Viajero ocasional
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En Phon Phen, la capital, por la turística calle de Sisowath Quay, junto al río Tonle Sap, los niños deambulan día y noche, intentando vender un libro, un mapa, una postal. Son estas las víctimas más pequeñas, las que ni lo saben, las que no guardan recuerdo alguno. Son los hijos que llegaron mucho después del genocidio, pero que sin embargo, aún son víctimas de él. Sus abuelos sufrieron el horror, muchos murieron y los que lograron continuar la vida dejaron una sombra permanente en sus miradas.
Pol Pot se hizo llamar el asesino, el que entre los años 1975 - 1979 al mando de los Jemeres, llevaría a la muerte a más de un tercio de la población de Camboya.
Parte de la historia más oscura del país parece pasearse por los pasillos del ex-centro de torturas Tuol Sleng, que fuera originalmente un colegio y que hoy es un museo que da testimonio de la brutalidad del dictador. O en los Killing Fields, donde se abrieron fosas comunes para ocultar los miles de cuerpos de personas, adultos y niños, que nunca fueron identificados. Estos, hoy, son dos testimonios que reclaman la atención que antes no tuvieron y que deben ser necesaria y tristemente visitados.
Pero los recuerdos de muerte de Camboya, en la historia reciente, albergan también, lamentablemente, las 600.000 víctimas que dejaron los bombardeos de aviones estado unidenses durante la guerra de Vietnam.
Y las minas anti-personas, que aún hoy dejan cientos de víctimas al año.
Así el país, que otrora fuera el centro de uno de los imperios más poderosos durante los s. IX-XII, el imperio Jemer, durante el s. XX fue destrozado a tal punto, que es posible percibir, aún hoy, la tristeza y desesperanza en mucha de su gente.
Tantos años después, tantos, pero que aún son pocos, el país parece sumido en la tragedia. Las secuelas que dejaron los actos criminales se ven en la pobreza de sus calles, en las vidas familiares que sobreviven a la intemperie, bajo el ardiente sol, o la gruesa lluvia, en la aparente indiferencia de los ciudadanos frente a la impunidad de los asesinos. En el respeto del pueblo a un rey que no hizo nada por ellos durante la época del dictador. Un rey, que además, da la espalda a la miseria desde los balcones de su palacio.
Camboya, sin embargo y a pesar de todo renace, sigue verde y sus paisajes sonríen tímidamente, como sonríe su gente a los visitantes. Sonrisas de asombro y bienvenida, miradas errantes que parecen regresar, por momentos, de un futuro que parece sin esperanza. Miradas que saludan cálidas y sorprendidas al que viene de fuera.