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Viajero habitual
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Ó Nuria Millet
Etiopía es el país de la mítica reina de Saba, y se diferencia en mucho del resto de países africanos. En el norte nos empapamos con el vapor húmedo de las cataratas Tississat del Nilo Azul. Antes de verlas se oye el rugir del agua. Un gran chorro cae por la pared de una garganta, rodeada de verde vegetación. Años después de nuestro viaje construyeron una presa y dicen que las cataratas han dejado de ser lo que eran. El paisaje del norte del país es muy verde, con árboles de gruesos troncos cubiertos por plantas trepadoras y cultivos de maíz, café, algodón y girasoles; el sur, más seco, está salpicado de las características acacias planas y de termiteros gigantes, tan altos como una persona.
El viaje al sur, a los Parques Nacionales Omo y Mago, donde habitan las minorías étnicas de los Hamer y los Mursi es impactante. Estuvimos cinco semanas en Etiopía y dedicamos once dias al sur. Nos avisaron de que íbamos a tener unas acompañantes indeseadas: las moscas tsé-tsé. Pensé cómo las diferenciaría de otros moscardones, pero en cuanto las vi no tuve dudas. Empezaron a aparecer amenazadoramente en forma de nube alrededor del coche, y aunque cerramos las ventanillas no pudimos impedir que entrara alguna. Mostraron una predilección especial por la cabeza del sufrido conductor. Empezamos a matarlas utilizando la guía de Etiopía, que demostró ser bastante eficaz.
Además de las tsé.tsé, cada animal y cada persona lleva consigo un cargamento de moscas, que se desplazan al mismo tiempo que van andando. Son de una especie muy terca e insistente; no basta con un simple movimiento para que se aparten sino que tienes que darles un manotazo. Y se posan indiscriminadamente en cualquier parte del cuerpo y en la cara, en los ojos, en la boca, a veces se meten por los orificios de la nariz y hay que dar un soplido. Los niños llevaban muchas moscas en la cara y a veces no se las espantan, como si estuvieran cansados de hacerlo. Cruzamos en bote el río Omo de aguas fangosas. El bote era un tronco vaciado de frágil estabilidad, en el que sólo íbamos dos pasajeros y el barquero. Las mujeres Mursi se embellecen con tatuajes, escarificaciones e insertando platos de arcilla en su labio inferior. Algunos platos tienen un diámetro de diez centímetros. Los hombres mursi iban totalmente desnudos, sin ni siquiera protegerse los genitales; los que encontramos iba de caza, llevaban arcos con flechas y algún fúsil. Las Hamer se adornan con peinados de trencitas untadas en una pasta rojiza, con collares de conchas y abalorios de colores, y pieles como faldas. Todas transportan en la cabeza calabazas llenas de leche de camello, que tiene propiedades curativas.
El Parque Nacional de Nechisar está entre dos lagos, el Abaya y el Chamo. Visitamos el parque acompañados de un guarda armado con un fúsil kalasnikov. vimos cebras en grupos de cuatro o cinco, gacelas de Grant, antílopes, gallinas de guinea, pavos reales, halcones y otras aves. Luego cogimos una pequeña embarcación por el lago Chamo para ver lo que llaman el “mercado de los cocodrilos”, el lugar donde se agrupan para descansar, tomar el sol en las orillas y exhibir sus mandíbulas de vez en cuando.Después de diez días por el sur, la siguiente etapa fue la mítica ciudad de Harar, que tuvo prohibida su entrada a los no musulmanes hasta el siglo pasado, cuando el explorador inglés Richard Burton vulneró esta prohibición en 1854, disfrazándose de peregrino. Y casi siglo y medio después fuimos nosotros, mientras los niños nos gritaban entre risas “faranji”, que significa extranjero en la lengua amharic. Harar fue y es una de las más santas ciudades musulmanas. Es el origen de la comunidad rastafari, aunque vimos pocos. Disfrutamos paseando por el laberinto de sus calles. En su mercado vimos a los hombres vendiendo y masticando el chat, la planta local estimulante.