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Viajero habitual
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Ó Nuria Millet
Ningún viaje empieza el día de partida. Este viaje empezó en 1992 cuando visité la India por dos meses. No sabía que volvería catorce años después. El objetivo era conocer el misterioso reino de Sikkim. Aunque Sikkim es un estado más de la India, tiene influencias tibetanas y se necesitaba un permiso especial que se obtenía en Darjeeling. Primero rellenamos el Formulario en la Magistratura de Distrito, después nos lo sellaron en el Registro de Extranjeros, y finalmente lo entregamos de nuevo en la Magistratura. Burocracia india. Las guías describian que durante muchos años fue considerado uno de los últimos Shangri-las del Himalaya debido a su lejanía y su espectacular paisaje montañoso.
Una puerta en la carretera nos dio la bienvenida a Sikkim. Nos paró el control de policía. Bajamos, enseñamos los permisos de entrada y nos anotaron como número 7 y 8 en el libro de Registro de Extranjeros. Gantok era la capital de Sikkim, a 1677m. de altitud. El nombre de Gantok significa cima. La primera impresión de la ciudad fue de sorpresa porque la imaginaba más arcaica, más perdida en el tiempo. Y resultó ser más moderna y pulida que la parte de la India de donde veníamos. Parecía más rica, todo estaba más limpio y las construcciones eran mejores que las casas de Darjeeling. Empezamos la ruta con el Monasterio Rumstek. Tras atravesar el arco de entrada había un camino empinado con ruedas de oración que los peregrinos hacían girar. Había altos palos con banderolas de oración de colores vivos que, con el paso del tiempo iban desgastándose.
En una gran sala unos ciento cincuenta monjes celebraba la puja (oración). Estaban sentados en el suelo frente a las mesas bajas donde apoyaban los libros. Los monjes más jóvenes, niños de unos seis años, se sentaban en las últimas filas. Dos de ellos soplaban unas caracolas blancas, cuyo sonido se mezclaba con el de las largas trompetas, campanillas, tambores y las voces del conjunto de monjes. Estuvimos un buen rato escuchando el hipnótico canto de sus oraciones. De Gantok fuimos a Pelling en cuatro horas. El paisaje del trayecto era precioso, con montañas muy verdes, una mezcla de terrazas de arroz escalonadas y bosque alpino. Pelling era un pueblo colgado de la montaña, de casas escalonadas construidas robando el terreno a la ladera. Por eso se dividía en el Alto, Medio y Bajo Pelling. Nos alojamos en el acogedor hotel Pharmag, y desde la habitación veíamos las cumbres nevadas del Himalaya y las banderolas de oración ondeando al viento. Visitamos el Pemayangtse Gompa, uno de los monasterios más antiguos e importantes, y también recorrimos los alrededores viendo lagos, cascadas y otros monasterios. Para ver el lago Tsomgo se necesitaba otro permiso especial. Sería por permisos.
El lago estaba a 3750 m. de altitud, a unos 35km. de Gantok. A medida que ascendíamos por la carretera de curvas, dejamos de ver el sol y nos envolvió un manto de niebla. En los claros que se abrían en la niebla veíamos los hondos precipicios que impresionaban. Al llegar salió el sol y nos rodearon los yaks con sus dueños, ofreciéndonos un paseo. Los yaks eran bueyes tibetanos negros y enormes, con una cornamenta importante y pelo negro colgante largo y áspero. En los cuernos les colocaban fundas de lana con rayas de colores. Tenían una silla con estribos, a la que subimos. Eran más cómodos que los camellos, aunque también se balanceaban.