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Fundador - Viajero habitual
Agradeciéndole en mayúsculas el favor prestado, me deja en pleno centro de la pequeña y nueva ciudad, donde encontrar reposo. Preguntando en uno y otro alojamiento, parece que todo está lleno. Prosigo la búsqueda por demás sitios recomendados, pero parece que no hay suerte. En uno de los establecimientos no hay absolutamente nadie, en recepción. Espero hasta 20 minutos sin que ningún rostro se asome. No puedo entender como no ponen a nadie en la pequeña entrada, pues existe el peligro que les roben el televisor, la radio o la comida que tienen en la nevera. Salgo a la calle, entro y salgo de nuevo, pero nada. Diez minutos más de espera hace que me enfade un poco ante el inexistente servicio que deberían estar obligados a dar. Decido continuar la búsqueda, habiendo tomado prestado de la amarillenta nevera anterior un bote de refresco que me apropio justificadamente por el tiempo perdido.
No puedo creer la mala suerte que tengo para encontrar un simple sitio en el que instalarme. En otra de las casas, un cartel escrito a mano, anuncia la palabra habitaciones. Nada más entrar observo que tampoco hay nadie. Esto no puede ser, parece una situación de lo más irreal. De una cosa estoy seguro - muchos robos no debe haber por aquí - pues resultaría de lo más fácil. De aquí no pienso moverme hasta que aparezca alguien. Con algún que otro “Hello” en un tono más bien fuerte, hago percibir mi presencia a un señor que me ayuda a buscar al encargado de un bar cercano. Con la mochila a rastras entro en el bar-restaurante situado a la vuelta de la esquina, en el que parece celebrarse un aniversario familiar. Nadie por la calle y este bar repleto. Doy con el encargado a la espera de una respuesta, que no me sabe dar. ¡Ya no sé que hacer! Permanezco más enfadado a cada minuto que pasa. Llevo más de dos horas caminando sin parar. Por fin sale del establecimiento una chica que me hace acompañarla en moto a otro local. Hay algo en ella que me resulta extraño de un principio. En cuanto se desprende del casco compruebo que es un transexual. Saluda una y otra vez a cada persona que pasa junto a nosotros. Por aquí, la gente no les mira con caras raras, tal y como harían en Europa. Eso significa que el tema está más que regulado cuando disponen de trabajos relacionados incluso con la hotelería, como es el caso.
De forma cordial, me acompaña a otra pensión cercana para ver si es de mi agrado. Sin hacerle perder tiempo, hago que retorne al restaurante donde trabaja, indicándole que pienso alojarme aquí, sea como sea la habitación. Me abre una anciana para mostrarme el cuarto. Es perfecto para lo que busco. La habitación es tan pequeña que se podría decir que solo es apta para gente que mida menos de 1,85 cm. Las dimensiones de la puerta de entrada parece la de un cuarto de muñecas. Nada más entrar, me tumbo con lo puesto, para dormir tapado por varias mantas en una nueva noche algo gélida.
Recién levantado y con cuidado de no golpearme la cabeza con el bajo techo del cuarto, salgo al exterior de la pensión para desayunar en una pequeña mesa con varios trabajadores que beben unos enormes cafés para despejar sus caras todavía medio somnolientas. La densa y temprana niebla se dispersa con los primeros rayos de luz, haciendo resurgir uno de los chedis dorados del templo de Jong Klang, el más antiguo de la ciudad y de estilo birmano, situado frente al pequeño lago de mismo nombre.