Fundador - Viajero ocasional
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© María Dolores Martínez Jiménez. MURCIA. ESPAÑA
Bangkok, la capital de Tailandia, es uno de esos destinos que se envuelven rápidamente con un halo de misterio, sexo y templos. Un lugar al que se acude con ansia y recelo a partes iguales, y que raramente defrauda al viajero que llega hasta ella, por su belleza casi incontestable, aunque antes haya que meterse en ella hasta descubrir su alma.
Bangkok, hay que ser realistas, dista mucho de ser esa Ciudad de los Ángeles que significa su nombre. Es, por contra, una gran urbe llena de contrastes, donde convive el caos del tráfico y la polución de sus grandes avenidas, repletas de centenares de vehículos de todo tipo, con el silencio y él verdor de una red de canales (klongs) que recorren su periferia, y que la mantienen, por ahora y ojalá que por mucho tiempo, como esa Venecia del Asia, como también se la conoce, surcada cada día por cientos de embarcaciones de todo tipo.
Pero Bangkok es, sobre todo calor. Un calor que asalta al viajero desde él mismo momento que sale de su modernísimo aeropuerto. Un calor que le acompañará en sus paseos, en sus excursiones, en toda su estancia hasta convertirse en algo familiar.
Y junto al calor, el olor. Un olor especial. Diferente a cualquier aroma aspirado en cualquier otra parte del mundo, que se hace más palpable en las zonas menos populosas, donde los puestos de comida dejan escapar a los cuatro vientos su especiado contenido. Un olor, el olor de Bangkok, que al principio desagrada un tanto por lo que tiene de desconocido, pero que, como el calor, al final se hace soportable, cercano. Casi íntimo.
En los últimos 20 años, Bangkok ha dado un salto de gigante, y se ha transformado en una gran ciudad. Lleva camino de convertirse en un nuevo tigre asiático, con una línea del cielo (sky line) llena de rascacielos, que sorprende al visitante cuando cruza el gigantesco puente del último rey, Rama IX, y divisa una ciudad distinta a la que recordaba veinte años atrás, con un horizonte cuajado de rascacielos. Sólo el gran río Chao Phraya sigue inmenso, repleto de barcos de todos los tamaños, como un mar majestuoso atrapado en el tiempo, entre edificios gigantescos.
Pero pese a ese gran salto en el tiempo, algo no ha cambiado, afortunadamente, en Bangkok (junto a su olor y su calor. Su gente sigue siendo la misma de 20 años atrás. Esa gente que parece toda igual, repetida hasta el infinito, incansable, variopinta. Que camina muy deprisa, por la calle, subida en los coloristas tuk-tuk, o en los endiablados enjambres de motocicletas y bicicletas, como si llegara tarde a una cita importante. Y siempre sonriente.
Sonriente y solícita. Atenta a ayudar al viajero despistado, a aconsejar cuando ve una mirada perdida en un mapa, oteando calles o avenidas llenas de vehículos de todo tipo, de humos, de ruido. Pero es precisamente ese caos el que leda su toque colorista, humano, endiabladamente atractivo a una ciudad que parece no dormir ni un solo momento. Que impone, que da un poco de miedo al principio, pero que empieza a atrapar al viajero casi sin que éste lo perciba. Es ya el alma de Bangkok, que le ha hecho caer en sus redes, que ha atrapado sus sentidos.