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El Mundo Dado La Vuelta VII: Sydney, Cairns & Cape Tribulation

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Datos del viaje

Reporte.13             
Aterrizamos en Sydney con cara de sospechosos. A Isra, después de ponerle mil pegas con el pasaporte, le registraron todo el equipaje, mochila grande, auxiliar y bolsa de mano. Y cada vez que el huraño policía señalaba algo para que lo abriera, respondía Isra en castellano con un "joder, ¿esto también?". La situación dejo de divertirme cuando, tras sembrar la zona con las piezas del ajedrez y los calzoncillos de Isra, me miró y dijo "ahora vamos contigo".
           
Contra todo pronostico, resultó que al final no traficábamos con drogas ni sustancias explosivas, pero entre ponte bien y estate quieta no llegamos al barrio de Kings Cross hasta la hora de las brujas, aunque no sea esta la mejor expresión para definir la muchachada que aquellos andurriales frecuentaba. Decenas de adolescentes lucían palmito en minúsculas faldas zanqueando sobre tacones de vértigo. Y de entre todas ellas, había sido la señorita Marie Brizard la que había causado estragos entre la población activa. ¡Que borrachera colectiva! Los músicos callejeros competían con los gritos, risas y cantos regionales de medio globo mientras, cargados con nuestras mochilas, tratábamos de encontrar alojamiento sorteando vomitonas y figurantes del video de Thriller.
           
A la segunda fue esta vez la vencida y, pagando por adelantado, nos dieron hospedaje en un dorm, que no sabíamos lo que era hasta que al abrir la puerta de la habitación nos encontramos con una especie de trinchera prusa con ocho literas y un aroma que hubiera espantado a Isabel de Castilla. Apartando calcetines, botes de desodorante y camisetas de Armani impregnadas de cerveza descubrimos una desgastada moqueta sobre la que depositar los equipajes y nos decidimos a pasar el menor tiempo posible en aquella cochiquera. Dos pintas más tarde, sin embargo, el portero de un garito nos anunció amablemente que era la hora del cierre mientras blandía una escoba ante la concurrencia y un enorme oso de peluche ahorcado en el ascensor nos acompañó de regreso hasta la tercera planta, donde apenas dormimos unas horas a causa del ebrio proceder de los hijos de la Gran Bretaña.  
           
Poco importa que el euro cotice al doble que el dólar australiano si los precios son cinco veces más altos. Con lo que cuesta aquí una habitación doble, en China compras el hotel. Por eso, los mochileros se ven obligados en Australia a compartir habitaciones de hasta dieciséis camas. Decididamente, vamos a conocer gente en Australia.
           
Después de la anárquica China, sorprende la cantidad de normas que esta gente tiene para todo. No se puede fumar en ningún sitio, y en la calle solo a tres metros de algunos locales. Si se quiere comprar cerveza tiene uno que acudir a una licorería y yo les cuento que en donde vengo se expone al lado de la leche y a veces ni siquiera hay leche. Y lo que más me sorprende: ¡el aeropuerto internacional cierra a las once de la noche para no molestar a los vecinos! Bueno, también en España tenemos cada vez más normas, pero es que estos tíos las cumplen.
           
Isra no pudo dormir por la procesión de borrachos que tuvo lugar en el dormitorio, y yo porque constantemente me llegaban del otro lado de la habitación maldiciones en castellano.
           
Pero la luz se hizo y yo me fui a pisar la ciudad e Isra se quedó intentando dormir, si bien cuando había conciliado el sueño subió el personal del hostal para explicarle que el alojamiento se dejaba a las diez y que debía pagar una noche extra. Isra, agradecido por aquel desvelo que había motivado el suyo, les obsequió al parecer con un curso avanzado del improperio español en ejemplos prácticos.
           
Mi paseo se convirtió en una caminata de seis horas por la fascinante Sydney. Hay ciudades que le encandilan a uno simplemente por el ambiente que se respira y sin duda esta es una de ellas. Además es una delicia contemplar los parques, los impresionantes edificios y, por supuesto, el asombroso edificio de la Ópera. En Chinatown, una asociación chino-masona celebraba aún el año nuevo con música y dragones, lo que me resultaba un tanto familiar. La novedad era verlo sin el forro polar.
           
El mini-bus que había de trasladarnos al aeropuerto era conducido por un callado hombre de ojos oscuros, pelo negro y piel morena. Algo nos decía que de Australia no era. Por romper el iceberg, le preguntamos que de donde venía y nos dijo que de Irak y volvió a su mutismo. Como el silencio empezaba a ser incomodo, le pregunté por la situación de su país y comenzó  entonces a hablar atropelladamente gesticulando tanto con las manos que pensé que la furgoneta acabaría en un '7-Eleven' entre una retahíla de 'fuckin' americanos' y 'fuckin' petróleo'. Realmente había en las lastimeras palabras de aquel hombre un tono de desesperación y de profunda tristeza, así que, cuando nos preguntó nuestro nombre, Israel y yo nos miramos y dijimos que Luís y Pedro. Tampoco era cuestión de mentar la soga en casa del ahorcado.
           
Despegamos y dejamos atrás Sydney sabiendo que, tras un periplo por la costa, volveríamos para intentar exprimir en lo posible aquella ciudad con una Ópera formada por gajos de naranja.   

Reporte.14             
Con el avión bailando la yenka, aterrizamos en Cairns bajo una fuerte tormenta que nos acompañó todo el trayecto en taxi hasta el hostal que nos habían recomendado. Pagamos al conductor y corrimos a la recepción intentando resguardarnos, pero a la vista del resultado nos podíamos perfectamente haber tirado de cabeza a la piscina. El sitio era estupendo y estaba lleno de gente seca, pero tenía el defectillo de estar completo. Chapoteando, volvimos a la noche con intención de buscar un alojamiento. No se si he dicho que llovía mucho.
           
Nos iban ya a crecer aletas dorsales y branquias cuando por fin encontramos un humilde hostal donde depositar el equipaje que llevábamos en nuestra agua. El lugar no era malo y en el patio había un pequeño chiringuito donde se entretenían los clientes esquivando las gotas que atravesaban el tejadillo buscando un chapuzón en la cerveza. Había bastante gente, que tampoco se mojó para darnos un baño de masas y, por no ser aguafiestas, fuimos nosotros los que nos presentamos. Les dijimos que éramos españoles y decidieron que no, que eso no podía ser y que seríamos italianos porque nunca habían visto un español en Australia. Unas pintas más tarde y con la confianza de la zona de fumadores, nos preguntaron que porqué los españoles no viajamos, que no nos ven por el mundo. Ofendido, le respondí que no era verdad y que si quería vernos contratara un tour-operador a Cancún o Varadero.
           
Sin embargo, es cierto que el mundo esta lleno de ingleses, alemanes, irlandeses, americanos y un largo etcétera que desde los diecisiete años viajan durante muchos meses de manera independiente. Nosotros sólo tenemos veintidós días de vacaciones al año, y eso el que los tiene. Y es que vamos al colegio, al instituto y, cuando los jóvenes de medio planeta aprovechan para viajar y conocer otras culturas, nosotros entramos a carreras en la universidad y salimos pensando que si no conseguimos un buen trabajo al día siguiente no lo haremos nunca. Y como después alguien nos convence de que sin una casa y un buen coche no se puede ser feliz, de ahí a atarse a una hipoteca para el resto de la vida no hay más que un paso. Quizás sea una cuestión de mentalidad, pero creo que algún error estaremos cometiendo por que, aunque desde España no se vea, una generación que a los treinta vive aún con sus padres es el hazmerreír de Europa.            

Despertamos con ganas de playa, pero seguía lloviendo tanto que vi parejas de animales en dirección al puerto. Nos consoló saber que en Cairns está prohibido el baño por los tiburones y por unas medusas como bolsas de Carrefour que son, al parecer, mortales. “Se lo llevo la urticaria”, glorioso epitafio.            

Decidimos pues buscar transporte a algún lugar de clima más benévolo y fauna más sociable. Y como habíamos perdido el autobús diario que salía hacia el norte, no nos quedó más remedio que, en contra de nuestra costumbre, entrar en una agencia turística. Nos recibió un bonachón lugareño de canosa barba y generosa panza que respondía al nombre de Santa por su gran semejanza a Santa Claus, que ciertamente parecía que tuviera la trastienda atestada de renos. Mientras apuraba el contenido de su taza, le deletreamos nuestros nombres para tramitar los pasajes. Al principio intentó contener la risa pero repentinamente soltó una enorme carcajada. "Perdonad que me ría", decía desternillándose y mirándonos como si no hubiéramos cogido un chiste. "¡Israel!, ¡Como el país!". Bueno, quizás Israel sea un nombre poco común en Australia, pero tampoco será para tanto si te haces llamar 'Santa Claus'. En fin, salimos de allí con los billetes en la mano y le dejamos limpiándose el lagrimal y murmurando que sus amigos no le iban a creer cuando lo contara. Desde luego, o aquel hombre no estaba bien de la cabeza o algo le habían echado los duendes en la taza.            

Partimos hacia el norte y, por el camino, como si de una excursión de los Padres Agustinos se tratara, nos hacían bajar para mostrarnos las atracciones de la zona. Vimos un bosque y paseamos por unos manglares, todo ello de gran belleza.               

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