La vida pendiente de un hilo - Marruecos - Viamedius - Una comunidad para viajeros como tú.

La vida pendiente de un hilo

[Suleiman]

Suleiman

[*] Viajero ocasional

  • Aportaciones: 2
  • En viamedius desde: 17/07/2007
  • Último login: 06/11/2007
  • Ha escrito sobre 1 pais(es)
  • más sobre Suleiman

Resultado sobre 1 votación: [1][2][3][4][5]


Datos del viaje

Habíamos atravesado una de las principales cadenas del Atlas marroquí por el Tizi n’Tidat. Veníamos del Dadès y queríamos bajar al desfiladero del río Melloul para explorar los antiguos graneros de Ighrem n’Ouchtine. Como estos silos están colgados en la pared del barranco, llevábamos una cuerda con la que ayudarnos en caso de necesidad.
Nos habían asegurado que un sendero descendía al cauce del río a través de uno de sus confluentes, pero no sabíamos con certeza por cual de ellos discurría, pues no figuraba en el mapa. De todos modos, observé, lo importante era bajar, por el confluente del que nos habían hablado o por cualquier otro. Hamed, mi compañero, estuvo de acuerdo y nos lanzamos por la torrentera que mejor nos pareció.
No habíamos avanzado ni media hora cuando surgió delante de nosotros una catarata seca. Resultaba claro que aquel confluente no era el más adecuado, pero como tampoco sabíamos cual sería el correcto, decidimos continuar adelante. Improvisamos un arnés mediante una baga ceñida a la cintura y a las ingles, luego pasamos la cuerda por detrás de un árbol y montamos un rappel. Por fortuna, llevábamos también un “ocho” y un par de mosquetones.
La situación se repitió tres o cuatro veces y en cada catarata procedimos de la misma forma, pues en aquella zona no faltan los árboles de los que descolgarse. Nuestro confluente se había transformado en un auténtico cañón que habría hecho las delicias de los aficionados al barranquismo. Ni Hamed ni yo lo éramos realmente, aunque habíamos practicado aquel deporte en un par de ocasiones.
Así llegamos al borde de un precipicio cuyo fondo no alcanzábamos a distinguir debido a la curvatura de la roca. Para medir el desnivel, atamos un macuto a un extremo de la cuerda puesta en doble y lo dejamos caer, comprobando con espanto que no llegaba al suelo: nuestra cuerda era insuficiente para el rappel. Tampoco podíamos volver atrás, pues no había modo alguno de escalar las cataratas por las que habíamos descendido. Estábamos atrapados en una ratonera. De haber sabido con certeza que aquel precipicio era el último, habríamos atado la cuerda por un solo extremo, abandonándola tras el descenso. Pero no podíamos correr tal riesgo sin saber lo que nos esperaba más allá.
Optamos, pues, por la única solución que nos quedaba: alargar la cuerda añadiéndole un pedazo de baga, mientras el resto de la misma nos bastaba para el improvisado arnés. Unimos ambas mediante un nudo muy seguro y, después de comprobar con un macuto que ahora sí llegaban al suelo, me lancé yo el primero. El rappel me pareció emocionante, pues el punto de partida era un saliente de la roca y enseguida la pared quedaba a varios metros de distancia. Pero la emoción dejó paso a la angustia al llegar al nudo que unía la cuerda con la baga. Con la tensión provocada por mi peso, el nudo se negaba a pasar por el “ocho”.
Yo había imaginado que podría llevar a cabo esta difícil operación apoyado en alguna repisa, pero la realidad era muy distinta. Estaba colgado en el vacío, sin que mis brazos ni mis piernas pudiesen alcanzar la piedra. Para colmo, la inercia me hacía dar vueltas sin parar sobre mí mismo. Pronto empezaría a marearme. Era una situación desesperada. El suelo quedaba tal vez a 4 o 5 metros bajo mis pies. Si hubiese sido una charca o incluso un lecho de arena, no habría dudado en soltar el mosquetón y lanzarme al vacío, pero lo que había debajo mío eran rocas escarpadas que me amenazaban como cuchillas. Saltar sobre ellas era casi un suicidio. Si no me mataba, por lo menos me rompería dos o tres costillas, y encima Hamed no podría rescatarme, pues tampoco él conseguiría bajar en condiciones. Ahora mismo me estaba llamando a voces desde arriba por mi tardanza, y yo ni siquiera sabía qué responderle, me limitaba a gritarle “espera, espera”. Y me preguntaba a mí mismo qué era lo que debía esperar: ¿un milagro?
Un verdadero milagro fue que, a pesar del mareo y de la desesperación, consiguiera sobreponerme para decidir lo que tenía que hacer: agarrar con todas mis fuerzas la doble cuerda por el punto más elevado que alcanzaba mi brazo izquierdo, hasta que el peso de mi cuerpo dejó de tensar el nudo. Sólo entonces pude pasarlo, no sin gran dificultad, por dentro del “ocho” con la mano que me quedaba libre, todo ello sin dejar de dar vueltas en el vacío.
Una vez superado el nudo, terminé sin mayores problemas el rappel. Todavía le quedaba a Hamed repetir la hazaña, pero ahora contábamos con la ventaja de que yo podría dirigir desde abajo la operación.

Vota este relato:

¿Has estado en este lugar y quieres publicar un relato?