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Fundador - Viajero habitual
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© Crónica de Marián Ocaña
-Será un momento, tu vigila que no haya ni un alma. -Me dice Vicente.
-Adelante, no mira nadie. -Le contesto, mientras miro en todas direcciones. Vicente coge el papel que tenía en la carpeta y lo introduce en un buzón que está en medio de la aduana china de Taxkorgán.
-Pues ya está, ahora que hagan lo que quieran. La verdad es que no creo que valga para nada pero me quedo más tranquilo así. -Nos vamos alejando del buzón mientras Vicente sigue hablándome. -Me pone enfermo todo el tema de corrupciones y de abuso de poder. Me da lo mismo que sea Europa, América o un rincón perdido de Asia. -Concluye. La verdad es que a mí también me saca de mis casillas todo este asunto de corrupción institucional pero Vicente, al dominar mejor los idiomas, es el que trata casi siempre con los aduaneros, es al que le tocan esos "marrones" del viaje, soporta una tensión tremenda en cada control de policía o paso de frontera centroasiática. Todo ello le hace especialmente sensible con ese tema.
-Así podremos comprobar si los chinos tienen ahí ese buzón "de adorno" y tan solo para presumir de su lucha contra la corrupción o si realmente lo tienen en cuenta y contestan a las quejas que puedan formular los viajeros. - Le contesto.
Nos hemos vuelto a sentar en la sala de espera y miramos el flamante buzón que pone en inglés: "Buzón para quejas de los viajeros que transiten por esta aduana y que consideren que el trato de los funcionarios no ha sido correcto o se ha detectado algún tipo de irregularidad". Había un buzón igual en la aduana de entrada desde Kirguistán pero no nos atrevimos a formular la denuncia del jefe de aduanas, placa B65 3356, por si al final la liábamos y el susodicho personaje nos traía complicaciones. Ahora era distinto, nos vamos, y en ese papel dejamos todos nuestros datos y el incidente que tuvimos con él. No obstante, después de la escena con el otro jefe de aduanas tampoco nos fiamos ni un pelo de lo que pueda pasar cuando lo lean, por eso lo introducimos a escondidas. Cuando abran el buzón ya estaremos lejos y si el buzón es "real" nos contestarán, hemos dejado todos los datos, incluido el e-mail. Preferimos una respuesta "por correo" a una en "persona" por los motivos expuestos. Uno a uno hemos reflejado todos los conceptos de los que le acusamos: corrupción, abuso de poder, chantaje y robo. Ahí va eso. Pero por lo visto ese buzón es solo de adorno porque esta crónica se escribe casi dos meses después del incidente a la entrada de China y nadie ha contestado.
Dunkel regresa de su periplo por los despachos, ha estado un par de horas desfilando por varias ventanillas pero por fin vuelve con nuestros pasaportes y nos despedimos. Aquí acaba su misión, pero su profesionalidad y calidez como persona nos ha permitido una relación más humana que la que en un principio nos imaginábamos por la imposición de su presencia.
A partir de ahora seguimos caminos opuestos, el se vuelve desde Taxkorgán a Kashgar mientras nosotros seguimos rumbo a Pakistán. Los últimos 160 km. por China serán en solitario. Nos insiste reiteradamente en no parar y seguir sin demora hasta el puesto fronterizo. Pero por el camino es fácil salirse de la solitaria carretera para pistear por terrenos que nos acercan a asentamientos tajiks o a manadas de camellos que pastan por el altiplano. Kilómetro a kilómetro nos vamos acercando a la frontera y al paso transitable más elevado del mundo: el Paso de Khunjerab.
La bandera china ondea con energía debido al potente viento que azota el lugar, un frío que congela hasta el pensamiento. Su paso es pura rutina, apenas dura unos segundos, se limitan a comprobar que tenemos todos los sellos de salida puestos en Taxkorgán. La provincia china de Xinjiang comienza a quedar atrás y seguimos avanzando durante tres o cuatro kilómetros. Una barrera nos corta el camino, en medio de ella dos pequeñas banderas de China y Pakistán entrelazadas. Es la frontera pakistaní.
Un militar nos da la bienvenida al país con un fuerte apretón de manos y al vernos tan entumecidos por el frío nos ofrece que compartamos una taza de "milk-tea", el té con leche tan típico de Pakistán. De nuevo en Pakistán, de nuevo los corazones puros y la hospitalidad de este pueblo. Fue en la otra punta del país -en el desierto del Baluchistán- pero así fue también nuestra primera entrada en Pakistán, hace siete años con la Ruta de Alejandro Magno, cuando veníamos preocupados por la mala (e injusta) prensa internacional que lo pone siempre como un país salvaje y ... lo primero que nos encontramos fue un fuerte apretón de manos de los aduaneros, una bandeja de té con pastas y una conversación amistosa sobre cómo llevábamos el viaje (todos los viajeros que nos movemos por estas fronteras terrestres solemos llevar mucho tiempo fuera de casa y ellos lo saben). Pronto comprobamos que no son solo los aduaneros, los militares o los policías se comportan así con los viajeros sino que toda la población transforma en "huésped" a los visitantes extranjeros. Así fue entonces y así sigue siendo ahora. Por eso, cuando pasábamos momentos tensos en Asia Central pensábamos ... Pakistán está al final de esta etapa, ahí nos repondremos.
Y no era solo eso, este paso fue una meta fallida en el otoño del 92, cuando las intensas lluvias desmoronaron la carretera Karakorum y nos dejaron a 100 km. de este lugar (veníamos desde el lado pakistaní). Una espinita se quedó clavada y en esos momentos pensamos: "hemos perdido una ocasión única, es muy difícil volver e este lugar con nuestra propia montura y volver a intentarlo". Recuerdo todavía lo ofuscada que me sentí en mi interior y la cara de decepción y resignación de Vicente. Quién nos iba a decir en aquel momento, que tan solo siete años después, en los albores del tercer milenio de nuestra era, íbamos a tener una segunda oportunidad de llegar a este lugar y ... ¡desde el otro lado! ¡desde China!, un desafío todavía mayor. Nadie sabe realmente lo que le depara el destino.
Hace mucho frío, el "milk tea" en la caseta nos reconforta. Casi no nos lo podemos creer, estamos en el paso de Khunjerab, a 4.732 m. de altura, en el paso fronterizo público más alto del mundo. Ahora sí que podemos cantar victoria por haber logrado la meta más complicada de la primera etapa de la Ruta de los Imperios: ser los primeros españoles que conseguimos ir de Turquía al Himalaya a través del Cáucaso (Georgia-Armenia), Irán, Asia Central (Turkmenistán-Uzbekistán-Kazajastán-Kirguistán) y China. Las banderas de China y Pakistán se hallan sobre la barrera que separa estos dos países ... nuestro Mitsubishi Montero está en China y nosotros ... en Pakistán. Es un momento único y como en todos los lugares más emblemáticos de le Ruta de los Imperios, homenajeamos a nuestra ciudad y desplegamos los colores de Ceuta.
Solo son las doce del día y estamos a 0 grados con un viento que nos congela las manos mientras sacamos la foto. A nuestros alrededor, el coloso más impresionante del mundo: el Himalaya. A nuestros pies, la carretera Karakorum pakistaní, posiblemente la obra de carretera más complicada del mundo. Un hito en el mundo de la ingeniería ... que se llevó cientos de vidas en su realización. Su mantenimiento sigue siendo un desafío para el hombre, que tiene que luchar contra avalanchas, corrimientos de tierra, tormentas de agua que generan cataratas en cuestión de minutos, la nieve y el hielo en invierno, ... Varios regimientos del arma de Ingenieros están acantonados a lo largo de toda esta zona para cuidar su mantenimiento y procurar que siempre esté abierta aunque ... el poder de la naturaleza es mayor al del hombre, como bien pudimos comprobar en el 92. El Himalaya no son "montañas", se trata de una cordillera viviente, un ser vivo que palpita, que se mueve (con el choque de las placas tectónicas), se sacude (con los terremotos), que llora (con sus torrentes estacionarios), que tiene rabietas tirando todo al suelo (avalanchas), ... es como la montaña de roca de "La historia Interminable".
Deslizarse por la sinuosa Karakorum pakistaní es mucho más desafiante y sobrecogedor que la Karakorum china. Todo esta tan próximo, tan cercano ... como si este enorme gigante tratara constantemente de atraparte en su seno. Y serpenteando a sus pies el río Indo, el Hunza, el Gilgit, ... la sangre de este prestigioso y temido coloso de las alturas. Estos cuchillos han conseguido desgarrar las carnes del Himalaya y crear increíbles valles. Esta potente sabia a veces se muestra como una suave y tranquila corriente para acto seguido cambiar su rostro y mostrarnos su cara más violenta y arrasadora, como reflejo de lo que pueden provocar sus vecinas alturas.
En Sost es donde pasamos realmente la aduana. Aunque no nos lleva más tiempo que el de tomarnos otras dos tazas de "milk tea" a las que nos invitaron este nuevo grupo de aduaneros mientras toman nota y sellan el Carnet de Passage del coche. Una rápida mirada al Montero y de nuevo "Welcome to Pakistan".
SHANGRI-LA
El impetuoso tobogán montañoso de la Karakorum nos hace seguir bajando hasta alcanzar el Shangri-La perdido y ahora hallado: el cautivador valle de Hunza. Las historias más antiguas afirman que en este apartado lugar las tropas olvidadas de Alejandro Magno dejaron su huella genética. Cierto o no, es fácil toparse con rasgos mediterráneos y resulta sorprendente cruzarnos por sus calles con miradas claras o como algunas niñas se tapan con sus pañuelos largos mechones de pelo rubio. Y es fácil, muy fácil mezclar la historia con la leyenda es un lugar que durante siglos ha estado aislado de influencias externas. Un valle tan impresionante como acogedor. La naturaleza ha colocado unos majestuosos vigilantes que se erigen entre los picos más elevados del mundo. Las cimas Ultar, la más alta con sus 7.388 m o el gran Rakaposhi con 7.790, llevan contemplando durante milenios el fértil y no siempre apacible valle. Los propios fuertes de Baltit y de Altit son dos de los históricos vigilantes que los hombres, con permiso de la naturaleza, colocaron hace siete siglos para controlar este valle.
El otoño es el momento perfecto para visitar un lugar que aparece como el mismísimo Shangri-La, que tantas líneas y tantas ensoñaciones ha evocado. Los árboles frutales como el albaricoque consiguen un precioso color anaranjado mezclado con amarillos y marrones que se deslizan en cascada por las terrazas del valle. Sobre los techos de las casas las mujeres ponen a secar las hierbas, frutos y verduras que les servirán este invierno para alimentarse. Dicen que las aguas de Hunza, directamente recibida de los picos nevados y muy ricas en minerales, guardan el secreto de la longevidad de la que tanto presumen los hunzakis. Sus mujeres, siguen vistiendo como lo hicieron sus madres, sus abuelas... con el gorro hunzaki bordado por ellas mismas y que combinan con pañuelos de fuertes y chillones colores, amarillo, morado, rojo. Los hombres en cambio son más discretos y monótonos a la hora de vestir el traje tradicional pakistaní (la "chaluar camis") y sus gorros de lana. Son musulmanes, pero su postura ismaelita, seguidores del Agha Khan, les permite que las mujeres gocen de un comportamiento más relajado y amistoso en sus relaciones sociales, así como prescindir del Ramadán y que puedan destilar un licor que durante generaciones han bebido sin cortapisas.
No hay extranjeros, estamos fuera de temporada, casi todo está cerrado. El invierno está a la vuelta de la esquina y las primeras nieves comenzarán a caer en breve. Conocemos a Mansur, dueño de la pensión-camping New Hunza Tourist Hotel, un pequeño complejo de sencillas habitaciones distribuidas en casetas. Es todo un personaje en Hunza y es sencillo que te arranque carcajadas con sus bromas y sus increíbles historias. Nos dio un fuerte apretón de manos nada más vernos y tras decirnos "Welcome to Hunza, ¿Qué hacéis aquí, si casi todo está cerrado?", nos lleva a su recinto de casetas y nos da las llaves de la cocina, y del saloncito. "Como en vuestra casa, podéis acampar aquí y quedaros el tiempo que queráis. No os voy a cobrar nada, para mi se acabó el trabajo esta temporada, es la época de mi relax y de divertirme. La temporada alta es muy dura, siempre subiendo y bajando montañas", nos dice. Mansur no para de ir a bodas, a veces como invitado y otras porque le alquilan su jeep rojo, el "Mountain Tiger", el "Tigre de las Montañas". El otoño es la temporada "alta" de las bodas, por eso de que se acerca el invierno y hay que tener la cama "calentita" y por ende ... el verano es la época de los nacimientos. Entre boda y boda se viene a charlar, reír o compartir con nosotros un vasito del "licor de Hunza" que no hay quién se lo beba de lo fortísimo que es, pero para ellos es tan revitalizante como el agua de sus montañas.
Han vivido siempre en una auténtica autarquía que comienza a ser trastocada por su contacto con el mundo exterior a raíz de la construcción de la carretera Karakorum. Todo emana una paz embriagadora como si el tiempo no hubiese transcurrido y repitiese las escenas cotidianas siglo tras siglo, ajenos al paso del tiempo. El invierno es el momento en el que los más viejos, junto al fuego, comienzan a relatar historias que entremezclan con leyendas. Estas han sido transmitidas por tradición oral por sus ancestros y hoy, a finales del siglo XX, se siguen perpetuando al calor del fuego mientras el invierno toma posesión del valle.
Pero las imágenes más antiguas son las que a las afueras de la ciudad están grabadas sobre enormes y pesadas rocas. El carácter sagrado que ostentaron hace siglos es ahora admirado para fortuna nuestra con tan solo seguir el río Hunza. Las representaciones se remontan a tiempos inmemoriales, donde los animales como el ibex, con sus largos cuernos, están asociados a rituales de cazas y símbolos de fertilidad y abundancia. Escenas de caza, venados y símbolos que fueron grabados por unos hombres adoradores y temerosos de la fuerza de la naturaleza
Nosotros invocamos al mismo cielo que lo hicieron los antiguos pobladores, para que no se produzca ningún desprendimiento por las pistas que estamos a punto de recorrer para alcanzar el valle de Nagar. Queremos ver el glaciar de Bualtar, en la población de Hoper. La pista está literalmente encajada en la falda de una montaña cortada a tajo. Cuando se ve desde fuera parece increíble que un vehículo pueda caber por ahí pero ... al final sí que cabe.
El panorama sigue estando dominado por los espectaculares valles en terraza con cientos de albaricoques que pigmentan de azafrán su vasta y parda tierra. Seguimos el estrecho camino pero esta vez no se nos corta el paso con una avalancha, como la que antaño nos obligó a dar la media vuelta. Francamente, el Himalaya nos dio "trabajito" en aquella ocasión. Pero hoy, ¡logramos alcanzar el glaciar!
La pista se acaba en Hoper e iniciamos un corto recorrido a pie hasta que llegamos a un alto desde el que podemos observar el glaciar. Bualtar es una mole helada de aristas angulosas y tono azulado, avanza sigiloso y sin descanso por el lecho que las montañas le han dejado. En las colinas de los alrededores los yaks consiguen mantener el tipo sobre las deslizantes faldas montañosas a pesar de sus voluminosos y torpes cuerpos. El frío es horrible especialmente cuando el sol desaparece por completo. Eso nos indica que debemos volver a nuestro refugio de Hunza, aquí la temperatura puede bajar hasta 10º bajo cero.
Avanzamos sin problema hasta que la luz de los faros nos muestra algo que no se encontraba en la carretera durante nuestra ida: un montón de tierra y rocas que han hecho desaparecer el camino. Se ha producido un derrumbamiento y la pista está cortada. ¡Lo que son las cosas! Si hace siete años una avalancha no nos permitió llegar a Hoper ... ¡hoy nos encontramos una avalancha que nos corta la salida! Esto en mucho más grave. Es pequeña y ha ocurrido hace realmente poco, el ligero polvo está todavía en suspensión. Lo inspeccionamos todo y en principio parece que el panorama no es tan crudo, casi todo es fech-fech (arena fina como la harina) y las rocas que se ocultan entre la arena, camufladas como trampas invisibles, no exceden los 15 kilogramos. Igual lo podemos cruzar si trabajamos duro. Orientamos los faros para iluminarnos bien y nos ponemos los guantes. Vicente se dispone a mover las piedras y tirarlas colina abajo mientras yo cojo la pala para ir nivelando la tierra. Un gran "pluf" se oye cada vez que Vicente se deshace de una roca y cae rodando por el cortado, el río Nagar está a nuestros pies aunque no lo veamos.
-¡Ya está! Las piedras están fuera, no podemos hacer más. Voy a intentar cruzarlo a toda velocidad para no quedarme empanzado en el fech-fech. -Me dice Vicente mientras se sacude todo el polvo y se quita los guantes. Estamos trabajando hundidos hasta las rodillas (bueno, hasta mis rodillas, no las de Vicente, que yo soy más bajita). Menos en los pies, gracias a las botas altas, nos encontramos embadurnados de arena por todos lados.
-Creo que ya está bastante liso, hay un gran montículo todavía pero si se coge bien se puede superar. -Le digo, comprobando mi parte del trabajo y quitándome el sudor de la frente ... a la vez que se me pega la arena en la cara.
-Mejor lo cruzo solo, como se me vaya el coche hacia el lado malo ... mejor que quede uno para contarlo.- ¡Y se echa a reír! ¡Que poco me gustan esas bromas! Porque son bromas si todo acaba bien pero como acabe mal ...No me gusta reír a priori, el tramo se halla sin piedras pero hay mucha tierra y tan solo dispone de tres metros de ancho para controlar el coche si derrapa. - ¿Estás lista? - Me pregunta, extrayéndome de mis pensamientos.
-¡Espera que me aleje! ¡Me voy al otro lado a pie! -Le contesto rápido. Ya conozco las polvaredas tan tremendas que se montan cuando se avanza por el fech-fech. Si me quedo detrás y lo tengo que cruzar a posteriori me puedo despeñar porque no se vería nada. De noche, 100 metros tropezando con las piedras y con una nube de polvo que igual tarda 10 minutos en comenzar a aclararse tendría todos los boletos para que yo también hiciese un gran "pluf" en el Nagar. Llego al otro lado, le hago señas a Vicente para que salga.
-¡Allá voy! -Me grita mientras me hace el cambio de luces por si no le he oído. El motor ruge y acelera violentamente para coger velocidad. Las ruedas cortan la arena como cuchillas, nuestro todo terreno no se desvía de su trayectoria, casi todo el Montero está engullido por la brillante y vaporosa nube de polvo que se debate en la negrura, yo solo veo los faros y el morro que sobresale de la nube y que se dirige rápido hacia mí. Su avance es como una aparición, como si un agujero negro de un pliegue espacio-tiempo hubiese nacido ahí y una nave de otra dimensión estuviese apareciendo de la nada. Es todo un espectáculo. La nave llega a la duna, las ruedas cortan la arena pero el cubrecarter hace efecto de esquí y los faros se ponen a iluminar el cielo. La nube se ha tragado nuestra montura, los faros crean una vía láctea terrenal llenando esa nebulosa de brillos confusos. Los focos vuelven a reaparecer y apuntan de nuevo al suelo, ha superado el promontorio y no se ha desviado ni un ápice de su rumbo. Vicente aminora la velocidad para no arrastrar la nube hasta donde me encuentro. Me sonríe pícaro, le devuelvo la sonrisa y me subo de nuevo al todo terreno. Tenemos vía libre hasta Hunza.