![[*]](/img/ico-autor.gif)
Viajero habitual
Resultado sobre 8 votaciones: ![[1]](/img/star.png)
![[2]](/img/star.png)
![[3]](/img/star.png)
![[4]](/img/star.png)
Ó Nuria Millet
Nuestro viaje fue a Guatemala, y decidimos acercarnos unos días a Belize. Según habíamos leído Belize era un país pequeño y encantador, con democracia y que nunca había sufrido un golpe de estado. No tenía ejército; sólo un pequeño cuerpo de fuerzas de defensa. La única pega era que era más caro que Guate.
Desde Flores, en Guatemala, cruzamos la frontera en bus. Atravesamos la capital Belmopan, de casas de colores de dos plantas, y seguimos hasta Belize City. Tardamos cinco horas en llegar. Desde allí una lancha nos llevó hasta Cayo Caulker en unos cuarenta y cinco minutos.
El pueblo de Cayo Caulker estaba formado básicamente por dos calles paralelas. Eran calles de arena, sin pavimentar, y los únicos vehículos eran bicicletas y buggies eléctricos y silenciosos. Algunos hablaban castellano con acento cubano. Había una comunidad de negros con rastas, con su estilo inconfundible, con gorros coloridos abultados por las trenzas.
Los Cayos son islas dentro de la barrera del arrecife. Cuando llegamos desde la playa se veían a lo lejos las crestas de espuma blanca y se oía el rugido de las olas. El color del Mar Caribe alternaba franjas verdes y azul turquesa. Toda la línea de playa tenía embarcaderos con pasarelas sobre postes de madera, que se adentraban en el mar, ya que la marea bajaba mucho. Nos alojamos en unas cabañas-palafitos pintadas de color lila. Nos dimos una merecida ducha y salimos a explorar el Cayo. En la primera línea de la costa había construido demasiado para nuestro gusto. Fue curioso encontrar también en primera línea un cementerio. Debía ser el cementerio con mejores vistas. La mejor zona para bañarse estaba a la derecha del muelle. Allí nos remojamos.