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Fundador - Viajero trotamundos
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En Papeete, la capital de Tahití, nos embarcamos en el Aremiti, un barco que surca el territorio oceánico que llaman «Te Fenua», donde están las 15 islas volcánicas del archipiélago de La Sociedad.
Nuestro destino era la isla de Moorea. La zona fue visitada por primera vez por el navegante inglés Wallis en 1767, aunque doscientos años antes navegantes españoles ya habían recalado en estas islas.
Con el despertar del día, el Aremiti abandonó Tahití. La mezcla humana a bordo era fascinante: polinesios tatuados, comerciantes chinos, funcionarios franceses con corbata y viajeros como nosotros. Poco a poco, Moorea se perfilaba en el horizonte como una montaña afilada en un mar de nubes.
Tras 40 minutos de viaje, el barco atracó en el puerto de Vaiare, donde el aire desprendía una fragancia exótica, desconocida. En tierra, nos decidimos por utilizar un truck, el autobús local, para recorrer la carretera litoral de 60 kilómetros que circunda la isla.
El corazón de Moorea es volcánico, salvaje y frondoso. En él se puede subir al mirador Belvedere, desde donde se ven el monte Routi y las bahías Cook y Opunohu, esta última solitaria y salvaje. En fin, un decorado grandioso que siempre habíamos soñado visitar.