Había visto la peli “Tokyo tales” que se desarrolla en el Tokio de los años cincuenta creo. No tiene mucho que ver con el actual la verdad pero si que me sirvió para tener una primera pincelada de la cultura japonesa.
El primer impacto del Tokio más tradicional lo tuve en la visita al templo Senso-ji donde coincidí con una multitud de fieles y pude contemplar uno de los momentos más sagrados de la ciudad. Me impactó ver a la gente quemando incienso y la estatua del Buda Nadi. Después callejeé y me perdí por las tiendas de artesanía que había por los alrededores.
El museo nacional era otra de mis visitas pendientes. Siempre había preferido perderme por la ciudad antes de visitar museos pero esta vez me lo había marcado como prioritario para profundizar más en la historia del país. El museo son como unos cuatro edificios y se expone un montón de arte japonés y de otros países de Asia.
Otro museo en el que acabé, este más por casualidad, fue el museo de la espada, lleno de las refinadas espadas japonesas. Para los amantes de la leyenda y de los samurais , merece la pena.
Otro día nos fuimos a comer al parque Ueno, era como una especie de oasis, un remanso de paz dentro de la mega urbe de Tokio. Está lleno de estanques y también hay algún museo y algún santuario.
En el distrito de Yanaka experimentamos una especie de viaje al pasado. No hicimos gran cosa, solo pasear por sus estrechos callejones entre sus calles apiñadas y comprar en alguno de los puestos tradicionales que hay por las calles.
Nos pasamos por center Gai, un auntentico foco de ocio juvenil de Shibuya, tiendas, salas de pachinko, restaurantes y bares con Karaoke abarrotados de adolescentes. Os quedaré alucinados de ver a la gente jugando al pachinko.
Y por supuesto que tuvimos nuestra ración de compras. Recuerdo Hankyo y Seibu donde se encuentras algunas de las firmas más importantes tanto japonesas como internacionales. Ver y no tocar. Los grandes alamacenes Wako están en un edificio muy chulo y suelen tener cosas interesantes. En Matsuya se vende casi de todo. Nosotros compramos un bonsái que todavía conservamos. Y si se quiere tener alguna pista de cómo se mueve lo nueva generación de Japón hay que ir Takeshita-dori, en el barrio de Hatajuku. El último día nos lo reservamos para ir al mercado de Ameyoko, probablemente uno de mis preferidos. En lo que era el antiguo callejón americano se pueden encontrar autenticas gangas y para mi es una parada obligada antes de regresar de alguno de mis viajes.
Aunque habí asistido a otras representaciones de teatro clásico en otros países de Asia, esta vez no me quería ir sin ir a una de Kabuki, el teatro tradicional nipón. Fuimos al teatro Kabiki-za. Merece la pena acercarse, aunque solo sea por contemplar la fachada exterior. Hay representaciones casi todos los días.