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El Mundo Dado La Vuelta II: Camboya y Tailandia

[YoLuiso]

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Datos del viaje

Reporte.04             
El volumen de la televisión de los autobuses camboyanos es directamente proporcional a la necesidad que uno tenga de descanso. Cuanto más necesita uno dormir más alto ponen unos video-clips horrorosos de baladas estridentes que te hacen pensar que incluso las penas de prisión que por aquí se estilan no son tan desproporcionadas para los autores de tales aberraciones.
           
Fue en uno de estos autobuses con cortinas de fantasía con el que llegamos a Sihanoukville, un pueblecito costero de bonita playa, al final de la cual se encuentra el Tranquility Place, hospedaje que hace honor a su nombre y es regentado por Ian, afable británico que hasta allí ha llevado sus huesos y los de su familia.
           
Ian nos mostró dos habitaciones, a cinco y diez euros. La diferencia estaba en el aire acondicionado. Nos decidimos claramente por la primera, porque pagar diez euros por una habitación doble en primera línea de playa nos pareció un abuso. Nos llamó la atención que la televisión tenia todos los canales ingleses de pago y que en la mayoría estaban retransmitiendo partidos de fútbol de aquel país. Sin embargo Ian nos comentó, mientras leía prensa deportiva y no perdía detalle de un Everton-Arsenal, que su familia sería muy feliz... ¡si no es porque echa de menos el fútbol!
           
Resumiendo, que Ian tenía, de todos los establecimientos de la playa, el único que poseía un autentico refrigerador, con lo que es facil imaginar lo que supuso estar tumbado al sol en aquella playa maravillosa, con una jarra helada de cerveza, pensando el frío que tiene que hacer en Madrid, mientras te ofrecen fruta, langosta o collares. Creo que me gusta Sihanoukville.
           
Como la puesta de sol estaba siendo espectacular, nuestra voluntad se tornó laxa y nos dejamos convencer para darnos un masaje en la misma playa, qué manera de sufrir. Hora y medía de masaje después, pagamos el euro y medio que costaba al cambio y al incorporarnos descubrimos el cielo totalmente oscuro y la playa iluminada por cientos de velas, antorchas y fuegos artificiales. El panorama era fascinante. A ritmo de reagge, cenamos en una barbacoa junto a una hoguera y decidimos que ya era hora de presentar en sociedad a nuestro viejo amigo Johnnie Walker, quien fue recibido con vítores y alabanzas entre la concurrencia del hotel, entre la que se encontraba un español llamado Manolo, hippie de profesión.
           
Manolo tendrá unos cuarenta años y tiene un aire a Keith Richards, pero más estropeado. Según nos contó, 'trabaja de temporada', es decir, sin descanso durante los meses de verano y con ello saca suficiente para vivir el resto del año, por lo que se pasa meses viajando. Al final Jiménez del Oso tenía razón cuando al decir que había en el universo otras formas de vida. Creo que voy a llegar a Madrid bailando claqué y cantando 'Mama, quiero ser hippie'. Le dijimos que nuestra próxima parada era la isla tailandesa de Ko Chang y nos recomendó ir a la playa de Lonely Beach porque 'mola mucho, tíos, que es mogollón de hippie'. De esta forma, después de despedirnos del Sr. Manolo y del Sr. Walker, D.E.P, trazamos nuestros planes de acuerdo a su propuesta.
           
Como todas las habitaciones desocupadas del hotel se encontraban abiertas, esa noche dormimos en la del aire acondicionado y cuando amaneció, sintiéndonos unos vándalos, regresamos a nuestro humilde alojamiento de cinco euros.
           
Comenzaba entonces sin sospecharlo una larga jornada de viaje. Desde Sihanoukville tomamos un barco hasta un pueblo cerca de la frontera, a la que llegamos en el remolque de una camioneta. Hecho el trámite del lado camboyano, fuimos a pie hasta el puesto fronterizo tailandés. Desde allí, un mini bus comunal nos llevo hasta Trat, donde cogimos un taxi al puerto y allí un ferry hasta la isla.
           
Se dice muy rápido, pero habían transcurrido más de quince horas de viaje cuando un tuc-tuc local nos dejo en un oscuro camino anunciándonos alegremente: '¡Lonely Beach!'.  ¡Y tan lonely! Como que allí no había nadie. Comenzamos a andar buscando un alojamiento, pero pasada la media noche solo habíamos encontrado rusticas cabañas, todas ellas ocupadas. Cargando las cada vez más pesadas mochilas, arrastrando las cada vez más fatigadas piernas, llegamos hasta una especie de construcción de madera y paja con escasa iluminación, donde un thai devoto de Bob Marley nos ofreció por fin un alojamiento. Se trataba de una cabaña de bambú y techo de paja, con suelo -no de piedra, sino de piedras-, dos colchones -por el tacto, también de piedra-  y una triste bombilla de luz naranja-mortecina que apenas alcanzaba a iluminar los últimos insectos de la pared.  

El baño, que se encontraba a un buen paseo de distancia, directamente carecía de iluminación, y se componía básicamente de un agujero en el suelo y una especie de palangana en la que flotaba un cazo que hacia las veces de ducha. Denegué por tanto a mi maltrecho cuerpo el baño que a gritos me pedía y fui a degustar una cerveza tibia junto a un grupo multinacional de hippies cortados por el mismo rasero que Manolo. 'Bienvenidos a la familia', decían, yaciendo todos por el suelo en similar estado de relajación. 'Habéis tenido suerte, porque este es el mejor sitio de Ko Chang. Es como para pasarse aquí tres meses'.  Yo no se si era por mi estado de cansancio extremo o porque al intentar ponerme las lentillas en esas condiciones me había metido una hormiga en un ojo, pero al pensar en vivir como los Picapiedra tan solo un día más me daban ganas de arrancarle la cabeza a alguno de aquellos hippies. ¡La madre que parió al Manolo! Desearía que se pudriese en el infierno si no es porque quizás lo considerase como 'muy hippie, tío'.
  
Reporte.05              
No hay mal que cien años dure ni hippie que no madure. Con esta premisa, no hicimos las maletas porque ni falta hizo, y nos propusimos a la luz del día buscar nuevo alejamiento en tan agreste isla. Como supervivientes de un programa de Telecinco seguimos, apartando ramas, las indicaciones de los carteles que rezaban 'to the beach' y descubrimos para nuestro asombro que aquella isla no sólo tenía mar, sino que tenía también una magnifica playa con unos bungalows confortables y limpios, que hizo que Isra y yo dirigiéramos, al unísono y sin premeditación, un solemne corte de mangas hacia el lugar de los hippies.
           
Hace años comenzaron a celebrarse en Tailandia los solsticios de verano con fiestas nocturnas en la playa. Pero visto que aquello fue un éxito enorme de público y crítica, se empezaron a celebrar cada mes las llamadas 'fiestas de la luna llena'. Y dado que aquí no le hacen ascos al dinero extranjero, se han añadido recientemente las 'fiestas de la medía luna' al calendario de festejos y celebraciones. Se espera que en próximas fechas sea instaurada en el país la 'fiesta de la luna y punto', que hay que ver como gusta el jolgorio por estos pagos. 
           
El caso es que una de estas fiestas coincidió, como no, con nuestra estancia en la isla de Ko Chang y vimos transformada la playa en una discoteca con música, focos, DJ internacional y una bebida servida en cubos de playa compuesta por Red Bull y whiskey local, brebaje tan fuerte éste que es capaz de hacer brotar la barba a un niño de cuatro años. En resumidas cuentas, a excepción de nuestra frustrada iniciación en la filosofía hippie, entre playas, fiestas y paseos en elefante, la estancia en Ko Chang fue fantástica. Lo pasamos genial o, como diría un académico, chupichachi.           

Nuestro regreso a Bangkok estuvo marcado por una sorpresa inesperada. En el hotel esperaba con las asas abiertas mi añorada mochila. Parece ser que los de la compañía aérea la habían enviado a la única dirección que les constaba. Debo decir que a pesar de la alegría, después de aprender a viajar sin equipaje y con las manos en los bolsillos, también pensé que ahora me veía forzado a cargar durante el resto del viaje con veinte kilos a la espalda No dije nada porque después de todo el periplo todavía esta algo sensible y se pone tontorrona.
           
Quien viaja a Paris visita la torre Eiffel y visita la Gran Muralla quien viaja a Cisjordania. Del mismo modo, el turista en Bangkok suele desplazarse al barrio de Pat Pong. Al igual que el Barrio Rojo de Amsterdam, en Pat Pong la industria del sexo se ha convertido en atracción turística. Son calles llenas de "locales de espectáculos" en que muchachas, como Buda las trajo al mundo, demuestran una habilidades circenses con aquella parte del cuerpo en que acaban las piernas, y con los pies no hacen nada. Así, tan sorprendente es verlas apagando velas, lanzando dardos o arrojando pelotas de ping-pong al público, como ver entre éste matrimonios de alemanes o franceses aplaudiendo divertidos cada número como si estuviesen presenciando el show de la foca Piluca. En general, se percibe que aunque alguna haya de natural fogoso y casquivana como La Muelles -moza esta de mi pueblo que tal apelativo recibe por su afición a los colchones de aquella clase-, en su mayor parte se encuentran explotadas por el negocio, lo que hace que en conjunto sea algo desagradable y sórdido.
           
Tuve yo en Bangkok una experiencia casi mística. Probablemente quien lea esto acuda frecuentemente a peluquerías de reconocido prestigio internacional. Sin embargo, yo voy siempre a mi viejo peluquero de barrio, que te corta el pelo y listo. En Bangkok me lavaron previamente tres veces la cabeza con masaje capilar de al menos media hora. Me cortaron el pelo a tijera. Más lavado, más masaje. Me cortaron el pelo a navaja. Más lavado, más masaje, un poquito de gomina y me dejaron bien guapetón. Y todo ello por un euro y cuarenta céntimos al cambio. No sé si tanto lavado encierra algún tipo de indirecta, pero me quedé estupendamente. Echas de menos, eso sí, el análisis de la jornada de Liga y alguna crítica al Gobierno.
           
Apenas unas horas después, un taxi nos dejaba en el aeropuerto internacional de Bangkok, rumbo a nuestro próximo destino.
© Yo,Luiso, 2008
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