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Fundador - Viajero habitual
No hay transportes regulares para salir del pequeño poblado de Skuon, por lo que la única solución es tomar una furgoneta particular. Hacer dedo puede resultar aburrido cuando transitan tan pocos vehículos como los que vi hasta el momento. Y por lo poco que cuesta (2.5 $) tampoco se hace difícil la decisión, más cuando se está ayudando a su propietario a mantenerla al ser su principal medio de vida. Llegamos hasta Kampong Cham a otras 3 horas de distancia. Este pueblo es todavía más pequeño que Skuon. Cuenta con una población de unas 60.000 personas que parecen haberse puesto de acuerdo para esconderse al mismo tiempo. No hay casi nada aparte de los cuatro pequeños puestos callejeros junto a la carretera y el gran hotel restaurante donde nos alojamos por sólo 2 $, de una calidad más que óptima para lo que buscamos. Por aquí el aburrimiento puede ser máximo si lo que quieres es dar una vuelta por el exterior.
Cenamos en el restaurante del hotel, en el que realizan un espectáculo de karaoke y varias actuaciones musicales a cargo de una pareja de lo más engalanada en un estilo a lo baile de salón. Hay varios grupos de jóvenes amigos en las redondas mesas del local. La forma en que te sirven es muy correcta, están atentos hasta cuando te falta el pan. A la salida, uno de los empleados del hotel comenta si queremos pasar la noche con unas señoritas por 10 dólares. Sólo nos informa por si requiriésemos de sus servicios para que él nos pusiera en contacto con ellas y cobrar su pertinente comisión. Nos comenta que en Camboya todo aquel joven que desee sexo ha de pagar a una chica. En España es diferente, le decimos, y hace como que no se lo puede creer. Lo ve algo imposible por aquí.
Para ir dirección Siem Reap, nuestro próximo destino, cogemos un truck, que forma parte de los transportes que habitualmente cogen los camboyanos para distancias más bien largas. Son los transportes más económicos y locales del país. Opto por tomarlo para saber lo duro que se hace una cosa tan sencilla como el viajar a otro punto del país de la forma más autóctona posible. El precio es muchísimo más barato que los autobuses debido a que en la parte posterior del furgón, de unos 4m2, viajamos un total de 30 personas junto a gallinas e incluso una motocicleta. La sensación es realmente dura e incómoda. No hay forma de poder mover las piernas un solo centímetro. No me puedo imaginar a esta pobre gente viajando siempre de está forma tan dura. Incluso los pequeños parecen estar ya acostumbrados a ello. La brisa del aire amortigua un poco la sensación de estar aprisionado. Hago ceder la plaza de la cabina en el interior del vehículo a una señora que está dando de amamantar a su pequeña. Los precios por viajar en el interior de la cabina con una capacidad para 5 personas son el doble que las plazas al exterior. Hay algún momento en el que paso algún apuro ya que me encuentro en la parte posterior del canto del furgón. Un pequeño bache o giro hace que extraiga medio cuerpo del exterior del vehículo, causándome algún susto al pensar en lo fácil que puede ser caerse a la calzada donde sufrir alguna rotura o simplemente el no poder contarlo.
La última parte del camino la realizo en otra furgoneta en la que viajan dos monjes budistas que me preguntan interesados acerca de mi cultura. Sufrimos un pinchazo en medio de la calzada junto a las cuatro casas de un poblado. Mientras esperamos los recambios de la rueda, aprovecho para estirar algo las piernas. El terreno es de lo más árido. De una de las casas sale un padre de familia junto a sus dos hijos y su pequeña, a la que lleva en brazos. La pobre cría no para de toser, con muy mala pinta. Está realmente enferma. Me siento realmente mal al pensar que están aislados sin poder optar a cualquier tipo de medicinas. Su cara de dolor lo dice todo, mientras su padre tiene las fuerzas necesarias para incluso sonreírme. Me acerco a ella para darle cariño y probarle un masaje en la cabeza de forma suave sin conseguirle sacar esa sonrisa normal a la que me tienen tan acostumbrado por este país. Les imprimo una fotografía que es todo lo que puedo hacer en estos momentos. Tengo una bolsa con algo de comida ya empezada que les doy a sus hermanos. Tras arreglar la rueda iniciamos el camino. Espero de corazón que esa familia y, sobre todo, la pequeña puedan salir adelante. Al subirme en el vehículo me llena de satisfacción ser bendecido por los monjes que me agarran la mano en señal de agradecimiento al haberme visto preocupado por esa familia. Se asoma una pequeña lágrima en mi rostro mientras me dicen en un vago inglés algo así como que soy una buena persona. Les respondo que cada día aprendo a serlo más y más, y que debo estar agradecido a la gente humilde de su país que son los que de una forma involuntaria me lo van enseñando poco a poco cuando te sonríen, te ofrecen y comparten lo poco que tienen que ya es mucho.