Fundador - Viajero ocasional
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Caracas no resulta una ciudad apetecible. Es tensa, desordenada, poco amable para el visitante que quiere recorrer, caminar, descubrir…en tales casos, debe armarse de paciencia y vigilar, estar siempre atento porque despistarse puede costarle caro.
Caracas es una ciudad fea, en mi opinión, de contrastes urbanísticos difíciles de encajar, mucha contaminación y un tráfico enloquecedor. De hecho, creo que Caracas es la ciudad con el más alto consumo de automóviles de América Latina: no en vano en este país petrolero hipersubvencionado, 40 litros de gasolina pueden equivaler a la mitad de un euro, es decir, costar menos que un litro de agua.
Pero hay que ir a Caracas. Y la razón es tan notoria como poco observada: hay un fondo soberbio, absolutamente verde y puro, un parque natural de selva tropical que se mantiene indiferente a la locura urbana y que, al descubrirlo, es como entrar en un nivel de conciencia superior.
Se trata del cerro El Ávila, una cordillera montañosa 85.192 hectáreas que divide el litoral marítimo central de Venezuela, al norte, de la ciudad capital, al sur. Llegar a su cima, si el tiempo está despejado, ofrece el privilegio de respirar oxígeno puro a más de 2 mil metros de altura y observar por un lado el mar Caribe imponente, y del otro, la extensión de una ciudad de 4 millones de habitantes.
Y eso hicimos, con mochila a cuestas, botas y una buena provisión de agua y comida, nos dispusimos a recorrer una de las numerosas rutas de este parque natural y descubrir cómo la vegetación va cambiando de acuerdo a la altura, cómo el silencio descubre toda una orquesta abrumadora de sonidos naturales, cómo se puede pasar en pocas horas del calor húmedo y el sol abrasador a una lluvia inesperada y luego, a una neblina fresca, luminosa. Si usted desea conocer todas las variables contenidas en el bosque tropical, el cerro Ávila se las ofrece.