Viajero ocasional
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INTRODUCCIÓN
Cuando, un tiempo después de haber realizado el viaje, pienso en él, siento que este tiempo me ha ayudado a entender mejor lo que viví durante esos días. Habiendo recuperado el ritmo habitual de vida, valoras desde la distancia las experiencias y sensaciones vividas durante esos 26 días en el corazón de África. Cuando ahora leo mi diario siento que no soy el mismo que escribía allí cada día las sensaciones de cada momento pero ahora tengo una visión global y algo más objetiva de lo sucedido. Sólo puede ser algo más objetiva y nunca llegar a la plena objetividad pues todo está narrado desde mi punto de vista y en base a mi propia manera de entender las cosas.
Este escrito no pretende ser nada más que la narración de mi viaje por Mali y Burkina Faso. Siempre he pensado que dos personas podrían hacer el mismo viaje y entenderlo de maneras completamente distintas igual que dos personas pueden vivir la misma vida y sentirla de maneras distintas. Por tanto este viaje es sencillamente el mío, el que yo viví, el que yo sentí y el que yo entendí.
Mi idea de ir a Mali surge hace ya varios años y esta vez por fin se presentó la oportunidad definitiva. Pienso que la mejor manera de recorrer un lugar es usando el transporte público siempre que sea posible. Puede resultar costoso en cuanto a tiempo pero el hecho de tener la necesidad de encontrar el autobús que se debe coger y los largos viajes junto a la población local son una manera inmejorable de poder introducirte algo más en su cultura. En este caso la idea era realizar todos los desplazamientos mediante transporte público y tomar algún transporte privado sólo para acceder a los lugares que fuera estríctamente necesario.
Tanto Mali como Burkina Faso se encuentran entre los países más pobres del mundo lo que te hace enfrentarte a la realidad de ver mucha pobreza. Para mi era la primera vez en el África subsahariana y el tener que vivir estas situaciones me preocupaba.
BAMAKO (I)
Cuando aterricé en Bamako, capital de Mali, a las 3 de la mañana, sentí una sensación curiosa, era como respirar algo nuevo. Nada más salir del aeropuerto se puede entender que aquello es totalmente distinto, que no tiene nada que ver con lo que has conocido hasta ese momento.
Bamako es una ciudad que parece un mercadillo gigante, las calles están repletas de puestos callejeros donde se pueden comprar todo tipo de cosas. Aprovechamos el primer día en la ciudad para aclimatarnos y para ir a la embajada de Burkina Faso a obtener el visado. Debemos cambiar dinero y el banco está cerrado así que un habitante local se ofrece a llevarme en moto hasta una oficina de cambio. El tráfico en estas ciudades es caótico y el vehículo, en un estado lamentable, parece que vaya a despedazarse en cualquier momento.
En la embajada hay numerosos carteles que hablan de la explotación infantil y de las actuaciones de las mafias. Siempre gusta ver que por lo menos se está empezando a tomar conciencia de esta situación. La primera noche en la ciudad la pasamos en un hotel reservado por internet muy caro y la segunda nos alojamos en la misión católica, mucho más adaptada a nuestro bolsillo y con un ambiente muy agradable. Al pasear por la ciudad te cruzas con lagartos que caminan a sus anchas por las aceras. Esto resulta muy gracioso para la gente a quien nos gustan este tipo de animales. Esa noche cenamos brocheta con patatas fritas y poco puedo imaginar en ese momento que va a ser la mejor cena en muchos días. Durante la cena puedo ver también las primeras ratas del viaje y compruebo así que mi pánico va a ser más llevadero que lo que pensaba a priori. También este primer día comprobamos como es el clima con una torrencial lluvia que dura sólo diez minutos pero afortunadamente humedece el ambiente.
Después de desayunar nos dirigimos a la estación de autobuses para tomar el que nos llevará a Bobo Dioulasso, ya en Burkina Faso. Esta es una de las etapas más largas del viaje y, en los primeros días, siempre se afrontan con mayor optimismo. Además está el añadido de que todo te resulta nuevo y te puedes pasar las horas mirando por la ventanilla y disfrutando y sorprendiéndote de todo lo que ves. Durante el viaje debemos pasar infinidad de controles policiales, algunos más o menos breves y otros de mayor duración, uno de ellos de casi una hora.
BOBO DIOULASSO