Viajero ocasional
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El macizo montañoso del Rif es una de las zonas más pintorescas de Marruecos, pero también una de las menos visitadas por los extranjeros a causa de su leyenda negra en torno al tráfico de hachís.
A principios de 1990 me decidí por primera vez a penetrar en la región de Ketama, la más peligrosa de Marruecos según la leyenda negra del Rif. Íbamos una decena de amigos en dos coches, de modo que nos sentíamos muy seguros y nos permitimos parar en diferentes puntos del camino a hacernos fotos junto a los indicadores kilométricos, cubriéndonos la cabeza con un gorro de “rastas” para mayor guasa.
Nos detuvimos también largo rato en un hermoso bosque de cedros, llegando al puerto de Besen, a mil seiscientos metros de altitud. Todo el paisaje resultaba muy pintoresco, propio de alta montaña. Nadie hubiera dicho que nos hallábamos a cincuenta kilómetros escasos de la costa mediterránea.
A la entrada de Ketama empezaron a seguirnos otros dos coches. El centro de la población era tan poca cosa que nos lo pasamos de largo. Al percatarnos de ello dimos media vuelta y la imagen de los cuatro vehículos girando a la vez en la estrecha carretera tuvo algo de emocionante. Sin embargo, el incidente no fue más allá. Cuando nos apeamos a tomar un té en un cafetín, se nos acercaron algunos individuos a ofrecer “chocolate”, de la misma forma que en el resto de Marruecos acostumbraban a ofrecer alfombras o joyas beréberes a los turistas. Rechazamos con amabilidad sus proposiciones y continuamos la ruta hacia Alhucemas.
Persecución de película
Enardecido por este primer éxito, al cabo de un mes volví a penetrar en la zona, esta vez acompañado sólo de mi mujer. Viajábamos en una Ford Transit acristalada y el objetivo era descubrir un nuevo itinerario, el que unía Ketama con Fez a través de la parte más elevada del Rif.
Como en el caso anterior, al pasar por la población se nos pegaron dos coches con un par de ocupantes en cada uno. Yendo solos, preferí no detenerme y seguí adelante por esa carretera que desconocía. Pero lo que no me hizo ninguna gracia fue observar a cierta distancia que delante de nosotros un tercer vehículo se paraba justo en medio de un estrecho puente, obstruyendo el paso. Se trataba de un Mercedes con mejor aspecto que los otros dos, visiblemente antiguos.
Se me presentaban dos opciones: frenar y ver qué pasaba o acelerar a fondo y encomendarnos al Cielo; pero no disponía de tiempo para reflexionar sobre cuál era la mejor, ni para consultarlo con mi esposa. Elegí la segunda de un modo instintivo, a la vez que hacía sonar el claxon con insistencia. Por fortuna, el chofer del Mercedes comprendió cual era mi decisión y, justo antes de recibir el batacazo, se apartó del puente, dejando el paso libre.
Lo adelanté y emprendí entonces una desenfrenada carrera, pisando a fondo el acelerador, sin preocuparme de las frecuentes curvas ni de los espeluznantes precipicios que nos rodeaban. Pronto mi flamante furgoneta dejó atrás a los viejos cacharros de los dos primeros perseguidores. Sólo el Mercedes continuaba pegado a nosotros, pero en él no había más ocupantes que el propio conductor. Entonces reduje un poco la velocidad y le mostré por la ventanilla una enorme llave inglesa, con la que estaba dispuesto a defenderme si no me dejaba en paz.
El tipo comprendió también este segundo mensaje y no insistió, de modo que pudimos completar a un ritmo normal aquella maravillosa ruta de alta montaña. Tan pronto nos sorprendía el verdor de los prados como el carácter agreste de las peñas calcáreas o la belleza de las aldeas colgadas en las laderas del monte.
Reflexiones posteriores