacíamos paradas.

Quizá porque toda sensatez se anula después de tres días sin dormir, arrancamos nuestro buga y lo pusimos en dirección a la ciudad de las cuestas y los tranvías. Cosas que hace uno cuando está de viaje. Hay estupideces de las que jamás te arrepientes, y ese viaje en coche fue sin duda una de ellas, pues cada vez que pienso en él me invade una nostalgia cierta y una cierta melancolía. Recorrer el desierto de Nevada y atravesar California contemplando un formidable paisaje al atardecer entre camiones clásicos americanos y maquinas extractoras de petróleo es una experiencia que ni Isra ni yo olvidaremos en la vida. Entramos en San Francisco cruzando un enorme puente colgante y nos admiramos mucho de la grandeza del Golden Gate, si bien tiempo más tarde nos enteramos de que aquel era otro puente.  

Habíamos llegado a la ciudad –sorpresa- de noche y sin alojamiento, pero Inés nos había dicho por teléfono que habían visto un hostal cerquita de su flamante hotel. Al parecer, la dueña era una pakistaní muy maja que nos dejaba la habitación a sesenta dólares. Por toda referencia me dijo que estaba “en la calle Gary, que es muy pequeña, esquina con otra más ancha”. Resultó sin embargo, que no era Gary sino Geary y que se cruza en concreto con ochenta y siete calles porque es más larga que el Paseo de la Castellana. En desfacer el entuerto tardamos una hora y media, lo cual después de más de doce de viaje es algo le sitúa a uno al borde del primicidio. 

La fachada del hostal, pletórica de pintadas y desconchones, presentaba una sucia puerta a través de cuyo cristal se adivinaba una desvencijada escalera en la que, sería mi imaginación, pero me pareció ver tres ratas bailando hip-hop. Nos pasamos un buen rato dejando inútilmente las huellas en el timbre por ver si alguien nos abría hasta que el portero del club de alterne anejo nos dijo que no nos preocupáramos, que seguramente el dueño estaría borracho, y comenzó a gritar su nombre dirigiendo las fauces hacia una ventana del primer piso. Al rato, vimos a un hombre con bata que nos contemplaba desde lo alto de la escalera, si bien inmediatamente desapareció y sonó el zumbido que nos franqueaba el paso a tan inquietante hospedaje. 

Un concierto de chirridos nos amenizó la subida por la escalera de negra madera forrada de moqueta hasta que fuimos a dar en el primer piso con una lúgubre habitación separada del resto de mundo por unas rejas desde el suelo hasta las goteras. Tras las rejas se agazapaba nuestro anfitrión, un hombre de edad y ebriedad avanzadas, seguramente el marido de la amable mujer que las chicas decían haber conocido. A través de los barrotes, le preguntamos si podíamos ver la habitación y nos respondió que eso era complicado, porque las llaves eran suyas y no se las dejaba a nadie y no nos podía acompañar porque, por si no lo habíamos advertido, estaba detrás de una reja y no tenía intención de salir. Debo reconocer que Isra y yo nos tranquilizamos bastante cuando salimos de allí despidiéndonos en ingles y compadeciendo en español a la santa de su esposa y cruzamos la calle para ocupar la limpia y confortable habitación de un hotel cercano. Costaba el doble, sí, pero no teníamos que dormir con un cuchillo entre los dientes. 

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