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Datos del viaje

El viaje de ida
Voy a comenzar el relato contando la odisea de mi viaje de ida a Morro de São Paulo. Me encontraba en la ciudad de Arraial D"Ajuda, a solo unos kilómetros de Morro, quizás por eso minimicé el tema del traslado y decidí resolverlo una vez que estuviera en Brasil (en lugar de planearlo de antemano).
El primer problema con el que me encontré es que solo una compañía de ómnibus me llevaba desde Porto Seguro (ciudad lindera con Arraial D"Ajuda) hasta Valença (ciudad continental y cercana a Morro, que es una isla). Esta única empresa tiene un único tipo de servicio, que no tiene ni aire acondicionado ni baño, y lo que es mucho peor, es el ómnibus que en Argentina llamamos "lechero", es decir que realiza interminables paradas.
Al descartar esta posibilidad pregunté el costo de un vuelo, las opciones eran ir a Salvador de Bahía o en avioneta directo a Morro, ambas opciones absolutamente fuera de mi presupuesto.
Consideré alquilar un auto y entregarlo en la ciudad de Valença, pero no encontré ninguna empresa que lo permitiera.
La última opción que consideré fue ir en taxi, pero el costo era altísimo también, casi lo mismo que ir en avión.
Cansado de perder mi preciado tiempo de vacaciones averiguando precios decidí viajar en el dichoso micro.
Aquel interminable día comenzó en Arraial D’Ajuda, luego de desayunar muy temprano vino la persona que me alquiló un auto para llevarme hasta la terminal de ómnibus de Porto Seguro. Para llegar a destino anduvimos unos 15/20 minutos por Arraial hasta llegar al punto donde se toma una barcaza para cruzar a Porto Seguro, allí anduvimos otros 15 minutos hasta llegar a la terminal.
El ómnibus no era ningún lujo pero al menos era digno, lo que hizo que renueve mis esperanzas respecto al viaje que me esperaba, las cuales fueron aniquiladas rápidamente cuando comenzamos el viaje.
Aunque parezca increíble, el ómnibus salió de la terminal y 200 metros más adelante ya hizo la primera parada para recoger a alguien y esto se repitió en forma interminable ¡durante todo el viaje! No andábamos más de 15 o 20 minutos que ya paraba para levantar pasajeros. Un viaje de este tipo (alrededor de 400 km) en Argentina no demanda más de 5 horas de ómnibus pero con el servicio de ómnibus de Brasil me llevó ¡9 horas!
Después de esta experiencia y del viaje que realicé también en ómnibus a Angra dos Reis, llegué a la conclusión de que el servicio de ómnibus en Brasil es muy inferior al que se presta en Argentina (por ser generoso digo muy inferior), en parte por el segmento al que está dirigido el servicio. En Argentina la gente de clase media viaja en ómnibus y por eso requiere un servicio más o menos decente. En Brasil la clase media viaja en auto o avión, y por eso la falta de interés de las empresas.
Ya resignado a la tortura de aquel viaje, no había tomado conciencia que lo vivido no era nada al lado de lo que todavía me esperaba.
Había leído antes de viajar que las últimas lanchas que salen de Valença hacia Morro de São Paulo lo hacen a las 17.00 y esta hora se acercaba pero no había miras de llegar a destino. Ya desesperado fui a hablar con el chofer y me dijo que tendríamos que haber llegado 16.15 a Valença y que estimaba que a las 17.00 llegaríamos. Efectivamente eso fue lo que pasó. Bajé del micro, con un taxi corrí al puerto y apenas bajado del taxi se acerca alguien para ofrecer un viaje en una lancha rápida, oferta que por supuesto acepté de inmediato.
Ya sobre la lancha empecé a relajarme, pensando que todo había pasado, me perdía en ese pensamiento cuando empezaron a caer las primeras gotas… que luego se tornaron una fuerte lluvia. Por suerte no nos mojamos, pero empezó a preocuparme lo que pasaría cuando llegáramos a destino.
En la lancha íbamos unas 7 personas. Había una pareja que parecía no hablar una palabra de portugués y a duras penas se daban a entender con el conductor. Pensé: “Estos gringos están jodidos. Por lo menos mi esposa y yo hablamos portugués”.
Cuando estábamos acercándonos a Morro, el conductor de la lancha me preguntó en que playa estaba nuestro hotel y le contesté que en la cuarta playa. El tipo (un chanta que merecía ser argentino por lo mentiroso) me ofreció llevarnos a la cuarta playa por unos pocos reales más. Acepté sin dudarlo, tras aquella larga jornada.
Después de dejar a toda la gente en el centro de Morro emprendimos viaje hacia la cuarta playa. Ya en ese momento llovía muy fuerte y el mar estaba bravo. Anduvimos un rato y ahí el tipo dijo que no iba a poder llevarnos a la cuarta playa porque el mar estaba con mucha marea y que no iba a poder acercar la lancha a la playa (pensé: “Mmmmm, más problemas se acercan”). Igualmente se ofreció a llevarnos a la tercera playa y dijo que desde allí nos iba a pasar a buscar “el tractor” (después voy a explicar en detalle lo de este medio de transporte).
Sin otra opción nos dirigimos a la tercera playa, llegamos y para mi sorpresa no había ni un mísero muelle, conclusión: tuvimos que descalzarnos, bajar de la lancha al agua y cubrirnos con las valijas de la otra agua, la que venía de arriba.
El lugar donde había parado el tipo era una posada, allí nos recibieron muy bien. Muy grande fue mi sorpresa cuando el gerente de la posada dijo que el tractor ya no iba más a la tercera playa, porque estaba prohibido.
El tipo de la lancha, al mejor estilo “político argento” se quería ir cuanto antes del lugar y de hecho lo hizo endilgándole el problema al recepcionista del hotel, que fue muy amable con nosotros.
La propuesta fue llamar a un taxi e ir a la segunda playa para agarrar el tractor allí. Mi sorpresa fue grande cuando ví que el taxi eran dos tipo con dos carretillas que decían “TAXI”. Así es, en la isla los taxis son carretillas, no hay autos y el único medio de locomoción son unos tractores que arrastran una especie de “trencito de la alegría” y que tienen horarios predefinidos.
Después de caminar por la tercera playa hacia la segunda, debajo de la lluvia y con los dos amigos taxistas, llegamos al ansiado tractor.
No se pueden imaginar la cara que puse cuando ví adentro del mismo tractor a la pareja de “gringos” que habían estado en la lancha con nosotros, totalmente secos y felices y nosotros absolutamente empapados y descalzos. Finalmente esta pareja era un francés y una italiana y se alojaban en el mismo hotel que nosotros.
Aquel día fue uno de los más largos y accidentados de toda mi vida, fue realmente una experiencia digna de una película de Woody Allen, con viaje en auto, barcaza, ómnibus, lancha, “taxi” y tractor. Al menos llegar al hotel y ser recibidos con un té con masas en la habitación y combinado con un hidromasaje, fue lo más parecido a haber llegado al paraíso.

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