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Fundador - Viajero habitual
Los nuevos caminos embarrados, son de los malos que uno se pueda imaginar. Dos horas han sido las necesarias para cubrir el corto trayecto de tan solo 40 Km. hasta Soppong. Todos los ocupantes del autobús parecen extrañarse al ver que soy la única persona que desciende. En el fondo, este hecho me alegra al ser un claro indicio de que no habrá mucho turismo. Es precisamente lo que quiero encontrar. ¿Habré hecho lo acertado? Desde luego, si no arriesgo, no gano.
Me encuentro solo en la intransitada carretera. Llego hasta unas pequeñas paradas, del que es en teoría, el mercado central. Soppong son solo de 400 metros de calle a ambos lados de la calzada. No hay nada que hacer y está a punto de anochecer. Me dispongo a buscar una cama como sea, para descansar y prepararme para el día siguiente. Junto al desvío de un tramo de la carretera, rodeado de una frondosa vegetación, encuentro el Jungle Guest House. Hay una sola pareja alojada de entre todas las cabañas que tienen. La propietaria denota una evidente alegría al verme. Me acompaña hasta mi cabaña, situada en lo más alto del terreno y me entrega mantas y una enorme mosquitera. Hace bastante frío y las cabañas construidas con simples palos de bambú, dejan ligeras perforaciones por donde entra la humedad. Ahora entiendo el porqué me dio más de 4 mantas. Solo espero que no llueva, eso sí resultaría ser un problema. Las cabañas, por eso, son de lo más simpáticas y acogedoras, separadas unas de otras, por pocos metros de distancia. Tras dejar los bártulos en mi cobertizo, desciendo las endebles tablillas de madera chirriantes de mi choza para acceder a la entrada de la choza principal, construida íntegramente en madera y con un estilo de lo más exótico. Descanso sobre los asientos que disponen sobre las mismas aguas del río, intentando entender algo, de un libro que me han prestado acerca de las tribus que espero ver mañana. Disponen de un enorme mapa colgado de la pared, donde fascinado, veo los diferentes grupos tribales que habitan por la zona. Desde una mayoría de Lahus, Lisu y Karen, a los Sham y demás subgrupos. Soppong está habitado en su mayoría por dichas tribus de las montañas y solo por un 20% de gente Thai. Pido una deliciosa ensalada de frutas para retirarme más tarde pensativo al cuarto, en el que solo deseo soñar con la ruta que me aguarda para la mañana.
Despertado por los sonidos de los pájaros, me levanto plácidamente, recompuesto y con gran energía. Una ligera niebla matinal, antes de la salida del sol, me avisa el comienzo del nuevo día. El entorno es espléndido, todo lo que veo desde la altura de mi cabaña es de un intenso y radiante verdor acompañado del agua que desciende por el río. Desayuno antes de trazarme un itinerario aproximado, que no sé si podré realizarlo por completo, pues los caminos son bastante complicados para hacerlo en bicicleta. Acabo alquilando una motocicleta por los difíciles accesos y para poder ver lo máximo posible.
Inicio la etapa dirigiéndome hasta Ban Cha Bo, una pequeña aldea desde donde se asoman las primeras vistas vertiginosas del entorno rodeado por unas cuantas casas de madera. No hay nadie por los alrededores para preguntar si voy en la correcta dirección. Encuentro a una señora Lahu, de oscuro traje tradicional. No le entiendo nada, pero con la sonrisa que pone ya me vale. Le fotografío antes de que se meta de forma tímida en su hogar. La casa está literalmente pegada a un acantilado. Con un fuerte soplido de viento irían todos valle abajo. ¡Menudo suicidio construir una choza en tan peligrosa ubicación! Continúo hasta el final de la aldea, donde encuentro a unos escolares jugando en un patio de arena, con una sencilla red de voleibol. Los pequeños, al verme, corren rápido hacia mí. Fotografías y masajes por doquier a todos. Una risa por aquí, otra risa por allá. Es tal el escándalo sonoro que creamos, que varios maestros salen de la escuela para ver que sucede. La felicidad que veo en un entorno tan aislado y recóndito como este es digna de admirar. Arranco el motor del aparato bajo la gran despedida de todos para continuar hacia Mae Lana, otro pequeño pueblo, aún más perdido, y bajo un valle al que accedo tras descender por cuestas polvorientas, donde la moto parece resistirse a atravesar el camino lleno de piedras. Desciendo el último tramo de la ruta, esquivando ahora, los enormes hoyos de la calzada, que me hacen estar atento en todo momento, al escaso metro de distancia que me separa del vacío.
Menuda población más tranquila y acogedora. Solo por ver esto, el día ya ha valido la pena. Las casas están engalanadas por flores de intensos colores. A campo abierto, unos agricultores que recogen a mano la cosecha me hacen volver a entender el significado de la palabra tranquilidad. Algunas ancianas trabajan a la sombra de los portones, pelando frutos que introducen en canastillas. La aldea dispone de un precioso templo de tejas verdes y en sus inmediaciones está Tham Mae Lana, una de las más largas cuevas de todo Tailandia, con más de 12 kilómetros de longitud. Al no poder avanzar más, debo retroceder por el mismo recorrido de ida para acudir a nuevas zonas. Vuelta a subir las malditas pendientes y desniveles para acercarme hasta demás poblaciones perdidas de las que no sé siquiera su nombre. Según el pequeño mapa que me tracé son Ban Rai, Ban Nam Bo Sa Pea, Bang Nong Tong, etc. Los caminos, ahora, son más tranquilos poder circular por un terreno llano de color rojizo y algo polvoriento.